Francisco I.
Madero nació en Coahuila en una familia de algodoneros bastante ricos. Fue un
niño callado y enfermizo. Era bajo y tenía una gran cabeza. Un día, mientras
jugaba a la ouija, un espíritu le dijo que sería presidente de la República.
Francisco se tomó aquella profecía muy en serio.
El joven
Francisco estudió en los Estados Unidos y en Francia. Allá conoció la
importancia de la democracia estadunidense, se enamoró de las ideas francesas
sobre la igualdad entre los hombres y mejoró sus artes para comunicarse con los
espíritus. Luego volvió a México para administrar una de las haciendas de su
familia. Fundó escuelas, escribió en periódicos, se casó, modernizó la
agricultura de su región y hasta se dedicó por un tiempo a la medicina. Era un
hombre inquieto y apasionado. Poco a poco se fue interesando por la política y
acabó por convencerse de que allí podía encauzar su energía para cambiar las
cosas que no le gustaban de su país.
En ese
entonces México se encontraba en una tensa paz que daba la apariencia de orden
y progreso. Durante treinta años el general Porfirio Díaz había dirigido un
gobierno unipersonal y centralista. Las elecciones eran protocolarias y la
educación era deficiente. El país había sido pacificado después de numerosas
guerras y había progresado económicamente a costa de represiones y de una
enorme desigualdad social. El dictador finalmente había envejecido y el país
necesitaba con urgencia renovarse.
En 1908, Díaz
cometió un error que iba a costarle muy caro. En una entrevista con James
Creelman reconoció que el pueblo mexicano estaba al fin listo para elegir a sus
gobernantes sin el peligro de una revolución. Aquello fue como patear un
hormiguero. De pronto las opiniones del viejo general estaban en todos los
periódicos del país. Muchos pensaron que Díaz se estaba preparando para dejar
el poder, de modo que comenzaron a organizarse para participar en las
elecciones de 1910.
Madero no
creía que Díaz dejaría el poder sin más ni más. De cualquier modo, entendió que
había llegado el momento de cambiar en el país. Comenzó por escribir el libro
La sucesión presidencial en 1910, donde explicaba por qué era importante que el
país entrara pacíficamente en una nueva época de verdadera democracia. Opinaba
que era urgente mejorar la educación, terminar con el maltrato a los indios y a
los trabajadores, depender menos de los Estados Unidos y estar más cerca de los
países latinoamericanos. Al final de su libro, Madero hacía dos preguntas:
¿Estaba México verdaderamente preparado para la democracia? Madero pensaba que
sí. ¿Estaba el gobierno de Díaz dispuesto a tolerar que el país fuera
democrático? Madero temía que no. Por eso invitaba a todos los mexicanos a
unirse en un solo partido que tuviera como principios la libertad, el voto
libre y la no reelección.
La idea de
Madero era buena y urgente. Pero otros se le habían adelantado. Hombres
cercanos a Díaz también creían llegada su oportunidad para ocupar el lugar del
dictador y estaban trabajando para conseguirlo. Algunos políticos de ideas
liberales se unieron para formar el Partido Democrático y apoyar al general
Bernardo Reyes. Madero se interesó por ellos pero le preocupaba que estuvieran
tan divididos y que algunos de sus miembros fuesen demasiado cercanos al
gobierno como para lograr algo importante en las elecciones. Por su parte,
hombres aún más próximos a Díaz habían formado el Partido Reeleccionista. En
ese panorama parecía imposible que Madero alcanzara su sueño de que todos los
esfuerzos democráticos se unificaran en un solo partido capaz de terminar con
los deseos del dictador de perpetuarse en el poder.
Madero no se
dio por vencido. Pronto entendió que el Partido Democrático era débil y que
Díaz no tardaría en destruirlo. De modo que siguió trabajando: distribuyó su
libro, dio conferencias, escribió artículos en los periódicos, habló con
importantes personajes para convencerlos de que se unieran en un movimiento
nacional. Un día, el general Bernardo Reyes abandonó su lucha y salió del país.
Para entonces Madero estaba ya preparado para sorprender al dictador, que hasta
ese momento no le había dado mayor importancia. En mayo de 1909, Madero fundó
con sus compañeros el Centro Antirreeleccionista, que defendía los principios
democráticos e invitaba a otros grupos independientes a unírseles. Algunos
reyistas del Partido Democrático comenzaron a unirse a Madero. En junio fundó
un semanario llamado El Antirreeleccionista, dirigido por el joven José
Vasconcelos. Allí Madero publicó el manifiesto antirreeleccionista. Tres días
después comenzó una intensa campaña política para alcanzar el cambio
democrático en las elecciones del siguiente año.
Madero comenzó
su campaña en Veracruz, donde no le fue muy bien. Las cosas mejoraron cuando
llegó a Yucatán, donde conoció a José María Pino Suárez, quien compartía sus
ideas y que había de seguirlo hasta la muerte. Juntos alzaron el vuelo en
Yucatán, Campeche y Tabasco, donde consiguió el apoyo de numerosos liberales e
instaló con ellos varios clubes antirreeleccionistas Siguió cosechando éxitos
en Tampico y Monterrey. En Coahuila se le unieron más reyistas desilusionados y
muchos liberales entusiasmados con la noticia de que la campaña del Partido
Reeleccionista había fracasado en Guadalajara.
Las cosas
habían empezado bien pero iban a complicarse. El partido se estaba quedando sin
fondos y el gobierno había comenzado a arrestar a muchos de sus miembros.
Algunos comenzaban a pensar que sería mejor iniciar una lucha armada. Madero
tuvo que gastar su dinero en el financiamiento de la campaña para convencer a
sus compañeros de que el cambio democrático aún podía obtenerse sin violencia.
Aquel verano Madero cayó enfermo y fue a curarse a Tehuacán. Cinco semanas
después reinició su campaña. Cada vez lo recibían mayores multitudes y se
instalaban en el país más clubes antirreeleccionistas. En la misma medida
crecían los obstáculos que le ponían las autoridades locales.
Madero pasó la
Navidad de 1909 en Guadalajara, donde lo recibieron cinco mil personas. Pasó
después por Colima y Sinaloa. En Sonora convenció a los yaquis de apoyar su
causa. Era evidente que su movimiento estaba creciendo a una velocidad
inesperada. En Hermosillo, Madero enfrentó una fuerte oposición oficial. Ante
el rumor de que pensaban asesinarlo, pasó a los Estados Unidos. Más tarde
volvió a México para terminar esa parte de su gira en Parral, donde el
entusiasmo era tan grande que los comerciantes declararon feriado el día de la
reunión.

Madero regresó
a su hacienda después de hablar con una multitud en Torreón. Aunque estaba
exhausto no tardó en continuar sus viajes por Durango, Zacatecas, San Luis
Potosí y Guanajuato. Los éxitos y las persecuciones continuaron. En cada plaza
Madero insistía en que su propósito era fortalecer la democracia en México, lo
cual sólo sería el principio para alcanzar objetivos más trascendentes. El tiempo
se estaba agotando. Faltaba poco para la convención donde el Partido
Antirreeleccionista elegiría a sus candidatos para las elecciones. A Madero le
preocupaba que se tomara a su movimiento como un movimiento revolucionario.
Creía aún que la democracia podía conseguirse pacíficamente. Por eso decidió
invitar al doctor Vázquez Gómez, que había sido médico de cabecera de Díaz, a
que se postulara como candidato a la vicepresidencia por el Partido
Antirreeleccionista. En Guanajuato, Madero dio por terminada la segunda parte
de su gira, la cual prometió reiniciar después de la convención.
La convención
del Partido Antirreeleccionista tuvo lugar en abril de 1910. Para entonces,
Madero comenzaba a perder la esperanza de que Díaz se dejara convencer para
apoyar una transición pacífica. Poco antes de la convención, un juez de
Saltillo ordenó arrestar a Madero, contra quien había una denuncia por robo. La
acción no prosperó y sólo sirvió para acrecentar la popularidad de Madero. En
la convención, Madero ganó la designación con amplio margen. Fortalecido,
aceptó entrevistarse en privado con Díaz, lo cual no gustó mucho a sus
seguidores más radicales. El encuentro fue inútil: Madero sólo se encontró con
un viejo insultante y autoritario. Aunque era menos fuerte de lo que parecía,
Díaz no dejaría el poder. Quizá sólo con una revolución se alcanzaría la
libertad del país. Cuando le preguntaron sus impresiones, Madero expresó
algunas esperanzas y muchas preocupaciones. "Porfirio no es gallo —dijo—. Sin
embargo, habrá que iniciar la revolución para derrocarlo. Pero después, ¿quién
la detendrá?"
Estas
declaraciones sembraron esperanzas en los miembros del partido que ya no creían
en el cambio pacífico. Pero Madero seguía cambiando de opinión, expresando
temores y convicciones contradictorias, anunciando que no sería capaz de
controlar las consecuencias de lo que pasaría si el gobierno no respetaba el
proceso electoral.
En esas
circunstancias, Madero reinicia su campaña. Vuelve a Jalisco, visita industrias
en Puebla, Tlaxcala y Veracruz. A pesar de sus contradicciones, su popularidad
ahora es inaudita. En Guadalajara lo aplauden diez mil seguidores; en Puebla lo
reciben veinticinco mil personas. Aquello parece una marcha triunfal. Cada vez
más alarmado, el gobierno insiste en las persecuciones. A su regreso a la
capital, Madero escribe a Díaz una carta en la que se queja de la represión y
responsabiliza al dictador de lo que pueda ocurrir, pues siente que no será
capaz de contener la ira de sus seguidores si la represión continúa.
Aquella carta
ayudó a poner en guardia a las autoridades y les dio elementos para detener al
candidato a cualquier costa. En la capital, los seguidores de Madero se cuentan
ya por miles. Lo llaman el Apóstol de la Democracia. En la última parte de su
campaña, Madero visita el norte. Va a San Luis y a Saltillo, donde parece que
toda la población ha decidido seguirlo. El gobierno entonces intenta detener a
Roque Estrada, uno de sus más cercanos colaboradores. Estrada consigue escapar
pero Madero es arrestado acusado de proteger al fugitivo. Al día siguiente,
Estrada se entrega a las autoridades esperando que Madero sea liberado. Pero
los cargos contra Madero han cambiado: ahora se le acusa de fomentar una
rebelión y de insultar a las autoridades, incluso al presidente.
El arresto de
Madero fue un gran error político del gobierno porfiriano, pues sólo consiguió
aumentar la simpatía general hacia el líder antirreeleccionista. Madero estaba
consciente de ello y desde su cautiverio publicó una carta abierta a Díaz. Una
vez más le hacía saber que mientras los independientes cumplían con la ley, el
gobierno la violaba. Por lo menos cinco mil de sus seguidores estaban
encarcelados el día de las elecciones. En esta atmósfera opresiva ocurrieron
los primeros incidentes violentos.
El Círculo
Nacional Porfirista intentó todavía proponer a Madero un convenio que evitase
un conflicto armado. Pero para entonces Madero había comenzado a discutir
seriamente los planes para una posible rebelión armada.
El 21 de junio
de 1910 se celebraron las elecciones primarias mientras Madero era trasladado a
San Luis Potosí. El 8 de julio, las elecciones secundarias reafirmaron
oficialmente el triunfo de los reeleccionistas. Cautivo en la ciudad aunque con
libertad para seguir maniobrando, Madero decidió iniciar un levantamiento para
el día 14 de ese mes. Sin embargo, la falta de organización y de recursos, y el
hecho de que el jefe reconocido del movimiento estuviera en prisión hicieron
que el plan fuese postergado.
Como último
recurso legal, el Partido Antirreeleccionista protestó la elección frente al
Congreso Federal. El Comité Electoral les ordenó reunir evidencias sobre las
irregularidades de la elección, lo cual hicieron en el mes de septiembre
mientras el país celebraba las fiestas del Centenario de la Independencia. Los
fuegos artificiales ocultaron el desastre que se gestaba a la sombra de las
celebraciones. El 23 de septiembre, una manifestación a favor de las demandas
presentadas en el Congreso fue disuelta por la policía. El 4 de octubre Díaz
fue declarado reelecto.
No había
marcha atrás. Madero supo que había llegado el momento de escapar de San Luis
Potosí y promover la lucha armada. Pasó la noche del 5 de octubre en las
habitaciones de su empleado, Julio Peña. Al día siguiente se dirigió a la
estación de ferrocarril disfrazado de mecánico. Salió al amanecer hacia la
estación de Peñasco, cerca de San Luis. A las ocho de la mañana, un agente lo
escondía en un tren que lo llevaría hacia el norte. De allí pasaría a los
Estados Unidos, donde por fin comenzaría a gestarse el levantamiento armado.