Éste es un texto muy extraño, lo reconozco. Toda la vida supe que debía contar mis recuerdos, ponerlos en papel, y no porque fuese yo un personaje histórico prominente, sino porque creo que la historia la hacemos todos los que participamos en ella. Pero dije que era un texto extraño, y lo repito. Sí, siempre pensé escribirlo, pero he llegado a hacerlo sólo ahora, después de mi muerte... Razones poderosas me han hecho regresar para narrar mi historia, la historia de mi juventud. Porque tengo que decirle, tengo que explicarle a mi nieta lo que hizo su abuelo; lo que imaginó, los ideales que lo movieron, los momentos que vivió, las difíciles circunstancias que los mexicanos de entonces enfrentamos para hacer que este país cambiara y se diera el paso fundamental de la Revolución mexicana. Porque a veces me da la impresión de que ya se olvidaron las razones por las que peleamos e hicimos una nueva constitución. ¡Alguien tiene que recordárselo a las actuales generaciones! Creímos firme y sinceramente en construir un México mejor, pero tal parece que ya nadie lo recuerda... Bueno, decir nadie es una exageración. Mi nieta, por ejemplo, se acuerda muy seguido de mí, y eso que no nos conocimos, porque nació después de mi muerte. Por eso mismo —porque ella me recuerda, porque ella me piensa y a veces siento que me llama—, le quiero dar estas palabras sobre lo que fue mi vida. Esto no tiene nada de particular, ni es cosa de fantasmas o supersticiones: es que, simplemente, el amor de un abuelo por su nieta va mucho más allá de la vida... ¿Y qué sería de nosotros si no creyésemos en la eternidad de los sentimientos? Pero, antes que nada, permítanme presentarme. Me llamo Gabriel Rojano Palacios y nací en la ciudad de Puebla en 1890. Sí, en pleno Porfiriato. Eran los años de mayor esplendor del régimen impuesto por el general Porfirio Díaz, cuando todos agradecían la paz, el orden y el progreso que el dictador implantó en el país. Luego de décadas de guerras contra enemigos extranjeros, motines y cuartelazos, sustos y disgustos a toda hora, los mexicanos anhelaban un gobierno fuerte que pusiera orden y propiciara el progreso de la nación. Con don Porfirio al frente había tranquilidad, había trabajo, había esperanzas... Claro, para quienes podían tenerlos. Así viví los años de mi infancia, en un ambiente aparentemente agradable. Parecían tiempos felices. Las cosas marchaban más o menos bien. Cuando cumplí diez años llegó el nuevo siglo, el siglo xx. ¡Qué de ilusiones! ¡Qué de alegría!... El tiempo avanzaba y una nueva centuria se iniciaba, llenando de júbilo a los niños de entonces: ya no estábamos en el mil ochocientos y tantos, sino en el mil novecientos... ¡Qué emoción! Pero la emoción fue diferente de la que solía imaginar mientras jugaba con mis soldaditos de plomo. Fue en esos años, al despuntar el nuevo siglo, cuando me di cuenta de muchas cosas; poco a poco aparecía ante mis ojos una nueva realidad que seguramente mi ánimo infantil no adivinó antes y que —pensaba yo en esos días— los mayores, los adultos, preferían ignorar. Bastaba salir de paseo al campo para darse cuenta. Era suficiente caminar por algunas calles de Puebla para encontrarse con esa realidad: la pobreza abundaba. Me fijaba en los niños que pedían limosna; sucios, descuidados, con una carita que movía a la compasión. Y nadie era capaz de responder a mis preguntas: ¿Por qué viven así? ¿Por qué no tienen una casita? ¿Dónde están sus papás? ¿No van a la escuela? Preguntas sin respuestas. Yo era bastante afortunado. No sólo pude tener una buena educación sino que andando los años ingresé al Colegio Civil del Estado, al antiguo y afamado Colegio Carolino de Puebla, donde los adolescentes comentábamos lo que pasaba a nuestro alrededor. Recuerdo muy bien cómo entré a esta etapa de mi vida: un día dejé de jugar porque quise saber más de aquello que comenzaba a inquietarme... No olvido la escena ocurrida en el patio del colegio. En voz baja, varios compañeros hablábamos de los sucesos ocurridos en una región del país muy lejana de Puebla. Se trataba del mineral de Cananea, donde los mineros mexicanos habían sido masacrados por haberse atrevido a pedir mejores sueldos y condiciones de trabajo. Todos estábamos azorados... ¡Habían disparado contra la gente que quería aumentar sus jornales! Un murmullo de desaprobación, y de pronto que nos sorprende el prefecto de disciplina del colegio, que entre gritos y amenazas nos acusaba de conspiradores. Todos fuimos a dar a la dirección, donde nos regañaron por hablar de cosas que no eran propias de personas educadas. Al año siguiente los sucesos se repitieron, pero ahora mucho más cerca de Puebla, en Río Blanco, por el rumbo de Orizaba. Nuevamente los obreros habían sido masacrados por las fuerzas del gobierno. Y de nuevo en los corrillos callejeros, en los cafés, en las tertulias hogareñas, la gente lo comentaba en voz baja, temerosa de una reprimenda o quizá algo peor. Fue entonces cuando conocí a un gran hombre que sería mi guía por el camino de la Revolución. Él no pudo verla suceder —murió días antes del estallido de las revueltas—, pero yo siempre traté de actuar conforme a lo que él me había enseñado. Se llamaba Aquiles Serdán.
Un día caminaba con un grupo de amigos por la calle de Santa Clara y, sin querer, nos detuvimos ante la puerta de una casa. Discutíamos acaloradamente acerca de las declaraciones que el presidente Porfirio Díaz había hecho a un periodista estadunidense, diciendo que vería con buenos ojos la formación de partidos políticos que compitieran por el sufragio popular en las siguientes elecciones. Alguno de nosotros alzó la voz y exclamó que a nosotros qué podían importarnos las elecciones ni quién nos gobernara; eso era cosa de viejos, nosotros los jóvenes debíamos divertirnos. Algunos respondieron con una sonora carcajada, cuando de pronto se abrió el portón de la casa y apareció una figura seria pero sonriente, que en tono mesurado nos dijo: —Ser joven no es pretexto... Mis compañeros, asustados, se echaron a correr. Yo me quedé como petrificado frente a ese hombre, que siguió hablándome con toda naturalidad: —Ser joven no significa cerrar los ojos ante la realidad... Desde entonces Aquiles Serdán se convirtió en mi amigo, y yo, en su más joven seguidor. Con él aprendí el valor de la palabra democracia. Gracias a él conocí los derechos de un pueblo oprimido que deseaba luchar por liberarse del yugo que le imponía una clase social privilegiada. Por él me di cuenta de que, como decía don Quijote de la Mancha, por la libertad se puede y se debe dar la vida... Y yo aún no cumplía los veinte años.... Nunca olvidaré aquellas primeras palabras que lo escuché decir: "Ser joven no es pretexto". Muy pronto formé parte del círculo cercano que ayudaba a Aquiles Serdán en sus trabajos a favor del antirreeleccionismo. Me di cuenta de que don Aquiles creía fervientemente en las ideas que por todo el país propagaba Francisco Ignacio Madero, a quien tuve la fortuna de conocer cuando visitó Puebla y don Aquiles me lo presentó. Por supuesto, desde ese momento, luego de haber tenido el privilegio de escuchar de viva voz el llamado a la democracia en boca de estos dos grandes hombres, me convencí de la importancia de implantarla en México como un medio para llevar a todos los beneficios de la libertad y del progreso. Pero algo más aprendí de don Aquiles... Al verlo actuar, al atender sus palabras, al mirar cómo concebía la acción política, al compartir sus sueños de lograr un México mejor, entendí que para librar las batallas por la existencia de la nación y por el bienestar de todos se necesitaban hombres de buena fe, hombres honestos, hombres dispuestos al sacrificio. —¡Hombres buenos!, ¡hombres buenos! —no se cansaba de repetir. Y toda mi vida procuré serlo. Ya habían pasado las fiestas del centenario de la Independencia, que se vivieron en Puebla como una fantasía en medio de la tormenta que se avecinaba, cuando un día don Aquiles me pidió que saliera de la ciudad para organizar en una población cercana a un grupo de partidarios del antirreeleccionismo, a la vez que me encomendó esconder algunos papeles. Así lo hice, obedeciendo sus órdenes, y gracias a eso salvé mi vida. El 18 de noviembre de 1910 la policía y el ejército sitiaron la casa de Aquiles Serdán. Habían descubierto que don Aquiles era la cabeza en Puebla del movimiento revolucionario que Francisco Ignacio Madero había previsto que estallara dos días después, el 20 de noviembre. Pero en Puebla la Revolución se anticipó... Y yo no estuve allí para pelear al lado de don Aquiles ni tampoco para morir junto con él. Lo asesinaron cuando lo descubrieron. De un certero tiro en la frente segaron su vida... Regresé a Puebla y de manera furtiva alcancé a ver su cadáver expuesto en la comisaría. Me acerqué lo más que pude y casi escuché su inolvidable voz, que me decía: —¡Ser joven no es un pretexto! Yo tenía apenas veinte años. ¿Qué hacer? ¿A quién acudir para pedir consejo? Sólo tenía las enseñanzas de don Aquiles, y resolví ponerlas en práctica, aun a costa de mi familia o de cualquier atadura sentimental. Abandoné los estudios, y eso que estaba a punto de cursar el cuarto año de la carrera de abogado. Todo debía ser sacrificado por los ideales; todo valía la pena dejar con tal de darle vida al sueño de un México mejor. Por eso me uní a la Revolución que encabezó el señor Madero, combatiendo en las regiones cercanas a Puebla, hasta el día en que se fue el dictador: triunfó entonces el pueblo en armas que exigía la democracia. No contaré mis hazañas militares, pues no se trata de presumir de valiente o de haber ejecutado grandes proezas. Al contrario, soy de los que piensan que es lamentable el derramamiento de sangre, máxime cuando es producto de la terquedad y de la vil afición a matarse los unos a los otros. Por eso dejé las armas cuando don Francisco Ignacio Madero tomó posesión de la presidencia de la República y me reincorporé de inmediato a mis estudios. Pero poco me duró el gusto. La traición y la felonía aparecieron de nuevo, esta vez en un criminal que, no conforme con asesinar al presidente Madero y al vicepresidente Pino Suárez, hundió a toda la nación en un sangriento holocausto en que cientos de miles de personas murieron: Victoriano Huerta. Sentí el deber de regresar a combatir por la legalidad y por la justicia. Resolví ponerme a las órdenes de don Venustiano Carranza, quien me concedió su confianza, seguramente enternecido por el entusiasmo de un joven de apenas veintitrés años, e ingresé al Ejército Constitucionalista. Con él combatí en grandes batallas y me tocó en suerte ser de los primeros en entrar a la Ciudad de México cuando derrotamos al usurpador. Debo decir que don Venustiano me mostraba gran afecto, porque, a pesar de mis pocos años, en 1915 me nombró coronel del 19 batallón de línea del Ejército Constitucionalista. Eso sí —como pueden dar testimonio quienes me conocieron y aunque no sea yo quien deba decirlo—: en la guerra mis manos jamás se mancharon con sangre de gente inocente, ni con dinero ajeno. Pero llegó el momento de reconstruir al país y darle un nuevo rumbo a México. Don Venustiano Carranza anunció la formación de un congreso constituyente. Para sorpresa mía, los habitantes de Huejotzingo, en Puebla, me ofrecieron la candidatura para representar al cuarto distrito de la entidad ante la asamblea. Lleno de azoro, me pregunté a mí mismo, y luego a mis amigos cercanos, si en verdad sería yo capaz de desempeñar un papel digno entre quienes pensarían y diseñarían el México del futuro, entre quienes iban a escribir la nueva ley suprema de la nación. Todos me decían que sí, que debía aceptar la honrosa comisión, particularmente los vecinos de Huejotzingo: ellos me habían propuesto por el buen concepto que de mí tenían, por ser yo... ¡un hombre bueno! Esa noche soñé que platicaba con don Aquiles, a quien le preguntaba si debía aceptar la candidatura para ser diputado, a pesar de mis veintisiete años... Pero él sólo repetía las palabras de siempre: —¡Ser joven no es pretexto!... ¡Se necesitan hombres buenos!... Y por eso fui a Querétaro, donde se reunió el Congreso Constituyente y el 5 de febrero de 1917 se promulgó la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, uno de cuyos autores me considero... Porque en ella están mis ideas, las de todos los constituyentes que queríamos con apasionado deseo un México mejor... Porque allí están las garantías individuales, porque en ella se plantea como fundamental la educación de nuestro pueblo, porque en ella se expresa categóricamente la urgencia de justicia social, porque en sus mandamientos está consignada la voluntad del pueblo de preservar los recursos de la nación... Porque en ella se establecen las condiciones para que pueda darse la convivencia entre todos... Porque toda ella es un poema social... Porque la Constitución es, como leí en alguna parte, el mínimo de amor que reclama la sociedad, y nosotros, los constituyentes, éramos los enamorados de la patria. Por eso regresé a escribir estos recuerdos, porque es importante que reviva la pasión por México, que renazca entre nosotros la emoción de sentirnos mexicanos y trabajar por esta patria que mucho lo necesita. Ésos fueron mis días juveniles. Si es cierto lo que dicen, que nada produce más felicidad que realizar en la madurez los sueños de juventud, yo diría ahora que nada puede ser más grato para un hombre que ya no está en esta tierra que vivir en la memoria de los vivos y poder ver realizados los ideales que lo inspiraron hace ya cien años; verlos ahora florecer en el corazón de la nieta querida que lo invoca. Porque ella lo sabe, y si no, yo, su abuelo, Gabriel Rojano, se lo recordaré: —¡Ser joven no es pretexto!... ¡Se necesitan hombres buenos!
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