Francisco I.
Madero no tuvo tiempo de sentirse a salvo en San Antonio. Aunque había
escapado, tenía muchas razones para preocuparse. Las cosas en México estaban
revueltas y no tardarían en ponerse peor. Madero sabía que su fuga sería
entendida como un primer paso hacia un movimiento armado. Esto pondría en
peligro a sus seguidores. Además, a los estadunidenses no les gustaría mucho la
idea de que estuviera preparando una revolución desde su territorio contra un
país amigo. Durante veinte años, los Estados Unidos habían apoyado el gobierno
de Porfirio Díaz, pero habían cambiado de opinión cuando el viejo general
comenzó a mostrarse más interesado en Europa. También ellos habían presentado
una queja por las irregularidades en las elecciones de 1910. Nunca vieron con
malos ojos el movimiento democrático de Madero. De todos modos, si el caudillo
estaba organizando una revolución desde suelo estadunidense, no tendrían más
remedio que entregarlo al gobierno mexicano.
Pensando en
esto, Madero declaró inmediatamente que no era su intención organizar un
movimiento armado. La verdad era muy distinta. Aunque nunca le gustó la idea,
Madero sí estaba planeando la revolución. La necedad de Díaz lo había
acorralado. A pesar de su inexperiencia y de sus dudas, Madero sabía que podía
sembrar unidad y dar ideas democráticas a una revolución que de cualquier modo
habría estallado en México. Desde su refugio, Madero redactó un documento que
serviría para justificar sus acciones. Por conveniencia, el documento fue
llamado Plan de San Luis, y era muy claro y muy directo. Empezaba explicando
las ideas políticas que justificaban la lucha armada. Luego criticaba al
dictador por negarse a dejar el poder y afirmaba que el Partido
Antirreeleccionista era el único capaz de salvar al país. Además, Madero
declaraba nulas las elecciones y se proclamaba presidente provisional, se
comprometía a presentar cuentas claras y a convocar a elecciones generales tan
pronto como la capital y más de la mitad de los estados estuvieran en manos de
las fuerzas revolucionarias. Por último, señalaba el día 20 de noviembre para
empezar la revolución y convocaba a los mexicanos a tomar las armas contra
Díaz.
El Plan de San
Luis se distribuyó rápidamente en México. Varios rebeldes en distintas partes
del país recibieron dinero y municiones. Esperando levantamientos en Puebla,
Hidalgo, Guerrero y Chihuahua, el propio Madero se preparó para atacar Piedras
Negras el 19 de noviembre.
Las cosas
comenzaron a complicarse días antes del levantamiento. El gobierno de Díaz no
estaba cruzado de brazos: informadas de los planes revolucionarios, las
autoridades desarticularon grupos de conspiradores en diversos estados del
país, interceptaron cartas y cargamentos de armas rebeldes. Por último,
informaron a la prensa que había sido descubierto un complot contra el gobierno
y que se había arrestado a casi todos los conspiradores. Estas acciones
provocaron que se adelantara y fracasara un breve levantamiento armado en la
ciudad de Puebla, que dio a la revolución sus primeros mártires: los hermanos
Serdán.
Los fracasos
se repitieron por el país durante la primera fase de la revolución. Mal armados
y peor organizados, los rebeldes no consiguieron que los levantamientos
planeados para el 20 de noviembre fueran simultáneos ni efectivos. En la
capital, los rebeldes no se atrevieron a tomar las armas. En Jalisco, Guerrero
y el Estado de México hubo algunos disturbios que las autoridades controlaron
rápidamente. Sólo en seis estados empezaron sin éxito movimientos armados entre
el 19 y el 22 de noviembre. Los mayores enfrentamientos ocurrieron en la parte
norte de Durango, Chihuahua y Coahuila, donde los rebeldes fueron vencidos con
dificultad. Muchos de ellos se dispersaron, retrocedieron a las montañas y
tuvieron que recurrir a tácticas de guerrilla para sobrevivir.
El propio
Madero tuvo que renunciar a sus planes de atacar Ciudad Juárez y se ocultó en
un pueblo llamado El Indio. Enterado de los fracasos de su gente, concluyó que
el levantamiento había estado mal organizado y que el pueblo no había
correspondido a su llamado. Entonces regresó a San Antonio para descubrir que
incluso su familia había decidido aceptar la derrota. Desalentado, Francisco y
su hermano Raúl viajaron de incógnito a Nueva Orleans, donde pasaron el mes de
diciembre en una tremenda estrechez económica.
También Madero
estaba a punto de darse por vencido cuando recibió buenas noticias. En
Chihuahua, los revolucionarios seguían luchando y comenzaban a obtener
victorias sobre los federales. Había además nuevos levantamientos en Coahuila,
Zacatecas, Durango y Veracruz. Estas noticias le devolvieron los ánimos y
decidió volver a México en cuanto fuera posible para cumplir sus obligaciones
como caudillo revolucionario. A finales de diciembre regresó a El Paso, donde
esperaría la oportunidad para unirse a las fuerzas de Pascual Orozco, quien
estaba decidido a tomar Ciudad Juárez.
Así estaban
las cosas cuando el gobierno americano descubrió su escondite y dictó una orden
de arresto en su contra. No había tiempo que perder. Madero cruzó la frontera
el 14 de febrero de 1911. En Guadalupe, Chihuahua, prometió que su movimiento
respetaría los intereses estadunidenses en México. Acto seguido buscó el modo
de pedir préstamos a personajes adinerados que confiaran en el futuro de su
movimiento.
Pero el
principal problema de la revolución no era el dinero sino la inexperiencia de
sus tropas. Madero quiso imponer disciplina y exigió que todos lo reconocieran
como presidente provisional. Esto no fue del agrado de algunos de sus
generales. Dentro del ejército maderista comenzaba a haber luchas de poder y
divisiones tanto por parte de los liberales de Ricardo Flores Magón como de
algunos caudillos que no compartían completamente las ideas democráticas de
Madero.

A pesar de
estas diferencias, el movimiento siguió creciendo. Los revolucionarios vencían
ahora en Sonora y en Sinaloa. En Casas Grandes, los maderistas sufrieron un
revés. Madero luchó con valor, fue herido y tuvo que retirarse a un rancho
cercano a Chihuahua, donde dedicó un mes entero a reorganizarse con el apoyo de
Pascual Orozco y Francisco Villa. A pesar de la derrota de Casas Grandes,
Madero confiaba en que la revolución terminaría muy pronto. Los alzamientos se habían
extendido ya a Zacatecas, Aguascalientes y Jalisco. Había también importantes
movimientos armados en el sur del país. Cada vez era más evidente que el
gobierno de Díaz no sería capaz de detener a los rebeldes. Lo que más
preocupaba a los federales era la situación en Chihuahua, donde aquéllos habían
comenzado a aislar ciudades y guarniciones atacando las vías del ferrocarril.
Hoy sabemos que el ejército federal tenía más de treinta mil hombres, mientras
que los revolucionarios nunca fueron más de veinte mil. Aun así, la soberbia de
los federales y la buena suerte de los rebeldes acabarían por darle la victoria
a los maderistas. Confiados en su fuerza, y mejor organizados que antes, a
finales de abril Madero y Orozco emprendieron su camino hacia el norte con el
propósito de tomar Ciudad Juárez.
Cuando notaron
que las fuerzas revolucionarias eran más poderosas de lo esperado, las
autoridades decidieron tomar medidas políticas para detenerlas. Díaz propuso al
Congreso suspender las garantías individuales, cambió a gobernadores
impopulares, renovó su gabinete y hasta propuso que se prohibiera la reelección
y se promoviera la división de las grandes propiedades campesinas, así como una
reforma judicial. Además, el dictador pidió permiso para que el impopular
vicepresidente Corral se ausentara por motivos de salud. A Madero no le
bastaron estas medidas. Aunque las veía como triunfos de su movimiento, no
quiso ceder e insistió en que se declararan nulas las elecciones y se
celebraran otras.
El gobierno
intentó negociar con los revolucionarios por mediación de algunos amigos de
Díaz. En febrero enviaron a miembros de la familia Madero a dialogar con
representantes del jefe revolucionario en la ciudad de Corpus Christi, Texas.
El doctor Francisco Vázquez Gómez, que había sido nombrado por Madero agente
confidencial de la revolución, se negó a asistir a la reunión y no se llegó a
ningún acuerdo. El gobierno hizo un nuevo intento de negociar en Nueva York,
adonde envió a Limantour, que era amigo de la familia Madero. La negociación
fue difícil pero al final las partes redactaron un proyecto de acuerdo que
sería estudiado por Díaz y por Madero.
Esta vez,
Vázquez Gómez intentó convencer a Madero de que aceptara las propuestas del
gobierno. Fue inútil. Las negociaciones volvieron a empantanarse. En abril, los
maderistas tomaron posiciones alrededor de Ciudad Juárez. Madero exigió la
rendición al general Juan Navarro, jefe de la guarnición. Navarro respondió que
no estaba autorizado a rendirse. Todo estaba listo para el ataque, pero el
doctor Vázquez Gómez consiguió retrasarlo enviando a Francisco León de la Barra
un telegrama en el que exageraba el poder de los revolucionarios y advertía a
Madero que un ataque a la ciudad fronteriza podía provocar una intervención del
ejército estadunidense. Al principio Madero se mantuvo firme en su decisión,
pues se sentía preparado para vencer. Las negociaciones podrían hacerse después
de que se tomara la ciudad. Vázquez Gómez insistió hasta que Madero aceptó
negociar una vez más con el gobierno.
Esta vez el
gobierno envió a sus representantes a entrevistarse con Madero. El caudillo les
hizo saber que seguía exigiendo la renuncia del dictador y suspendió el ataque
por cinco días para dar tiempo a los comisionados de comunicarse con el gobierno.
En la siguiente sesión Madero informó a los enviados de Díaz que estaba de
acuerdo en negociar mientras se estableciera el principio de "Sufragio
efectivo, no reelección". Pidió además que la revolución nombrara a catorce
gobernadores y cuatro ministros, la evacuación de Sonora, Chihuahua y Coahuila
por las fuerzas federales, y la restauración del orden en estas zonas a cargo
de las tropas revolucionarias. Por último, pidió la renuncia del vicepresidente
Ramón Corral.
A muchos de
los hombres de Madero les sorprendió que esta vez el caudillo no hubiera
insistido también en la renuncia de Díaz. El jefe revolucionario les explicó
que si el gobierno cumplía con sus condiciones, el dictador de cualquier modo
acabaría por renunciar. Mientras esperaban la respuesta del gobierno, siguieron
discutiendo sobre la necesidad de que Díaz renunciara. Madero se resistía
argumentando que había comprometido su palabra con los enviados del gobierno.
Finalmente, llegaron a un acuerdo: Porfirio Díaz tendría que renunciar "en poco
tiempo" y León de la Barra, ministro de Relaciones Exteriores, sería nombrado
presidente provisional. Cuando volvieron de la capital, los comisionados se
encontraron con esta propuesta. Como no esperaban que volvieran a pedirles la
renuncia de Díaz, se molestaron y cancelaron las negociaciones. Los hombres de
Madero siguieron discutiendo sobre la conveniencia de la renuncia de Díaz. Fue
entonces cuando Venustiano Carranza dijo: "Revolución que transige es una
revolución perdida; la revolución que hace concesiones se suicida". Madero
concordó con esto, pero ordenó que sus tropas se retiraran hacia el sur,
provocando protestas de los jefes revolucionarios que ya estaban listos para
atacar Ciudad Juárez. Ese mismo día, el dictador lanzó un manifiesto a la
nación en el que enumeraba sus esfuerzos por llegar a un acuerdo con los
rebeldes y los culpaba del fracaso de las negociaciones. Para sorpresa de Díaz,
el manifiesto no fue bien recibido por la población, que reaccionó enardecida
contra el gobierno.
El 8 de mayo,
los rebeldes atacaron por sorpresa Ciudad Juárez. Hay quienes dicen que la toma
de esta ciudad provocó la caída de Díaz. Otros piensan que se trata de una
exageración. Lo cierto es que esa victoria de los rebeldes fue la gota que
derramó el vaso. En ese momento la revolución se esparció por todo el país.
Solamente cinco de los treinta y un estados no fueron afectados por el
movimiento. Los federales fueron perdiendo terreno y hacia el mes de mayo
apenas oponían resistencia. Habían bastado cinco meses para que el movimiento
triunfara a pesar de su desorganización y de sus divisiones internas.
El 10 de mayo,
Madero entró triunfalmente en Ciudad Juárez y nombró a su gabinete. Tras
arreglar algunas de sus diferencias con Orozco y Villa, se dedicó con sus
hombres a elaborar un tratado exigiendo para el fin del mes las renuncias de
Díaz y Corral, el nombramiento de León de la Barra como presidente interino, la
convocatoria a nuevas elecciones generales, el cese de las hostilidades, el
licenciamiento de tropas y el compromiso del gobierno interino a disponer lo
necesario para indemnizar por los daños causados por la revolución. El Tratado
de Ciudad Juárez fue firmado el 21 de mayo de 1911, y con ello concluyó la
llamada revolución maderista.