Una historia
que se antoja digna de una novela de espías es la que rodea al famoso telegrama
Zimmermann, del que sin embargo rara vez se habla en las clases de historia de
la escuela.
En 1916, la
Revolución mexicana aún estaba lejos de apaciguarse. Para ese momento
Venustiano Carranza era el presidente de nuestro país. Grupos rebeldes
encabezados por revolucionarios como Francisco Pancho Villa y Emiliano Zapata
seguían combatiendo por todo el territorio mexicano, como lo habían venido
haciendo desde 1910.
Al otro lado
del océano, las cosas no parecían más sencillas. Al contrario, el llamado Viejo
Continente estaba envuelto en una guerra sangrienta desde 1914.
La tensión
política en Europa había crispado los ánimos de tal modo que el asesinato en
Sarajevo del príncipe Francisco Fernando de Austria, heredero del trono del
Imperio austrohúngaro (hoy desaparecido, pero que en aquel tiempo era una
potencia mundial y que, como su nombre indica, abarcaba Austria y Hungría así
como Yugoslavia y la antigua Checoslovaquia, entre otros), desató una serie de
declaraciones de guerra en las que pronto se vieron implicadas prácticamente
todas las naciones europeas.
Así, por un
lado combatían Francia e Inglaterra aliadas con Rusia (cuando aún era un imperio,
antes de la revolución bolchevique de 1917), y por el otro las llamadas
potencias centrales, conformadas por Alemania, Austrohungría, el Imperio
otomano (la actual Turquía) y Bulgaria.
Después de dos
años de hostilidades, ambos bandos estaban desgastados. Los Estados Unidos se
habían mantenido al margen de la guerra. Muchos observadores pensaban que sólo
esperaban el momento propicio para intervenir del lado de los aliados y rematar
al otro bando.
El káiser
Guillermo II de Alemania y sus asesores militares buscaban desesperados alguna
estratagema para debilitar a los estadunidenses antes de que enviaran sus
tropas al frente europeo. La respuesta parecía ser promover una alianza con
México para iniciar una guerra desde el sur que debilitara a las tropas
estadunidenses en favor de las potencias centrales.
Sin embargo,
lo que en teoría sonaba como una gran idea se complicaba demasiado a la hora de
llevarse a la práctica. Concretamente, los alemanes no estaban muy seguros de
quién era el líder mexicano al que debían contactar.
Por un lado,
el presidente Carranza, que había derrocado a Victoriano Huerta —quien
traicionó a Francisco I. Madero—, parecía muy ocupado en pacificar al país y
dotarlo de una nueva constitución. Por otro lado, Villa había pasado de ser un
rebelde revolucionario a un bandolero perseguido por la ley, mientras que
Huerta vivía exiliado en Barcelona, rumiando con amargura su derrota.
Fue
precisamente Victoriano Huerta a quien los agentes secretos alemanes buscaron
primero. Enviaron una delegación a su casa en Barcelona para ofrecerle una
alianza militar que le ayudara a vencer a Carranza para aliarse después con los
alemanes contra los estadunidenses.
Huerta aceptó
gustoso y no tardó en embarcarse hacia Nueva York con el pretexto de visitar la
Feria Mundial de San Francisco, ciudad a la que habría de llegar por tren.
Desde el principio los espías estadunidenses e ingleses vieron con desconfianza
el viaje de Huerta. Sus sospechas fueron confirmadas cuando el ex dictador se
desvió en Kansas City hacia a El Paso, Texas, con la intención de cruzar la
frontera y rearmar a su ejército apoyado por los alemanes.
Los planes
alemanes se vieron frustrados cuando Huerta fue arrestado por el servicio
secreto estadunidense antes de cruzar la frontera. Pese a sus protestas, fue
encarcelado. Los estadunidenses intentaron disuadirlo ofreciéndole asilo en
cualquiera de sus ciudades si cancelaba sus planes de insurrección, pero nunca
contaron con la necedad de Victoriano, quien se obstinó en llevar a cabo sus planes.
En eso estaban
los estadunidenses y Victoriano Huerta cuando la muerte sorprendió a éste en la
cárcel, frustrando el primer intento alemán de aliarse con México en contra de
los Estados Unidos.
Sus empeños no
terminaron ahí. Quisieron acercarse a Villa, quien al principio los rechazó,
pero tras la derrota de la batalla de Celaya mostró interés en escuchar las
ofertas de los agentes alemanes sin comprometerse a nada.
Se dice que el
armamento que los alemanes pensaban destinar al ejército de Victoriano Huerta
fue introducido de contrabando en México para el ejército de Pancho Villa. Al
parecer las armas entraron a nuestro país escondidas en decenas de ataúdes
repletos de fusiles y municiones.
Fue con ese
apoyo como Villa cruzó la frontera para atacar Columbus, Nuevo México, en marzo
de 1916; se trataba de una pequeña población sin mayor importancia, a la que su
ejército arrasó con la fiereza que le era característica.
La reacción
estadunidense no se hizo esperar; de inmediato el presidente Woodrow Wilson,
que ya tenía bastantes dolores de cabeza resistiendo la presión de sus
compatriotas para intervenir en el conflicto europeo, envió una expedición que
se calificó de punitiva (es decir, de castigo) al territorio mexicano para
buscar a Villa.
Al frente de
la expedición iba el veterano general John J. Pershing, apodado Black Jack por
sus amigos. La presencia de tropas estadunidenses en México, claramente una invasión, duró casi un año sin que lograran siquiera ver a
Pancho Villa o sus tropas.
Mientras
tanto, los alemanes habían iniciado la guerra submarina en el océano Atlántico.
Su flota había torpedeado muchos barcos aliados, entre ellos los buques
ingleses Sussex y Lusitania, en cuyos hundimientos murieron algunos viajeros
estadunidenses, lo cual provocó gran enojo en la opinión pública de los Estados
Unidos.
Ante un
escenario tan complicado, el ministro de relaciones exteriores alemán, Arthur
Zimmermann, obedeciendo las órdenes del alto mando militar del káiser,
telegrafió al embajador de su país en los Estados Unidos, Johann von
Bernstorff, durante los primeros días de 1917.

En su mensaje,
cifrado en un complicado código numérico, Zimmermann ordenaba que el embajador
alemán en México, Heinrich von Eckhardt ofreciera al presidente Carranza una
alianza militar con su país que, apoyada por la flota de submarinos y la ayuda
de Japón, permitiría a México recuperar los territorios usurpados por los
estadunidenses tras la guerra de 1847.
Von Bernstorff
transmitió de inmediato el mensaje a su colega en la Ciudad de México, quien al
momento se comunicó con Cándido Aguilar, secretario de relaciones exteriores
del presidente Carranza que estaba casado con una de las hijas de éste.
Los alemanes
no contaron con el poderoso aparato de espionaje inglés, que interceptó el
telegrama y lo mandó descifrar a la oficina conocida como el Cuarto 40, donde
se analizaban las comunicaciones secretas de los alemanes por expertos en
criptografía, que es la técnica para descifrar mensajes secretos.
Poco antes,
los técnicos del Cuarto 40 habían tenido un golpe de suerte cuando un pescador
ruso cogió en sus redes un pesado libro con tapas de plomo procedente del
Magdeburg, barco de guerra alemán hundido frente a las costas de Finlandia. El
libro era un código criptográfico alemán, que, como otros similares, estaba
encuadernado con placas metálicas para que se hundiera y no cayera en manos del
enemigo.
Ello les
permitió descifrar el telegrama, para descubrir con horror la propuesta de los
alemanes a México. Si el gobierno de Carranza aceptaba, significaría la
complicación extrema del panorama internacional, que por lo menos extendería
indefinidamente la guerra en Europa e impediría la entrada de los Estados
Unidos a reforzar a los aliados.
Sin embargo,
delatar a los alemanes no sería tan fácil. El asunto se complicaba, pues si
éstos descubrían que los ingleses poseían su código criptográfico, lo
modificarían de inmediato, por lo que el servicio secreto inglés decidió
asignar a uno de sus agentes en México, Mister H, para que robara la copia del
telegrama, que debería de estar en los archivos de la empresa telegráfica
Western Union de la Ciudad de México.
Era una tarea
complicada para Mister H que, sin embargo, se facilitó enormemente cuando de
manera providencial un ciudadano inglés cayó en la cárcel acusado de falsificar
dinero mexicano.
Un amigo del
falsificador, que coincidentemente trabajaba en Western Union, acudió en busca
de la ayuda de Mister H para sacar a su amigo de la cárcel. Conociendo los
detalles del telegrama enviado por los alemanes a Carranza, Mister H obtuvo la
colaboración de sir Thomas Hohler, embajador inglés en México. Sus buenos
oficios facilitaron la liberación de su conciudadano, lo que permitió a Mister
H cobrar el favor solicitando al empleado que le consiguiera una copia del
telegrama enviado desde Washington por Von Bernstorff.
A la fecha no
se sabe con claridad quién era el misterioso Mister H. Lo que sí se sabe es que
cuando Venustiano Carranza conoció, por su yerno, el contenido del telegrama,
no supo qué contestar de inmediato. Se trataba sin duda de una propuesta
tentadora que le permitiría unificar al país en contra de los Estados Unidos y recuperar
los territorios perdidos en 1847. Sin embargo, el riesgo de perder una guerra
contra nuestro poderoso vecino era enorme.
Por si fuera
poco, en ese momento, inicios de 1917, las relaciones entre México y los
Estados Unidos se hallaban en un punto difícil. La presencia de la expedición
punitiva de Pershing era considerada un atropello a la soberanía nacional, y
sólo se logró que abandonara nuestro país tras complicadas negociaciones, al
tiempo que del lado estadunidense la prensa veía con malos ojos al gobierno de
Carranza, que tan poco había logrado para poner en paz el país.
Mientras el
presidente mexicano se debatía en el dilema de dar una respuesta afirmativa o
negativa, los agentes secretos ingleses hicieron llegar una copia descifrada
del telegrama a Walter Page, embajador de los Estados Unidos en Londres, quien
indignado se lo comunicó al presidente Wilson.
Por su lado,
Carranza desconfiaba de los alemanes, que antes apoyaron a Victoriano Huerta.
Tras mucho pensarlo, aun después de negar la existencia del telegrama ante la
pregunta directa del embajador de los Estados Unidos en México, y probablemente
con gran pesar, Venustiano Carranza rechazó discretamente la propuesta hecha
por el gobierno de Guillermo II.
Para entonces
la mecha ya estaba prendida. Cuando los periódicos estadunidenses dieron a
conocer el contenido del telegrama, la opinión pública exigió al presidente
Wilson la declaración de guerra a Alemania.
Fue así como
pocos meses después, el 6 de abril de 1917, los Estados Unidos entraron a la
primera Guerra Mundial del lado de los aliados, inclinando la balanza a favor
de éstos y derrotando definitivamente a las potencias centrales en noviembre de
1918. México quedó fuera del conflicto.
¿Qué habría
sucedido si Venustiano Carranza hubiera aceptado la oferta alemana? Es
imposible saberlo; lo único cierto es que mientras la guerra siguió en Europa,
el proceso revolucionario en México aún tardaría varios años en asentarse.
Carranza habría de ser traicionado y asesinado tras la insurrección de Álvaro
Obregón.
Pero si el
presidente mexicano consideró con seriedad en algún momento la propuesta del
káiser alemán, si acaso sintió la tentación de ofrecer a nuestro país la
oportunidad irrepetible de recuperar los territorios perdidos setenta años
antes, si su corazón se aceleró mientras su yerno, el secretario Cándido
Aguilar, le daba a conocer el contenido del telegrama en la oficina
presidencial del Castillo de Chapultepec, y si durante algunos segundos soñó
con ondear de nuevo la bandera mexicana en nuestros territorios arrancados, si
todo aquello pasó por su mente en los primeros días de 1917, su decisión se
mantuvo en los límites racionales que le dictaron sus asesores y su propia
conciencia.
Y si por un
momento acarició el delirio del triunfo, tuvo la firmeza de darle la espalda y
seguir, muy a su pesar, el rumbo de la historia.