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“Recordar” el 20 de noviembre. Una reflexión Imprimir E-mail
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Por Angélica Vázquez del Mercado

 

Primo de Verdad
Francisco Ignacio Madero.

 

Recordar es dar un brinco al pasado, un salto a un momento específico de la historia en el que algo ha sucedido para atraerlo al presente con distintos fines. Recordar no es necesariamente celebrar; a veces se refiere a un hecho digno de memorar en tono festivo; otras, a aquello que ha trascendido afectando o lastimando la vida cotidiana.


          En todo caso, como explica Paul Ricoeur, decir «tú te acordarás» es decir también «no te olvidarás». La mayor cualidad de la memoria, de la memoria feliz –seguimos con Ricoeur- es su posibilidad de acto heroico y continuador de la humanidad, no fundador, no primigenio, sino como aquel que garantiza la permanencia de la especie: «Toda sociedad tiene la responsabilidad de la transmisión transgeneracional de lo que considera como sus logros culturales. Aprender es, para cada generación, ahorrar […] el esfuerzo agotador de aprender todo de nuevo cada vez.» ¿Qué haríamos si cada nueva generación tuviera que empezar por el principio, como si hubiera olvidado todo lo que alguna vez aprendió, o mejor dicho, hizo o fue?


          Así, por ejemplo, en el caso del conocimiento Miguel de Cervantes, autor de El Quijote, ha guardado en sí mismo los muchos siglos medievales: memoria y olvido reunidos armónicamente, congraciados, en una novela. Lo mismo pasa con los poetas, los filósofos y los historiadores. Por cierto, a todo esto, el trabajo del historiador es precisamente hacer presente lo ausente; «es en el movimiento mismo de la rememoración, por tanto en la progresión del 'recuerdo puro' hacia el recuerdo-imagen, donde la reflexión se esfuerza por deshacer lo que el reconocimiento hace, recuperar el pasado en el presente, la ausencia en la presencia.»


          Pero entonces, ¿qué pasa con hechos históricos como la Revolución mexicana? ¿Por qué se merecen ser recordados? Porque contra el olvido destructor (el que ignora por voluntad o no), el olvido que preserva: la historia, el ejercicio de la memoria. Para que se diera tal acontecimiento debió de acumularse mucho pasado, cuentas pendientes, una cadena de hechos incluso fortuitos, crisis de todo tipo, desastres naturales, manifestaciones del intelecto, exaltaciones del espíritu… olvidar ese rompecabezas es destruir las piezas del futuro: nuestro presente.


          Cuando recordamos que el 20 de noviembre de 1975 murió Francisco Franco, festejamos el fin de la dictadura en España y el inicio de una nueva época. Traer a la memoria que un día como hoy pero de 1520 Fernando de Magallanes cruzó el estrecho que luego llevaría su nombre, es celebrar la destreza de la humanidad. Cuando sabemos que un 20 de noviembre (1910) murió León Tolstoi, regresamos a su obra y gozamos de su arte.


          Recordar este 20 de noviembre de 2008 como el año 98 después del inicio de la Revolución mexicana, debe ser un acto de construcción, más allá de la efeméride y la numeralia. No es la fecha la que hay que aprenderse, es necesario no olvidar qué fue lo que desencadenó ese pasado y cuáles sus consecuencias. Si hoy nos acordamos de los protagonistas de la Revolución es para entender los motivos, en las convergencias a pesar de las diferencias: Francisco I. Madero nos hace reflexionar en la democracia; Emiliano Zapata en la lucha agraria y los derechos de los campesinos e indígenas; Pancho Villa en la justicia social; Venustiano Carranza en la legalidad y el valor de las instituciones…


          Pero, la memoria también puede ser injusta pues a estos nombres habría que sumar los miles de hombres, mujeres y niños que participaron en la Revolución por los motivos que fueran –el sacrificio inocente, la muerte heroica, la inconsciencia salvaje o el compromiso patriótico. Recordarlos, volver sobre sus pasos, debe servirnos para entender nuestro presente. Por eso, creo que vale la pena “recordar” el 20 de noviembre.