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Ni para los humanos ni para las naciones es moco de guajolote cumplir cien años. Por viejas que te parezcan la mayoría de las actuales naciones de Europa y América, apenas llegan a los doscientos años de fundadas. Por eso, desde la década de 1870 hasta bien entrada la de 1920 se dio una "fiebre centenaria" por todo el mundo, especialmente en las Américas, donde entre 1776 y 1830 nacieron decenas de países. Aquello fue como una epidemia de grandísimas celebraciones. En 1910 México tiró la casa por la ventana al celebrar el centenario del inicio del movimiento que en 1821 culminó en la Independencia nacional.

    En toda su historia independiente México no había conocido un año como 1910, con tantas fiestas, construcciones, celebraciones, visitantes, gastos suntuarios... y también conflictos. El gobierno de un achacoso Porfirio Díaz no escatimó gastos y dio por comenzados los preparativos en 1907. ¡Cuatro años para preparar una fiesta! Y es que las fiestas del Centenario se hicieron sentir en todo el país con monumentos, nuevos edificios, estaciones de trenes, hospitales, nuevas calles, nuevas plazas, nuevos libros de historia y de literatura nacional, así como escuelas y universidades.

    Hoy todavía puedes ver los rastros de aquella celebración en muchas plazas del país que llevan por nombre Centenario, o en los innumerables monumentos a los héroes de la Independencia que hay en cientos de ciudades y pueblos. Pero es en la Ciudad de México donde puedes no sólo ver sino también caminar y habitar los vestigios de la gran celebración de 1910: desde el Paseo de la Reforma, rediseñado para el Centenario, hasta edificios muy conocidos del centro, y el monumento más conocido de la ciudad: el Ángel de la Independencia. No te asombre, pues, que algo que dejó tantas huellas haya llevado años de preparación.

    "Pero, ah —pensarás—: quien dice 1910 dice Revolución mexicana"... ¡qué Centenario ni que ojo de hacha! En efecto, en 1910 estalló el movimiento armado; sin embargo, por un momento veamos este año no como el de la Revolución, sino como el del Centenario. Éste se conmemoró en septiembre de 1910: sin duda había tensiones, descontento y problemas, pero el régimen llevaba más de treinta años de sobrevivir a todo tipo de conflictos, y nadie sabía que dos meses después de las fiestas se iniciaría una larga y sangrienta revolución. El Centenario, para bien y para mal, fue lo que se esperaba que fuera: el clímax de una era que no se explica por lo que vino después: la Revolución. Quienes organizaron los festejos sabían que la nación que celebraban permanecería, aunque estaban conscientes de que se avecinaban cambios importantes, no sólo porque don Porfirio tenía ya ochenta años, sino porque el mundo estaba hirviendo; pronto llegó no sólo la Revolución mexicana, sino también la primera Guerra Mundial y la Revolución rusa. Pero el rostro de la nación que el Centenario presentó en libros, monumentos y edificios ha tenido una durabilidad impresionante.

    Para viajar al centro de los festejos imagínate al Centenario como un inmenso libro de texto de historia nacional escrito no sólo en papel sino también en mármol, ladrillo y asfalto. La historia que ese libro contaba parecía muy clara: México había ido de menos a más, de unas guerras que nos dieron independencia (de ahí los héroes indiscutibles Miguel Hidalgo y José María Morelos) a otras que nos dieron libertad y justicia (de ahí Benito Juárez) y, finalmente, la paz (Porfirio Díaz). Así vista, la historia sustentada por el Centenario parece simple, pero era un complicado concierto de temas (sobre todo progreso, ciencia, arte, nación y raza); por eso, si hubiera que resumir en una oración lo que decía el Centenario, sería algo así como que a sus cien años México era una nación moderna, con ferrocarriles y reconocimiento internacional, administrada científicamente, con una tradición sólida y asimilada, propia de una raza mestiza en perfeccionamiento por vía de la educación.

    Por otro lado, la historia que contaba el Centenario estaba llena de contradicciones. Por ejemplo, pretendía o fingía la reconciliación después de casi un siglo de guerras civiles. O acentuaba que México era un país mestizo, con un pasado indígena glorioso, pero también repetía la idea de la inferioridad y el atraso de los indios. La palabra que más se pronunció, que más se escribió y se grabó en mármoles y bronces durante el Centenario fue paz y ésa era una invitación constante a las contradicciones: se hablaba mucho de paz porque era la manera de honrar a Díaz, y México tenía paz como nunca antes, pero había protestas y represión por todo el país. Las contradicciones de la idea de la paz llevaron también a discusiones entre los organizadores de la celebración y Porfirio Díaz: los primeros querían construir un arco del triunfo en honor a la paz (es decir, a Porfirio Díaz) en el Paseo de la Reforma; el dictador se negó. En fin, el Centenario fue una negociación, si autoritaria no menos debatida, de políticos, organizaciones de todos tipos, científicos, intelectuales y artistas de México y el mundo, sobre qué tenía que significar entonces la palabra "México".

    Así, en 1907 el gobierno de Díaz estableció la Comisión Nacional del Centenario, encargada de organizar cada detalle de la celebración. Se estableció un fondo nacional para recabar las contribuciones de hombres de negocios, financieros, asociaciones de arquitectos, ingenieros, abogados y sociedades mutualistas. Muchos ricos dieron dinero, pero el gasto de las fiestas corrió sobre todo a cargo del gobierno federal. La Comisión, que había invitado a la gente a participar y proponer la manera de celebrar los primeros cien años de la nación, recibió miles de propuestas para ello entre 1907 y 1910.

    El Centenario también fue pensado como un acontecimiento para presentar a México ante el mundo. Sirvió de gran suceso diplomático y por ello incluyó la inauguración de monumentos donados por los residentes libaneses, estadunidenses, italianos y españoles; España devolvió el uniforme de Morelos y envió como representante personal del rey Alfonso XIII a un importante político, general e historiador: el marqués de Polavieja; Japón y China enviaron a miembros de sus respectivas cortes, y, para estar presentes en la reinauguración de la Universidad de México, pensada por Justo Sierra, las universidades de Viena, Berlín, París, Berkeley, Harvard y muchas otras mandaron representantes.

    Los de septiembre de 1910 fueron los treinta días de más celebraciones en la historia de México. Todo tenía que ver con la ciencia, el progreso, el arte, la nación y la historia. El Centenario también fue una manera mexicana de hablar de lo que en 1910 se consideraba universal. Así, del 1º al 13 de septiembre en la Ciudad de México se inauguraron un manicomio y una exhibición de higiene que fue muy popular entre los habitantes y visitantes de la ciudad. Este interés por mostrar avances científicos era vital para el Centenario.


    En esas primeras dos semanas hubo otros sucesos que hablaban del culto a la ciencia, como la inauguración del monumento a Alexander von Humboldt —el viajero y científico más importante de principios del siglo XIX— patrocinado por el gobierno alemán; además se inauguraron escuelas e instituciones científicas de todo tipo: una nueva estación sismológica, un nuevo teatro para la Escuela Nacional Preparatoria, dos escuelas primarias en la Plaza de Villamil, una nueva escuela normal de maestras, y otra de maestros, y la reunión número 17 del prestigioso Congreso Internacional de Americanistas, que trajo a México a los antropólogos y arqueólogos más famosos del mundo, quienes disfrutaron como niños la inauguración del "Egipto de América": la restauración de las pirámides de Teotihuacan.

    El arte estuvo presente en estas primeras dos semanas con tres grandes exposiciones: una de arte mexicano, otra de arte español y una más de productos japoneses. En la de arte mexicano se exhibieron obras de artistas que para 1930 ya eran baluartes de lo que se llamó el renacimiento artístico de México: obras de Saturnino Herrán, José Clemente Orozco e incluso las primeras obras de un joven pintor llamado Diego de Rivera, que interrumpió brevemente su beca porfiriana en Europa para asistir al Centenario. El arte y los congresos científicos repetían que México era un país orgullosamente mestizo y que contaba con un glorioso pasado indígena.

    El centro de la celebración, por supuesto, fueron los días 14, 15 y 16 de septiembre. El 14 se dio la "gran procesión cívica formada por todos los elementos de la sociedad mexicana", la cual se dirigió de la Alameda a la Catedral, donde depositó flores en la urna que contenía los restos de los héroes nacionales, para luego marchar al Palacio Nacional. El día 15, como en una buena película de aventuras, el dramatismo subió al máximo con el "gran desfile histórico": la historia completa de México a pie, episodio por episodio, cual capítulos ambulantes; ésta fue narrada mediante escenificaciones de la Conquista, la época colonial, la Independencia y la Reforma.

    El 15 se sucedieron varias fiestas y banquetes, y a las once de la noche una explosión de cohetes y luces iluminó los cielos de varias ciudades del país. A la medianoche, Porfirio Díaz —como Hidalgo en Dolores— hizo sonar la vieja campana en el Zócalo y dio inicio a una fiesta popular de guitarras, enchiladas y pulque bendito, vénganos tu reino. En el medio de esa fiesta —escribió en sus diarios el escritor y diplomático Federico Gamboa— se dieron señales de protesta de grupos maderistas. Pero el mismo don Federico confiesa que se encargó de que los invitados extranjeros no las vieran.

    El día 16 se inauguró con gran pompa el Ángel en el Paseo de la Reforma. En realidad no es un ángel, sino una victoria alada, signo republicano consagrado a lo largo de los siglos XVIII y XIX. La erguida columna, diseñada por el arquitecto Antonio Rivas Mercado, tiene en su base representaciones de la Ley, la Justicia, la Guerra y la Paz. En el centro, una composición en bronce: un león inmenso guiado por un pequeño niño, que representa, según Rivas Mercado, "al pueblo, fuerte en la guerra y dócil en la paz". La estatua de Hidalgo fue colocada en la parte alta de la base de la columna, de cara a la ciudad, no a Chapultepec —entonces fin de la ciudad—; así, Hidalgo aparecía "recibiendo el homenaje de la Patria y de la Historia". También se colocaron estatuas de Morelos, Guerrero, Mina y Bravo. Ésta era, pues, la gran marca que el Centenario quería dejar para todos los Méxicos futuros.

    El 16 siguió un desfile militar a lo largo del Paseo de la Reforma y hasta el Palacio Nacional. Las celebraciones continuaron en septiembre. De gran relevancia fue la reinauguración de la Universidad Nacional que Justo Sierra había planificado a detalle, para lo que había mandado emisarios a las mejores universidades del mundo, con el fin de saber cómo modernizar y mejorar la educación superior en México.

    A fines de septiembre se colocó la primera piedra del nuevo Palacio Legislativo, diseñado por el arquitecto francés Émile Bénard. Asistieron los representantes extranjeros y el presidente Díaz. Para dejar huella del hecho, con la primera piedra se enterró una caja que contenía recuerdos de ese día. Siguió septiembre con un monumento a Pasteur y la ceremonia de entrega del uniforme de José María Morelos; Francia regresó las llaves de la Ciudad de México, las que le habían sido entregadas al mariscal Forey en junio de 1863 durante la Intervención francesa. El mes terminó con la llamada "apoteosis de los héroes": nada menos que un altar gigantesco construido en el patio principal del Palacio Nacional, con un águila inmensa en honor a los héroes "que nos dieron patria". Así terminó el Centenario.

    Para octubre de 1910, el país despertaba de una gran parranda, las grúas aún trabajaban en los edificios que no fueron terminados a tiempo, las calles estaban todavía llenas de carteles y decoraciones coloridas. El Ángel empezó su hundimiento —el muy pesado no se mantuvo quieto sobre el lodoso subsuelo de la ciudad—. Comenzaron a publicarse los libros y crónicas sobre el Centenario y antologías de todo tipo: literatura nacional, poetisas nacionales, nuevas interpretaciones históricas, álbumes de fotos y folletos de agradecimiento a todos los invitados internacionales. La gran fiesta había acabado y el país estaba sumido en los problemas de la elección presidencial de 1910. Para noviembre, el hijo de una de las más ricas familias porfirianas, Francisco I. Madero, daba por iniciado un movimiento que nadie creyó que llevaría a una revolución. Sin haberse disparado muchas balas, el 31 de mayo de 1911, Díaz abordaba el vapor Ipiranga rumbo al exilio del que nunca regresó. Nadie parecía acordarse del Centenario, pero...

    En la década de 1930, la carcasa de hierro del Palacio Legislativo fue convertida en un inmenso monumento a la Revolución, en concreto y con un estilo completamente diferente del diseño del arquitecto francés Émile Bénard, que tanto había fascinado a Díaz. En efecto, el mundo que el Centenario celebró, con sus mármoles neoclásicos, su prosa cursi y su "acatrinamiento", era ruina sobre la cual se construía el nuevo México. Y México había participado en ese gran cambio mundial con la primera gran revolución popular en una era de revoluciones. Pero para 1940 los planes porfirianos para la Ciudad de México habían sido resucitados por los nuevos gobiernos revolucionarios, y la ciudad seguía el camino planificado por los porfirianos. El Centenario estaba vivo todavía. Más aún, a lo largo del siglo XX y lo que va del XXI, El Ángel, del arquitecto Antonio Rivas Mercado ha servido de símbolo nacional al que vamos todos después de una de esas, si bien escasas, emocionantes victorias futboleras nacionales, o después de una elección presidencial. Ahí vamos porque El Ángel es la ciudad, la nación que todos aceptamos. Eso es lo que querían los porfirianos. Nunca sabremos qué hubiera pasado después de la Revolución si el arco triunfal en honor a Porfirio Díaz se hubiera construido. Quizá hubiera sido destruido. Acaso al rechazar la erección de tal monumento en su honor, el viejo sabía bien lo que hacía. Así, las oscuras tramas del Centenario tuvieron un éxito inesperado: hicieron del Paseo de la Reforma un delicado eje de una conflictiva historia nacional.


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