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Y en la noche, el grito Imprimir E-mail
Artículos

El Grito


Por Angélica Vázquez del Mercado

Hay de gritos a gritos. Los hay de alegría y los hay de tristeza; los hay de placer o de dolor. En cualquier caso, un grito es alzar la voz, decir en voz alta una expresión que, dependiendo del caso al que se refiera, posee su propia onomatopeya.

La Bandera

1810

Es curioso entonces que en la historia de México sea un grito el que simbolice el surgimiento de nuestra identidad como nación independiente. Hablamos desde luego de El grito de Dolores, como se conoce a la convocatoria lanzada por el cura Miguel Hidalgo y Costilla, la madrugada del 16 de septiembre de 1810. Cuenta la historia que a principios del siglo XIX, un grupo de criollos se reunía para conspirar contra el gobierno español y a favor de la independencia. Sin embargo, la Conspiración de Querétaro (como ha pasado a los anales) fue descubierta lo que obligó a los rebeldes a adelantar el movimiento. Al padre Hidalgo correspondió iniciarlo desde su espacio: en el atrio de la parroquia de Dolores, en Guanajuato, tocó la campana para llamar al pueblo a congregarse; una vez reunidos lanzó una arenga e inició el recorrido para reunirse con sus compañeros.

          Decimos pues que con este hecho inicia el movimiento de Independencia que habría de prolongarse por 11 años más hasta su consumación oficial el 27 de septiembre de 1821. Esto es, el proceso mediante el cual lo que era la Nueva España se convertiría, tras un largo y doloroso parto, en la nueva nación, autónoma del reino español: México. El grito de Dolores simboliza ese momento en el que la sociedad novohispana, consciente o inconscientemente, lanzó una moneda al aire en busca de un futuro forzosamente inesperado e impredecible.

1908

Cinco minutos antes de las once se ilumina la aureola que circunda la campana de Dolores, colocada en lo alto del balcón central. Crece la expectación, faltan dos minutos. La masa en silencio. Al punto, suena el reloj de Palacio Nacional con timbre sonoro y en ese instante, se escucha el clamor colosal que se eleva de la multitud emocionada. Cohetes y cámaras atronan el espacio; resuenan campanas, gritos, silbidos. “Ya se sabe: el 15 de septiembre –narra El Imparcial en su edición del día siguiente–  se desborda el júbilo en todos los pechos mexicanos, que palpitan ansiosos por presenciar los preliminares de las fiestas patrias que siempre revisten magnificencia inusitada”. La avenida Plateros (hoy Madero) semeja un inmenso salón, “torrentes de luz irradian de fachadas comerciales y de los hilos de focos incandescentes” que cruzan las bocacalles. Los arreglos florales, banderas y gallardetes, adornan las avenidas “haciendo prorrumpir a los forasteros en exclamaciones de admiración”, cuenta una columna de El Diario.

            Las bandas de Policía y de Artillería llevan serenata al presidente Porfirio Díaz quien recibe doble felicitación: por el aniversario de la Patria y por su cumpleaños. Apostados en la puerta Mariana de Palacio, las bandas ejecutan un selecto programa musical. Los diplomáticos felicitan a quien lleva las riendas, literalmente, del país; Díaz asegura que México y su gobierno han prestado importantes servicios a la causa de la paz. El presidente está flanqueado por sus colaboradores más cercanos: Ramón Corral, Justo Sierra, José Yves Limantour, Pablo Escandón. La fiesta se prolonga buena parte de la noche, que los estudiantes gozan con manifestación patriótica.

            La mañana del 16 de septiembre hay desfile de tropas que pasan frente a Catedral y el Palacio Nacional donde el estudiante Manuel Puig recita una poesía patriótica. Luego, marchan frente al Ayuntamiento para salir por la calle de Plateros y San Francisco, mientras la gente lanza flores, aplausos y vítores desde los balcones. Los estudiantes encabezan las celebraciones; han acompañado el desfile hasta ese punto y regresan a la plaza de la Constitución. Frente a Palacio cantan el himno nacional acompañados de las bandas militares. Una comisión se encamina a Catedral y en la capilla que guarda los restos de los héroes deposita una corona de flores.

            Aquel festejo de 1908 nada tuvo de extraordinario pues fue como cualquier otro dado durante el Porfiriato, excepto que las voces disidentes e inconformes con el régimen se escuchan cada vez con más fuerza; a finales de ese año, se edita el libro que habría de hacer reaccionar “al león dormido”, como se refirió Porfirio Díaz del pueblo mexicano: La sucesión presidencial en 1910, de Francisco I. Madero. Pero, lo que sigue es otra historia, motivo de otro centenario. 

2008

Como hace 100 años, este 15 de septiembre por la noche repetiremos la ceremonia y recordaremos con un coro de millones de voces que se levantan en todos los puntos del país, el grito de 1810. Los mexicanos escucharemos a nuestro presidente que evocara a los héroes y repetiremos una y otra vez los sonoros “¡vivas!”; y luego, la pachanga. Será noche de verbena y de alegría patriótica, los zócalos, las plazas públicas, reventarán de gente ansiosa de compartir el momento con sus compatriotas. La noche se iluminará con fuegos artificiales, con focos de colores, que simulan las siluetas de los “héroes que nos dieron patria”. El 16 de septiembre las familias acudirán a presenciar el desfile militar que recorrerá las calles, y el cielo, del centro de la Ciudad de México. Como cada septiembre, reafirmaremos nuestra mexicanidad y recordaremos lo que nos une y nos fortalece: la historia de un grito que está a punto de cumplir 200 años.