Emiliano Zapata y la Revolución Agraria del Sur

Por Edgar Rojano

 


Nunca ha habido un hombre
más íntimamente ligado a la historia de su pueblo
que Emiliano Zapata.
Jesús Sotelo Inclán.

 


Cierta ocasión don Gabriel Zapata lloraba desconsolado por la pérdida de las tierras del pueblo de Anenecuilco a manos de los “poderosos amos” de las haciendas azucareras; su pequeño hijo Emiliano, que presenciaba la escena, juró que cuando fuera grande habría de conseguir que les restituyeran sus tierras. No pasaría mucho tiempo para que cumpliera con su promesa.

 

          Emiliano Zapata nació el 8 de agosto de 1879 en el pueblo de Anenecuilco, de la Villa de Ayala; muy joven, a los treinta años, fue electo por sus vecinos como representante para la defensa de las tierras de su pueblo que, como otros muchos del estado de Morelos, luchaban contra la voracidad de las haciendas cañeras.

 

          Miliano, como le decían cariñosamente, pertenecía a una familia cuyas raíces podían rastrearse hasta los días de la lucha por la Independencia nacional. Personalmente había colaborado en la solución de los problemas de su comunidad y simpatizado con la oposición política en Morelos; tenía unas cuantas hectáreas que trabajaba por sí mismo. Gustaba de los caballos. La inglesa Rosa King, dueña del Hotel Buena Vista de Cuernavaca y que conoció personalmente a Zapata, recuerda que “era moreno, como suelen serlo los hombres de Cuautla, y bajo el bigote negro y espeso relucían los hermosos dientes blancos. Vestía el traje de charro de los rancheros, siempre pulcro…”

 

          Zapata pronto tuvo que actuar, a mediados de 1910 y ante la negativa de los dueños de la Hacienda del Hospital para permitir la siembra de temporal, decidió el reparto de tierras. Las reivindicaciones campesinas pronto coincidirían con el reclamo de “Sufragio Efectivo. No Reelección” enarbolado por Francisco I. Madero. Durante los días de feria en Villa de Ayala, en marzo de 1911, Pablo Torres Burgos, Rafael Merino y Emiliano Zapata se amotinaron; a partir de ese momento empezaron a sucederse los levantamientos en varias partes del estado. El acercamiento con el maderismo llenó de esperanza a los campesinos morelenses pues esperaban el cumplimiento del Plan de San Luis, en el sentido de que era de toda justicia restituir a sus antiguos dueños los terrenos de los que habían sido despojados de un modo tan arbitrario. Sólo que la promesa maderista nunca pudo cumplirse, lo que provocó el distanciamiento con Zapata y los suyos.

 

          Madero, el demócrata pasó a ser, a ojos de los zapatistas, un traidor a la Revolución. Para reivindicar los ideales, los revolucionarios de Morelos promulgaron el 25 de noviembre de 1911 el Plan de Ayala que sintetiza sus aspiraciones:

 

          Como parte adicional del plan que invocamos, hacemos constar que los terrenos, montes y aguas que hayan usurpado los hacendados, científicos o caciques a la sombra de la justicia venal, entrarán en posesión de esos bienes inmuebles desde luego, los pueblos o ciudadanos que tengan sus títulos, correspondientes a esas propiedades, de las cuales han sido despojados por la mala fe de nuestros opresores, manteniendo a todo trance con las armas en la mano la mencionada posesión, y los usurpadores que se consideren con derecho a ellos lo deducirán ante los tribunales

 

 

Como parte adicional del plan que invocamos, hacemos constar que los terrenos, montes y aguas que hayan usurpado los hacendados, científicos o caciques a la sombra de la justicia venal, entrarán en posesión de esos bienes inmuebles desde luego, los pueblos o ciudadanos que tengan sus títulos, correspondientes a esas propiedades, de las cuales han sido despojados por la mala fe de nuestros opresores, manteniendo a todo trance con las armas en la mano la mencionada posesión, y los usurpadores que se consideren con derecho a ellos lo deducirán ante los tribunales
especiales que se establezcan al triunfo de la Revolución.

 

          A partir de ese momento, el Plan de Ayala se convirtió en la bandera que los zapatistas empuñarían en contra de los sucesivos gobiernos revolucionarios. Esta defensa tenaz de los principios agrarios resultó incomprensible para muchos personajes de la época, no así para los campesinos quienes sentían un profundo apego a su tierra. El general Zapata se lo hizo saber a Francisco Villa durante su entrevista en Xochimilco, el 4 de diciembre de1914: “Le tienen mucho amor a la tierra. Todavía no lo creen cuando se les dice: Esta tierra es tuya. Creen que es un sueño. Pero luego que hayan visto que otros están sacando productos de estas tierras dirán ellos también: Voy a pedir mi tierra y voy a sembrar. Sobre todo ése es el amor que le tiene el pueblo a la tierra. Por lo regular toda la gente de eso se mantiene.”

 

          Durante la utopía zapatista en Morelos se decretó que los pueblos tienen derecho a elegir libremente a sus autoridades; se decretó la libertad municipal; se echaron a andar los ingenios azucareros para el beneficio colectivo; pero lo más importante: se buscó redimir a la raza indígena devolviéndole la tierra y con ello la libertad. En plena Revolución y bajo sus usos y costumbres, los zapatistas iniciaron el reparto de parcelas. La Revolución les empezaba a hacer justicia.

 

          Pero los tiempos eran difíciles para el zapatismo. En febrero de 1917 un Congreso Constituyente convocado por Venustiano Carranza promulgó la nueva Constitución de la República que contiene reformas agrarias. Por otro lado, los revolucionarios de Morelos se encontraban aislados y debilitados militarmente.

 

          En ese contexto, el general Emiliano Zapata recibió una petición de Jesús Guajardo, coronel que obraba bajo el mando del general carrancista Pablo González, para unirse a sus filas. Zapata aceptó y para sellar el pacto decidieron reunirse en la hacienda de Chinameca el 10 de abril de 1919. El relato de la traición es estremecedor: “El clarín tocó tres veces llamada de honor, al apagarse la última nota, al llegar el General en Jefe al dintel de la puerta… a quemarropa, sin dar tiempo para empuñar ni las pistolas, los soldados, que presentaban armas, descargaron dos veces sus fusiles y nuestro inolvidable General Zapata cayó para no levantarse más.”

 

          La noticia corrió como reguero de pólvora, y a pesar de que su cuerpo fue exhibido en el palacio municipal de Cuautla, la incredulidad –o más bien la negación a perder a un miembro de la familia- se apoderó de los zapatistas. Desde entonces, cuenta la leyenda, y hasta hoy en día, se sabe que Zapata no murió, que un compadre suyo se lo llevó a Arabia, donde todavía anda cabalgando, haciendo soñar a la historia.