Despierten ya,
mexicanos,
los que no han
podido ver,
que andan
derramando sangre
por subir a
otro al poder.
¡Pobre nación
mexicana!
Qué mala ha
sido tu suerte;
tus hijos
todavía quieren
más en la
desgracia verte.
Corrido
popular
Cinco años
después del 20 de noviembre de 1910, que hoy celebramos como el Día de la
Revolución, el país proseguía en guerra. Comenzaba abril cuando se enfrentaron
entre sí en el Bajío, región del centro de México que abarca las fértiles
llanuras de Guanajuato, Querétaro, Michoacán, Aguascalientes, Zacatecas y
Jalisco, grupos que habían combatido unidos para derrocar a los dictadores
Porfirio Díaz y Victoriano Huerta.
¿Qué sucedió?
¿Por qué terminaron de tan triste modo quienes habían sido compañeros de
batalla? La historia es complicada. Si hubiera una película sobre la Revolución
mexicana, tendríamos que verla varias veces y detenerla en los momentos clave
para comprender esa historia. Así podríamos analizar a varias figuras
principales:
Venustiano
Carranza, el barbón de lentecitos, tomó el mando de los inconformes, luego de
que Victoriano Huerta asesinara a traición al presidente Madero y, sin
elecciones de por medio, se adueñara del poder. El golpe resultaba inadmisible
para la mayoría de los revolucionarios. No se había derramado la sangre de
miles de mexicanos para encumbrar a una nueva tiranía. Los representantes de
las diversas corrientes se dieron cita para elaborar el llamado Plan de
Guadalupe. En él quedó fundado el Ejército Constitucionalista, del que Carranza
sería primer jefe, no tanto en términos militares como civiles.
En este
panorama había varios bigotones importantes. Uno de ellos era Álvaro Obregón,
agricultor de oficio que pronto dejó demostrado su gran talento para la guerra.
Encargado de guiar a las tropas en el noroeste, Sonora, Sinaloa, Nayarit,
Colima, Jalisco, se llevaba las palmas en todas las batallas y, con el tiempo,
habría de tener un papel protagónico en la historia de nuestro país.
Pancho Villa,
quien no se quedaba atrás en valor y astucia; era jefe de la División del Norte
y tenía un viejo pendiente personal con Huerta, quien estuvo a punto de
ajusticiarlo a causa de una yegua robada que Villa se negó a devolver.
Impidieron el fusilamiento los hermanos de Madero, pero la enemistad quedó
sellada desde entonces.
El afán de
Villa de cumplir solamente su santa voluntad acabó acarreándole problemas hasta
con don Venustiano. Resulta que ante la dificultad del Ejército
Constitucionalista de tomar Zacatecas, Carranza le ordenó enviar cinco mil
hombres a combatir bajo el mando de otro general. Lejos de obedecer, Villa
reunió a la División del Norte y, montado en su yegua Siete Leguas, se dispuso
a tomar él mismo la ciudad, lo que logró luego de una feroz contienda.
¡Ay, hermoso
Zacatecas!
Mira cómo te
han dejado:
la causa fue
el viejo Huerta
y tanto rico
allegado.
Aunque el
triunfo era favorable a la revolución, el desacato disgustó a Carranza, quien
llamó la atención del impetuoso caudillo. Tal fue el primer paso de la
separación que se daría luego entre ellos.
Emiliano
Zapata, al frente del Ejército Libertador del Sur, combatía también contra
Huerta pero en forma desligada de los constitucionalistas. Se había distanciado
de Madero por la tardanza en el prometido reparto de tierras, interés
fundamental del movimiento zapatista de entonces. Huerta no sólo reprimía a
estos rebeldes con particular crueldad, sino que trasladaba a sus familias a campos
de prisioneros. Sin embargo, a pesar de la saña del enemigo y de la escasez de
armas y municiones, el Ejército Libertador obtuvo enorme influencia en los
estados de Morelos, Guerrero, Puebla, el Estado de México y algunos puntos del
Distrito Federal.
Ya conocen mi
bandera,
muy sencillo
es mi programa,
tierra,
libertad y escuelas,
el campesino
reclama.
Y si acaso no
cumplimos
lo que ya se
prometió,
se irá de
nuevo a las armas,
otra vez la
rebelión.
Bajo la
presión de estos y otros bravos combatientes, como Pablo González, quien al
mando del Ejército del Noreste venció a los federales en Nuevo León, Coahuila y
Tamaulipas, Huerta tuvo que admitir que había fracasado y renunció.
Las tropas de
Obregón entraron en la Ciudad de México y Carranza quedó como encargado del
Poder Ejecutivo, mientras se organizaban las elecciones que darían a nuestro
país un nuevo presidente. Sin embargo, Villa y Zapata no estuvieron de acuerdo
con la propuesta.

El primer jefe
comprendió que era fundamental reconciliarse con ellos. Envió a Obregón a
Chihuahua para que convenciera a Villa de llegar a un acuerdo de paz. El
resultado fue que el viaje por poco le cuesta la vida al mensajero. Algún
detalle desató uno de los arranques de furia que caracterizaban al Centauro del
Norte y ya quería fusilar a Álvaro Obregón. Por suerte, la gente pudo
tranquilizar a Villa, pero el asunto significó un segundo paso hacia la
ruptura.
Casi lo mismo
sucedió con Zapata. Los ilustres representantes que partieron a Cuernavaca para
negociar con el Ejército Libertador regresaron sin mayor fruto. Los zapatistas
deseaban cumplir el Plan de Ayala, proclamado desde 1911, que urgía a la
recuperación de las tierras arrebatadas al pueblo por caciques y
terratenientes, y ya no guardaban esperanza de ayuda por parte de los
constitucionalistas.
En octubre de
1914 se realizó la Convención de Aguascalientes, a la que después de
incontables discusiones accedieron a asistir las tres corrientes básicas del
movimiento revolucionario. Con predominio de los villistas, encabezados por
Felipe Ángeles, la Convención no sólo aprobó el Plan de Ayala sino que designó
a Eulalio Gutiérrez como presidente interino de la nación.
Carranza no
reconoció a la autoridad elegida, con lo que Gutiérrez, en principio neutral,
no tuvo más remedio que entregarse al poderío de Villa, al punto de nombrarlo
jefe de los Ejércitos de la Convención. Don Venustiano partió hacia Veracruz,
al tiempo que cincuenta mil convencionistas, con Villa y Zapata al frente,
entraban en la capital.
Villa, Ángeles
y Zapata,
los tres
reunidos vendrán
a gobernar
este pueblo
y a darle la
dicha y paz.
Sin embargo,
Gutiérrez no tenía la fuerza necesaria para gobernar un país en tan difíciles
condiciones y pronto fue sucedido, también por muy corto tiempo, por el
villista Roque González Garza. El pueblo se encontraba sumergido en el caos y
la miseria. La guerra entre quienes antes fueran correligionarios estalló en
distintos puntos del país.
La Convención
se disolvió poco a poco. Los villistas se dirigieron al norte, los zapatistas
al sur, y Obregón se dedicó a organizar un nuevo ejército constitucionalista
que tomó rumbo al Bajío. Se decía al comienzo que fue en abril de 1915 cuando
se dieron las batallas definitivas. Las fuerzas constitucionalistas eran la
mitad de numerosas que las de Villa, pero se hallaban bien armadas y Obregón
resplandecía como estratega.
Los
combatientes de ambos bandos mostraron total entrega. Por momentos parecían
ganar unos pero luego los otros aventajaban. La primera batalla, acontecida en
la ranchería El Guaje, del municipio de Pénjamo, parecía perdida para las
tropas de Obregón. Sin embargo, se retiraron a tiempo para reorganizarse en
Celaya. Los villistas, confiados en exceso, llegaron a dicha ciudad sin mayor
plan, y así fueron sorprendidos, según el historiador Luis Garfias, por un muro
de fuego preparado por el enemigo.
Obregón es
conocido como el Héroe de Celaya por las victorias obtenidas en las dos
batallas que ahí se libraron, las de mayor dimensión en la historia de América,
exceptuando las de la guerra civil estadunidense. Villa, sin embargo, nunca se
daría por vencido. Aunque miles de sus hombres cambiaron de bando al reconocer
que el villismo no tenía futuro, él continuó peleando en Silao y luego en León,
en cuyas cercanías logró que un cañonazo diera justo en el blanco: Obregón
perdió una mano —que luego se haría famosa al ser exhibida en un frasco de
formol— y quedó herido de gravedad.
Pero por
valiente que sea un general, no es insustituible. En especial si hablamos de
ejércitos como los que rivalizaban entonces. Benjamín Hill tomó el mando de los
constitucionalistas y decidió atacar la ciudad de León. Los villistas opusieron
bravísima resistencia, pero gracias, en buena parte, a la inteligencia militar
del general Francisco Murguía, fueron derrotados de nuevo.
Y como si no
bastaran tantos azotes, en cuanto Obregón estuvo repuesto, avanzó hacia
Aguascalientes, donde Villa intentaba reorganizar a sus mermadas tropas, y dio
al enemigo la estocada final.
Pancho Villa
se iría al norte, seguido por unos cuantos hombres, mientras Carranza ordenaba
a Pablo González que combatiera a las tropas de Zapata, que aún ocupaban la
capital. El 2 de agosto de 1915, los constitucionalistas encabezados por
Venustiano Carranza entraron triunfantes en la Ciudad de México.
Muchas cosas
habrían de suceder antes de que nuestro país alcanzara la paz. Sin embargo, las
batallas del Bajío resultaron decisivas para el destino del país, pues aunque
la Revolución logró grandes avances en el terreno de las leyes, los anhelos de
justicia que motivaron a Villa, a Zapata y a miles de mexicanos, siguen
pendientes.
Ya con ésta me
despido
por no ser
inconsecuente
que tengan
niñas y niños
estas batallas
presentes.
Las vivieron
los abuelos,
tiempos de
revolución,
tanta lucha y
tanto duelo
han de
dejarnos lección.