Un pueblo en armas. Los hombres de Zapata.

Edgar D. Rojano García

El 12 de septiembre de 1909, Emiliano Zapata fue investido como presidente de la Junta de Defensa de Anenecuilco con la tarea de continuar con los trámites legales para recuperar las tierras del pueblo que habían sido arrebatadas por la voracidad de las haciendas de Cuahuixtla y Hospital.

 

          Zapata, quien recién había cumplido los 30 años, recibió el encargo e hizo dos importantes peticiones: que los ancianos del pueblo lo siguieran aconsejando y que fuera ayudado por todos los del pueblo. De entre los presentes se alzó una voz: “nosotros sostendremos; sólo queremos que haya un hombre con pantalones para que defienda”.

 

          Esa voz no era la de un individuo, sino la de un pueblo que tenía la esperanza de haber encontrado al caudillo que los guiaría durante los siguientes años en la lucha por la tierra. Y no se equivocaron, pues Zapata se convirtió rápidamente en el líder que organizó las primeras restituciones de tierras y, una vez que estalló la Revolución, en el jefe del movimiento libertario.

 

          Antonio Díaz Soto y Gama, quien se uniría al zapatismo en 1914, aseguraba que “en las grandes crisis de su historia, los pueblos encuentran siempre, o casi siempre, esos hombres excepcionales, capaces no sólo de interpretar con fidelidad sus anhelos, sino de tomar sobre sí la heroica tarea de realizarlos”. El hombre estaba listo, y el pueblo que habría de “sostenerlo”, también.

 

          De esta manera, con la prisa de los tiempos que impone la temporada de siembras, los de Anenecuilco tomaron por la fuerza —en mayo de 1910— las tierras que les habían sido arrebatadas por la Hacienda de Hospital. Después, cuando supieron que no había otro camino para recuperar lo que era suyo, se lanzaron a la Revolución.

 

          Entonces, ese pueblo que estaba dispuesto a “sostener” a Zapata se hizo visible. El primer grupo de conspiradores de Villa de Ayala lo componían, entre otros, Rafael Merino, hijo del ex presidente del Consejo de Defensa de Anenecuilco y primo de Emiliano; Catarino Perdomo, originario de San Pablo, Hidalgo; Margarito Martínez, de Puebla; Gabriel Tepepa, capataz de la hacienda de Temilpa y, con 74 años de edad, veterano de la guerra de Intervención y de la rebelión a favor de Porfirio Díaz de 1876. Todos ellos se reunían en la casa de Pablo Torres Burgos quien, además de vender en su tendejón todo lo que era costumbre consumir en los pueblos, se dedicaba a comprar libros y a socializar las ideas que llegaban mediante Regeneración, el periódico de los hermanos Flores Magón.

 

          Junto a estos “notables” empezaron a engrosar las filas de la Revolución numerosos grupos de campesinos, quienes rápidamente se convirtieron en los nuevos protagonistas de la historia. Para mayo de 1911, se hablaba de que aproximadamente tres mil “insurrectos”, al mando del general insurgente don Emiliano Zapata, participaban en la toma de Cuautla. Durante los días que duraron los combates, se definirían rasgos importantes de la lucha campesina: respetaron la vida de aquellos que no tenían nada que ver con el conflicto; castigaron a los que, en nombre de la revolución, cometieron desmanes; y se distinguieron en la batalla por su “valor temerario”, que contrastaba con la actitud de los soldados federales, quienes intentaban huir del lugar a toda costa.

 

          Asimismo, el liderazgo de los “insurrectos” salió de esos hombres forjados al calor de las tareas del campo. Así, empezaron a cobrar relevancia los nombres de Francisco Alarcón, Felipe Neri, Fortino Ayaquica, Ignacio Maya y Francisco Mendoza. Muchos de ellos, como Antonio Barona y Jesús Capistrán, tenían una educación rudimentaria, pues la pobreza de sus familias les había obligado a incorporarse al trabajo de las haciendas.

 

          El general Genovevo de la O —nativo de Santa María Ahuacatitlán y quien se había iniciado en la lucha, reclamando las tierras de su pueblo que habían sido usurpadas por la hacienda de Temixco— resumía los ideales de la gente de su “raza” de esta manera: impartición de la justicia en igualdad de circunstancias, que los peones de las haciendas recibieran trato de humanos, la restitución de las tierras a los pueblos y que la niñez no creciera —como “crecimos nosotros”— sumergida en la ignorancia.

 

          Precisamente este sentido comunitario de los pueblos zapatistas, expresado por el general De la O, era una de las principales fortalezas del movimiento. Y no podía ser de otra manera desde el momento en que Emiliano Zapata fue designado calpulelque o “principal de la República de indios”. La Revolución, siendo una cuestión de familia, vio cómo se sumaron a la lucha de manera natural Amador Salazar, primo de Emiliano y Eufemio Zapata.

 

          Amador Salazar había trabajado como peón en la hacienda de Atlihuayan; de 1903 a 1905 se empeñó en defender a los vecinos de Yautepec en su disputa de tierras contra Pablo Escandón, dueño de la hacienda y gobernador de Morelos. Esto le costó, al igual que a Emiliano, pasar un tiempo en la capital de la República como recluta del ejército porfirista. Alcanzó el grado de general y durante la ocupación zapatista de la Ciudad de México de 1915 fue nombrado comandante militar de la plaza. En abril de 1916 murió trágicamente cuando fue emboscado en Yautepec por una partida militar constitucionalista; Emiliano, al enterarse de la noticia, se mostró inconsolable y lo mandó a sepultar vestido de charro en el mausoleo que había mandado a construir en la iglesia de San Miguel, en Tlaltizapán.

 

          Por su parte, Eufemio, mayor que Emiliano por seis años, era un hombre rudo que cuando se le dificultaba “entenderse” con la gente, apelaba a su corpulencia; pero su rudeza no se limitaba a lo físico sino también a las formas; por ejemplo, durante el licenciamiento de las fuerzas zapatistas en 1911 y ante los movimientos de las fuerzas federales en Morelos, pensó en fusilar a “ese chaparrito” de Madero por considerarlo un traidor.

 

          Pero si bien se podía criticar su “rusticidad campesina”, nadie negaba su enorme valentía. Combatió al lado de Emiliano durante las campañas más difíciles, “en las cuales había dado todo lo que puede dar un hombre de valor y de audacia”; es por ello que el general en jefe le encargaba las comisiones más delicadas y peligrosas. Sólo que, cuestiones del destino, no murió durante combate sino en una riña de borrachos. A Eufemio le dio por abusar del alcohol durante sus últimos años y por reconvenir a todo mundo a punta de azotes, hasta que se encontró con el general Sidronio Camacho, quien lo mató en venganza porque su anciano padre había sido azotado públicamente por Eufemio. Cuando Emiliano se enteró del trágico fin de su hermano, salió a batir a Camacho sin fortuna, regresó a su cuartel general en Tlaltizapán “y durante muchos días no habló una sola palabra ni con sus más íntimos amigos y compañeros”.

 

          A este pueblo bravo que luchaba con fusil en mano para “sostener” al jefe Zapata se unieron personajes con cierta instrucción que se dieron a la tarea de aportar ideas y poner en papel muchas de las consignas y planes surgidos del movimiento armado. El mismo Pablo Torres Burgos jugó ese papel en los inicios del movimiento y, tras su prematura muerte, Otilio Montaño ocupó ese lugar.

 

          Montaño era profesor rural en Villa de Ayala y conoció a Zapata en 1910, cuando éste peleaba porque se les restituyeran sus tierras a Anenecuilco; desde ese momento, ayudó a la elaboración de escritos y daba consejos. La relación entre ambos llegó a ser tan cordial que Emiliano le pidió que le bautizara a su hijo Nicolás, haciendo de don Otilio su compadre.

 

          Tras el rompimiento con Madero y definido el carácter agrarista de la Revolución en Morelos, Emiliano Zapata y Otilio Montaño viajaron al pueblo de Ayoxuxtla, en Puebla, para plasmar en un documento sus demandas. El 28 de noviembre de 1911, Montaño, con su acento de educador pueblerino y su voz áspera y gruesa, dio lectura al Plan de Ayala.

 

          En los artículos sexto y séptimo del Plan Libertador se establecía que los pueblos entrarían en posesión de los terrenos, montes y aguas que hubieran sido usurpados por los hacendados, científicos o caciques a la “sombra de la tiranía y de la justicia venal”; asimismo, se hablaba de expropiar tierras, previa indemnización, para que se mejorara “en todo y para todo la falta de prosperidad y bienestar de los mexicanos”. A juicio de Montaño y los zapatistas, poniendo en marcha estas medidas, la Revolución corregiría el rumbo que se había extraviado durante el gobierno de Madero.

 

Conforme avanzó la Revolución, muchos otros hombres, del corte de Montaño aunque más refinados, se sumaron al zapatismo. Estos nuevos revolucionarios eran en su mayoría citadinos, provenientes de lugares con una gran tradición liberal, profesionales —lo mismo abogados que ingenieros— y estudiantes universitarios.

 

          A territorio zapatista llegaron estudiantes de medicina como José G. Parres, quien sería gobernador de Morelos en 1920; o Gustavo Baz, gobernador del Estado de México en 1915 y posteriormente rector de la Universidad Nacional. Igualmente, Marte R. Gómez, estudiante de la Escuela Nacional de Agricultura, a quien le correspondió poner en marcha las Comisiones Agrarias del Sur. Asimismo, se unieron a Zapata un par de personajes que habrían de ser fundamentales para el desarrollo intelectual del movimiento: Gildardo Magaña y Antonio Díaz Soto y Gama.

 

          Gildardo Magaña había nacido en Zamora, Michoacán, en 1891. A pesar de que había estudiado en el seminario diocesano, como muchos otros jóvenes de la región, profesaba las ideas liberales que su padre le enseñó en el hogar. Posteriormente fue enviado a estudiar comercio a Filadelfia. En 1908, Gildardo y sus hermanos se mudaron a la Ciudad de México y pronto se sumaron a los clubes metropolitanos de ideología anarcosindicalista; en marzo de 1911, se vieron involucrados en la fallida conspiración de Tacubaya y, ante el peligro de ser aprehendidos por las fuerzas del orden, decidieron huir a Morelos para unirse a Zapata. Desde entonces se convirtió en uno de los consejeros más influyentes en el Cuartel General del Sur y sucesor del jefe Emiliano tras su asesinato.

 

          Por lo que hace al licenciado Antonio Díaz Soto y Gama, éste era originario de San Luis Potosí y tenía una importante experiencia en la organización política, pues había formado parte, en 1900, del mítico Club Liberal Ponciano Arriaga, opositor al régimen de Porfirio Díaz. Hombre de su tiempo, se propuso luchar contra el protagonismo de la Iglesia católica y defender las conquistas revolucionarias de la Reforma; para llevar a cabo esta lucha, proponía algo inédito para la época: la formación de clubes liberales en todas las ciudades del país para que alentaran la participación cívica del pueblo. Llegó a Morelos en 1914 para sumarse al zapatismo, pues consideraba que era con quienes tenía afinidad de ideas.

 

          Todos estos hombres con perfiles tan disímbolos “sostuvieron” la lucha en Morelos durante diez largos años. La devolución de las tierras a sus legítimos propietarios, los campesinos, parecía ser una buena razón para no cejar en el empeño; aunque también lo era seguir al calpulelque Zapata, quien a los ojos de su pueblo era el “salvador”. El hombre estaba listo, y el pueblo que habría de “sostenerlo”, también.