Aquiles:
madrugada, 19 de noviembre
El nombre de
Aquiles proviene de la mitología griega: es el nombre de un héroe que era casi
invencible..., casi. Era un gran guerrero, podía pelear todo el día sin cansarse
y además tenía un poder especial: no podía ser lastimado salvo en el talón, su
único punto débil.
Su único punto
débil, pienso mientras repaso esta historia que conozco desde hace tanto
tiempo, pero estoy tan nervioso que lo digo también: "Punto débil", murmuro, y
cuando me doy cuenta siento que el corazón se me detiene. No debo hacer ruido.
Llevo muchas horas esperando, encerrado en este sótano, a que se marchen los
hombres que sitiaron nuestra casa. No sé cuántas horas han pasado. A cada
momento siento el deseo de salir corriendo, de ya no estar quieto, de huir a
cualquier parte, pero necesito contenerme. Necesito estar seguro de que ya no
hay nadie arriba. Necesito poder escapar de veras. Esta casa, la casa de mi
familia, fue atacada por cientos de soldados. ¿Cómo saber que ya se fueron
todos?
Pasan los
minutos. Está oscuro. ¿Será ya la medianoche? ¿Habrá pasado? Tal vez sea la
una, o las dos...
Como mi nombre
es Aquiles, siempre me pregunto cuál será mi debilidad y creo que ya lo sé.
Tengo muchísimo miedo, y en cualquier momento no podré aguantar más y tendré
que salir...
Máximo, tarde,
18 de noviembre
Si hubiera
sabido que esto iba a pasar: que nos íbamos a levantar en armas, como se dice
en los libros sobre la Intervención y la Reforma, que íbamos a rebelarnos y a
declararle la guerra al mal gobierno, y que además tendríamos que hacerlo antes
de la fecha prevista porque nos iban a descubrir...
Si hubiera
sabido todo eso, de cualquier modo lo hubiera hecho.
En esto, creo,
no cambiaré jamás de parecer, como tampoco cambiarán, estoy seguro, ni Carmen
ni Aquiles. Las cosas ya no pueden seguir como están. Porfirio Díaz ha sido
presidente durante treinta años, postulándose y reeligiéndose una y otra vez
presidente de la República: ¿no se opuso él, hace mucho tiempo, a que Benito
Juárez hiciera lo mismo? Muchas personas de aquí de Puebla, como del resto del
país, sin duda pueden hacerse de la vista gorda y no hacer caso de ese problema
ni de todos los otros que tiene el país, pero yo no: no puedo ser insensible a
la pobreza en todos los lugares a los que no llega el progreso de las ciudades,
no puedo ser indiferente al ahogo que se siente —que mis hermanos y yo hemos
sentido tantas veces— simplemente porque, en realidad, no somos libres. No nos
dejan elegir nuestro destino: no podemos contradecir al tirano.
No me
arrepiento. ¿No es suficiente saber que intentamos contradecirlo, que quisimos
vivir de otra manera?
Carmen, 1948
Yo no tendría
que haberme metido en nada de eso: en aquel tiempo no era como ahora, y no sólo
eran mal vistas las mujeres que se metían en la política o en cualquier cosa
parecida: ¡se suponía que no debíamos ir a la escuela, que debíamos salir de la
casa de nuestros padres sólo para casarnos!
Mi hermana
Natalia lo hizo así, pero yo no. Yo aprendí mucho en el colegio al que pude ir,
el de las Teresinas. Y además, en casa se hablaba siempre de lo mismo: la
libertad, la democracia, todo aquello que nos faltaba desde que yo era una niña
y que empezamos a desear incluso antes de que comenzara el siglo, cuando dimos
nuestros primeros pasos en la política.
En 1908,
cuando Díaz declaró a un periodista gringo que deseaba ver partidos de
oposición en el país, muchos le tomamos la palabra. Ya teníamos contactos con
el Partido Democrático y apenas pudimos nos afiliamos al Partido
Antireeleccionista. Máximo llegó a ser su jefe en Puebla. Aquiles, que era comerciante,
aprovechaba sus viajes para conocer a otras personas descontentas y
convencerlas de unirse a nuestros proyectos.
—Nuestra causa
—decíamos.
Siempre que
podía, yo salía en las noches para pegar carteles contra Porfirio Díaz, y más
tarde, cuando estaba por empezar la revolución, también salí muchas veces a
repartir pólvora y explosivos entre nuestra gente.

Aquiles,
madrugada, 19 de noviembre
¿Qué hago?
Para no pensar, para soportar un momento más el miedo y la ansiedad, ya no me
sirve pensar en mi nombre. En cambio, recuerdo: pienso en el pasado, cuando
empezamos a ver la forma que podrían tomar estas horas de peligro.
Repaso cada
momento como si fuera parte de una lección: "el destino de los Serdán de
Puebla". De seguro vamos a salir en los periódicos como criminales o
sediciosos, gente sin virtud ni sentimientos...
Pero no es
así. Primero, no era verdad que la oposición le gustara a don Porfirio:
Francisco I. Madero se postuló para presidente, pero antes de las elecciones lo
encarcelaron y perdió por un fraude y entonces nos dimos cuenta de que no se
podía hacer más que recurrir a las armas.
Segundo, qué
momento terrible cuando lo decidimos: mi madre, Máximo y Carmen viven aquí con
mi esposa y mis hijos; también viven aquí mi hermana Natalia y sus hijos,
porque ella es la dueña de la casa y éste era el único lugar en el que podíamos
permanecer sin levantar todavía más sospechas.
—Pasen ustedes
al cuartel, que está en el número cuatro de la calle de Santa Clara —le oí
decir a Máximo una vez, en son de broma.
Tercero, como
otros maderistas perseguidos, yo tuve que salir un tiempo de México y sólo
volví cuando pudimos acordar, con Madero, la fecha del 20 de noviembre para el
levantamiento general. Cuarto, sí, llenamos la casa de explosivos y armas,
pero...
Quinto,
alguien les avisó, o la policía se dio cuenta, no sé, pero lo importante es que
lo supieron todo.
¿Qué hacer?
Pensamos adelantarnos, levantar a todos nuestros allegados, aguantar a que nos
ayudaran desde otros lugares... Y ni eso pudimos hacer.
Sexto: hoy, o
ayer, más bien, el día 18 de noviembre, cuando se suponía que comenzaríamos, la
policía se nos adelantó. Quisieron entrar con una orden de cateo y los
recibimos a balazos. Y ellos empezaron a disparar también...
Hace frío
aquí, me duelen las piernas, las lecciones no sirven de nada. Pienso en Carmen,
que salió al balcón armada con una carabina para arengar a la gente, para pedir
que no nos dejaran solos, y le dispararon. Pienso en Máximo. Pienso que llevo
no sé cuántas horas aquí, escondido, incapaz de decidirme a salir, y las
piernas me duelen y tengo hambre y sed y el cuerpo entero me está temblando...
Y de pronto
creo que estoy soñando, porque abro la puerta del sótano: las manos actúan
solas y empujan la puerta, y mi cuerpo se levanta, y mis ojos miran hacia
fuera... Y me parece que ya no hay nadie...
Carmen, 1948
Aquiles, el
personaje, murió en una guerra antigua, en la ciudad griega de Troya. Aquiles
venció a los soldados más fuertes, pero lo mató un príncipe llamado Paris, que
no era tan rudo ni tan valiente, que no sabía pelear bien cuerpo a cuerpo, y
que en cambio usaba un arco y flechas para atacar a distancia a sus enemigos.
Una flecha de Paris hirió a Aquiles en el talón, que era su punto débil, y ése
fue su fin. Así de fácil.
A Aquiles, mi
hermano, lo mató un soldado que estaba de guardia en la casa. Lo mató también
desde lejos. Mi hermano quiso salir de su escondite, levantó desde abajo la
puerta disimulada que llevaba al sótano, y cuando salió allí estaba aquel
hombre; no tuvo tiempo de esconderse ni de nada. El hombre le disparó y
Aquiles, mi hermano, no era invulnerable. El último tiro fue el de gracia.
Ahora estoy
vieja, y de seguro no me queda mucho tiempo. Pero tal vez sirva decir que
aguantamos: nos defendimos, les devolvimos cada balazo, y por un momento hasta
llegamos a pensar que podríamos con ellos. Y luego, cuando todo estuvo perdido
para nosotros, de todas maneras no me quebré, como le oí decir a muchos
soldados. Pasamos un tiempo en la cárcel —éramos mi madre, mi cuñada Filomena y
yo, que además estaba herida: un oficial hizo una lista de donde me habían
tocado las balas cuando salí al balcón—, pero cuando al fin nos alcanzó la
revolución: cuando al fin llegó el 20 de noviembre, que era la fecha en la que
todos íbamos a comenzar a pelear al mismo tiempo..., y todavía más, cuando
empezaron a llegar las noticias de lo que pasó después..., entonces todavía pude
sentir esperanza. Era una esperanza frágil, claro está: qué alegría cuando
Porfirio Díaz renunció y qué terrible la muerte de Madero; qué espanto
Victoriano Huerta, qué hermoso saber de su caída...
No, no nos fue
fácil. Y nunca supimos si habríamos podido lograr algo más de lo que hicimos,
de lo que intentamos hacer. ¿Aquiles habría podido ser un héroe? Su muerte
llegó demasiado pronto. Y Máximo le llevaba un día de adelanto: fue de los
primeros en caer durante el tiroteo en nuestra casa.
Máximo, tarde,
18 de noviembre
Qué
admiración, qué admiración sentía yo por Carmen. Y por Aquiles. Es decir, la
siento todavía: aún creo que hicimos lo correcto, y que sólo hemos tenido mala
suerte.
Me aferro a la
esperanza de que todo esto será para mejor: de que caerá el tirano y en México
habrá democracia y habrá justicia.
¿Qué más puedo
hacer? Cuando sentí las balas en el pecho, me dio la impresión de que el cuerpo
dejaba de pertenecerme. Todo lo que podía hacer era caer de espaldas, despacio,
cada vez más despacio. Y al fin llegué al suelo, y ahora sigo aquí, tendido en
la casa de mi familia, y sólo puedo pensar en el pasado, y dentro de poco, en
un segundo, en dos, estaré muerto.