Es habitual que las historias nacionales cuenten guerras, actos heroicos o la escritura de constituciones. Pero pocas son como la mexicana: una historia que ha hecho de una entrevista un pasaje que ha de narrarse una y otra vez. Se trata de la entrevista otorgada a fines de 1907 por el entonces presidente mexicano, Porfirio Díaz, al periodista James Creelman, publicada en Nueva York en marzo de 1908 en la revista Pearson’s Magazine ("El Presidente Díaz: Héroe de las Américas"). Poco después, extractos de la entrevista fueron traducidos al español y publicados en México por el periódico El Imparcial, un diario adicto al régimen. Se sabe lo que dijo Díaz gracias a la traducción al inglés, no por la transcripción de las frases exactas del añoso general, que nunca habló tal lengua. Sea como sea, unas cuantas frases, soltadas entre las casi cincuenta páginas de la entrevista, causaron revuelo en México entre 1908 y 1910. Y desde entonces la entrevista ha sido historia nacional como pocos hechos.
Éstas eran las frases: "No importa lo que digan mis amigos y mis seguidores, me retiro cuando finalice mi presente periodo presidencial y no serviré otra vez. Tendré ochenta años entonces". Se refería a la elección de 1910, y añadía: "doy por bienvenido un partido de oposición en la República Mexicana; si aparece, lo consideraré una bendición, no un mal. Y si puede adquirir poder, no para explotar sino para gobernar, estaré a su lado, lo apoyaré, lo aconsejaré y me olvidaré de mí mismo en la inauguración exitosa de un gobierno completamente democrático en el país". El resto es historia: la aparición del libro de Francisco I. Madero (La sucesión presidencial de 1910), publicado también en 1908, la contienda electoral de 1910, el levantamiento de Madero, la Revolución mexicana. Ésta es, pues, la entrevista que hizo historia. ¿Cuál es la historia de la entrevista?
Una historia mexicana
Dos personajes forman esta escena de la historia nacional: James Creelman y Porfirio Díaz. El escenario fue puesto por una revista de amplia circulación, Pearson’s Magazine, de origen inglés, pero que a partir de 1899 empezó a ser publicada en Nueva York. James Creelman nació en Canadá, pero hizo su carrera de periodista en Nueva York, muy ligado al nuevo tipo de periodismo de investigación que se había vuelto popular en los Estados Unidos a fines del siglo XIX. Muy joven se ligó a los círculos del Partido Republicano, el cual fue transformado, primero en Nueva York y luego en el país entero, por uno de los políticos más importantes de la historia de los Estados Unidos, Theodore Roosevelt. No se comprende la famosa entrevista sin este dato: Creelman fue uno los cronistas y seguidores de la transformación "Roosevelt" del republicanismo estadunidense.
En la política estadunidense, Roosevelt personificaba dos importantes impulsos políticos de principios del siglo XX: el primero, dar rienda suelta a los Estados Unidos como potencia imperial mundial —en competencia sobre todo con España, Inglaterra, Francia, Alemania, Rusia y Japón—; y el segundo, fortalecer al gobierno federal ante los estados y, sobre todo, ante el poderío de las grandes compañías surgidas a lo largo de la segunda mitad del XIX (fortunas hechas con el petróleo, los ferrocarriles, las cadenas comerciales, la minería y la industria). En esos años los Estados Unidos se embarcaron en la guerra con España (1898), la cual llevó a la ocupación estadunidense de Cuba, Puerto Rico y las Filipinas. Este republicanismo, además, ostentaba una nada sutil superioridad racial: la de los "orígenes anglosajones" de la democracia estadunidense. En fin, en 1908 este republicanismo era popular y había tenido éxitos imperiales. Creelman había sido el reportero encargado de contar estos triunfos en Cuba, en Filipinas y en el Pacífico. Y como tal había dado noticia tanto de las victorias militares estadunidenses como de la inferioridad de las razas derrotadas.
Para 1908, el otro protagonista de la entrevista, Porfirio Díaz, ya no semejaba el caudillo oaxaqueño que había llegado al poder en 1875 mediante un golpe de Estado. Para propios y extraños, Díaz había adquirido perfil de estadista, de hombre de Estado, aunque hubiera renegado del lema que lo llevó al poder ("no reelección").
Hasta donde es posible saber, Creelman fue llamado por Porfirio Díaz, acaso por intermediación del poderoso empresario y político de Chihuahua, Enrique Creel, buen conocedor de los Estados Unidos. Díaz esperaba que Creelman no sólo le hiciera una entrevista, sino que, para mejorar su imagen internacional, escribiera un libro en inglés dedicado al progreso de México. Por eso, la famosa entrevista fue mucho más que eso: un larguísimo ensayo, en parte entrevista, análisis racial de los mexicanos, reporte del progreso de México, ensayo fotográfico, y conformó un libro de 442 páginas, con doce fotografías, publicado en 1911 en Nueva York y Londres con el título Díaz, Master of Mexico (algo así como "Díaz, el amo o el domador o el educador de México").
¿Rostros o cráneos?
La entrevista comenzaba con una composición fotográfica que mostraba uno de los primeros automóviles al lado de una recua cargada de leña. "El encuentro de dos civilizaciones en el México de hoy", rezaba la leyenda al pie de la fotografía. Y éste era el tono antropológico de todo el largo ensayo; es decir, un detallado reporte de cómo en México se daba el encuentro de la modernidad con la tradición, de las razas inferiores con las razas superiores, de la barbarie y la civilización. Díaz resultaba así la personificación de la mezcla racial aceptable, en una época en que el matrimonio entre distintas razas estaba prohibido en gran parte del territorio estadunidense.
La idea de Díaz como mezcla racial aceptable también representaba una manera de depositar un laurel en la figura mundial de Porfirio Díaz: no era un semidiós o un semisanto, sino un híbrido racial capaz de amansar la naturaleza salvaje de los mexicanos. Por eso, como ha mostrado Claudio Lomnitz, el ensayo de Creelman incluía largas descripciones del cráneo, el rostro, los ojos, la quijada, el bigote o las manos del dictador, así como el perfil racial de los mexicanos y la naturaleza indomable del paisaje mexicano. Así, para Creelman, Díaz era la mezcla del "mixteco primitivo" y del "español invasor". La mano de hierro de Díaz, decía Creelman, "ha convertido a las conflictivas, supersticiosas y empobrecidas masas de México, oprimidas por siglos de crueldad y avaricia españolas, en una nación fuerte, estable, pacífica, pagadora de sus deudas y amante del progreso". Díaz, por supuesto, no se oponía a la caracterización, pero daba una de cal por otra de arena: para el viejo presidente, en efecto, México no era democrático, pero ello no constituía un problema de raza sino de educación. Creelman no tenía empacho en preguntar: "¿Usted cree que la vasta población india de México es capaz de un alto desarrollo?" Y Díaz daba una respuesta tan racial como la pregunta de Creelman, pero también una respuesta política: el problema no eran los indios, sino los indios que eran sus enemigos:
Lo creo [que la población indígena es capaz de un alto desarrollo.] Los indios son bondadosos y agradecidos, todos excepto los yaquis y algunos mayas. Poseen las tradiciones de su antigua civilización. Se cuentan entre los abogados, ingenieros, doctores, miliares y otros profesionales.
El viejo dictador compartía a su manera los prejuicios de Creelman, aunque él tenía su propia agenda.

¿Las elecciones de México en 1910
o las de los Estados Unidos en 1908?
El ensayo de Creelman fue un "te digo, Juan, para que me entiendas, Pedro" a cuatro manos: Díaz le hablaba a México a través de los Estados Unidos y Creelman hablaba de México para hablar de los Estados Unidos. Fue el espejo mexicano ante el cual se veía a sí misma la facción republicana que deseaba la reelección de Roosevelt en 1908.
Para 1908, el republicanismo de Teddy Roosevelt enfrentaba un gran reto: Roosevelt había sido reelegido en 1904 bajo la promesa personal de que no volvería a competir por la presidencia en 1908. Pero en 1908 Roosevelt era popular como pocos debido a sus éxitos imperiales y por sus leyes en contra de los monopolios económicos. Durante los primeros meses de 1908, cuando la entrevista fue publicada, aún era incierto si Roosevelt cedería a la tentación de reelegirse. Y es en este tenor como debe entenderse el viaje de Creelman a México para entrevistar al maestro de las promesas de no reelección rotas.
El ensayo de Creelman, así, fue una metáfora poco sutil: vean a un héroe que sabe de esto de las reelecciones y cree que el hombre de Estado ha de sacrificar su propia voluntad ante la del pueblo. Creelman transcribía lo dicho por Díaz: "Las teorías abstractas de la democracia y su aplicación práctica son con frecuencia necesariamente diferentes". Es decir, Creelman y Díaz decían a coro, para México y para los Estados Unidos, ¿por qué tanto apego a la teoría, por qué tanta tirria contra las reelecciones si son a veces lo mejor para las naciones? Utilizando los paralelos Díaz-Roosevelt establecidos por Creelman, Díaz hizo de la entrevista la justificación de sus reelecciones. Díaz respondía apoyando la reelección del popular presidente estadunidense, a la vez que criticaba los intereses del país del norte que afectaban también a México:
No alcanzo a ver ninguna buena razón para que el presidente Roosevelt no sea reelegido otra vez si la mayoría del pueblo americano desea que continúe en la presidencia [...] Veo en los monopolios al verdadero poder de los Estados Unidos, y el presidente Roosevelt ha tenido el patriotismo y el coraje de desafiarlos. La humanidad entiende el significado de esta actitud y su importancia para el futuro. El presidente Roosevelt se levanta ante el mundo como el estadista cuyas victorias han sido victorias morales.
Así, Creelman cumplía su agenda, pero al mismo tiempo daba espacio a la de Díaz, que era la de hacer ver a Roosevelt los peligros que podría causar la actitud imperialista y la avaricia de las compañías estadunidenses.
No hay que creerle ni a Creelman ni a Díaz. El viejo cedió a los intereses estadunidenses más de lo que da a entender, pero también temía al expansionismo de éstos, y con la entrevista trataba de lograr una buena y respetuosa relación con Roosevelt. No sorprende, pues, que al renunciar Roosevelt a la reelección y nombrar a William Howard Taft como su candidato en el Partido Republicano, lo primero que hicieron Taft (no obstante su peso de casi 200 kilos) y Díaz (no obstante su edad) fue viajar hasta El Paso y Ciudad Juárez para encontrarse. Esto era sellar la difícil relación que la entrevista había dejado entrever.
¿Error, falsa promesa, causa de la revolución
o Díaz tan Porfirio como siempre?
¿Por qué prometió Díaz dejar el poder? ¿Por qué no cumplió su promesa? Éstas son las dos preguntas recurrentes que la historia nacional le hace a la entrevista Díaz-Creelman. Ha habido varias respuestas. Imposible saber con exactitud por qué dijo lo que dijo. Sin embargo, leída con cuidado, la propia entrevista revela algunas claves para entender por qué Díaz se aventuró a decir algo tan arriesgado para su propio régimen. Primero, en la entrevista Díaz menciona varias veces su edad, setenta y siete años. Segundo, su convicción de estar viejo se mezcla con sus referencias a la preocupación de lo que pasaría con la clase política cuando él no estuviera. Claramente lo dice: "Quiero estar vivo para ayudar a mi sucesor". Y, finalmente, Díaz utiliza la entrevista en inglés —muy importante— como una suerte de testamento político, en el cual pone en claro sus ideas y su práctica políticas para que las entiendan México y el mundo.
Así, Díaz explicaba por qué había mantenido todas las instituciones de una república democrática durante treinta años, aunque aceptaba que no funcionaban democráticamente:
Preservamos la forma de gobierno republicano y democrático. Defendimos la teoría y la mantuvimos intacta. Sin embargo, adoptamos una política paternalista [patriarchal, en inglés, aunque es poco probable que Díaz haya usado este término] en nuestra administración de los asuntos de la nación. Guiando y restringiendo las tendencias populares con una fe firme en que una paz impuesta permitiría a la educación, a la industria y al comercio desarrollar elementos de estabilidad y unidad en un pueblo por naturaleza inteligente, bondadoso y entrañable.
Su testamento político no ocultaba nada, lo decía con todas sus letras: su gobierno había sido duro, "duro hasta el extremo de la crueldad". Hablando en 1908, decía que los resultados habían justificado la "poca sangre derramada y mala" al contrario de lo que hubiera significado mucha sangre regada y buena. Esta visión de la política lo llevaba a concluir en 1908 que la paciente espera había dado sus frutos: el pueblo mexicano estaba preparado para elegir su gobierno.
De esta forma, pues, la entrevista no representaba una simple fachada democrática, sino una explicación histórica y política de la falta de democracia, al mismo tiempo que, en vista de su edad y del progreso de la nación, era un llamado a inaugurar una nueva política en el país.
La entrevista, en suma, puede ser vista como un documento que muestra cómo una clase política se daba cuenta de que sus propios éxitos habían aumentado la demanda de acceso al poder por parte de diversas élites; élites también al tanto de las presiones sociales y de la edad del dictador. Es decir, en la entrevista fue "Díaz como siempre", el Bismarck mexicano haciendo lo que hizo todo el tiempo: que sus gallos mostraran las plumas, no para imponer todo su poder, sino para, como siempre, mantener al Estado, sancionando los poderes constituidos pero que no son visibles hasta que se pavonean; poderes que el dictador estaba dispuesto a sancionar, controlar o eliminar dependiendo del balance de fuerzas, de la capacidad de esos poderes para ser aceptados en el plano local y nacional, manteniendo así el Estado que Díaz había creado, en vista de su edad, los peligros de la inestabilidad ante un vecino como los Estados Unidos, y el despertar del león, como llamaba Díaz a la reacción popular.
A lo largo de 1908 y hasta 1910, Díaz se negó a hablar más sobre la entrevista. Como mostró el historiador Eduardo Blanquel, Díaz le dio vueltas al asunto cada vez que se le preguntaba sobre el tema (decía que sólo había sido "un simple deseo personal"). Los porfiristas acérrimos expresaban en debates parlamentarios y en periódicos su miedo a la salida de Díaz. Madero, en La sucesión presidencial de 1910, o Molina Enríquez, en Los grandes problemas nacionales (1909), rendían honores al dictador pero lo llamaban a cumplir su palabra. En privado, gente muy cercana a Díaz, como Justo Sierra, le pedía cumplir su promesa. Nunca sabremos qué pasó, las negociaciones se hicieron tras bambalinas.
Pero, en esencia, lo que Díaz hizo con la entrevista acaso funcionó: los gallos sacaron las plumas y se alinearon reyistas, maderistas y científicos. Díaz concluyó que la cosa tenía que ser más gradual. No se iría, se reelegiría, pero la clave estaba en la selección del vicepresidente, la cual daría la señal de cuál grupo había ganado. Lo que siguió fue muestra del pacto logrado: Reyes obedece, ha perdido, se va a Japón enviado por Díaz; los reyistas ofrecen obediencia, pero nunca sabremos qué se le garantizó al general Reyes. Quedó claro que la transición al Porfiriato sin Díaz —que era lo que estaba en juego— la comandarían "los científicos", especialmente el vicepresidente Corral y el ministro de finanzas, Limantour. Todos sabían lo improbable que era que Díaz terminara su mandato en 1914. Pacto logrado, y ni siquiera el maderismo era un problema serio para fines de 1910. Se manejó todo entre familias, se respetó la vida de Panchito —como llamaba "la gente bien" a Francisco I. Madero—. Del pacto se esperaba una leve apertura pacífica del sistema político. Las cosas cambiaron con la toma de Ciudad Juárez, pero eso es harina de otro costal.
En suma, bien vista, la entrevista Díaz-Creelman merece su lugar en la historia mexicana, que es por fuerza —la entrevista lo atestigua— también estadunidense. Fue algo más que las promesas incumplidas de un dictador que dieron origen a la revolución mexicana. Fue el patriarca, ante el ocaso, moviendo sus fichas en el tablero no sólo de la indecorosa política de cada día, sino también en el tablero de la historia.