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Alguna vez escuché decir que cuando arrancan los trenes de la poderosa División del Norte, es como si una ciudad entera se pusiera en movimiento. Tienen razón; nos movemos cargándolo todo, y en sus panzas los trenes conducen nuestras vidas. Yo llevo dos años metido en la bola y siempre me he sentido como si perteneciera a una gran familia. Este tren es mi casa, nuestra casa, la de la tropa, las soldaderas y sus decenas de morritos que corren de un lado para otro como si esta vida fuera un juego. En los techos de los vagones la vida transcurre como si se tratara de un domingo de mercado: comales calientes cubiertos de quesadillas y tortillas quemadas, ropa tendida al viento, niños jugando, soldados limpiando sus armas, sus carabinas treinta-treinta. En el interior de los carros no es menor la actividad, ¡hasta espacios para el amor puedes encontrar!; he visto a más de una pareja de enamorados escondidos atrapados en sus besos, entre la pastura para los caballos. Que nadie se extrañe: entre la tropa los hijos se multiplican con gran facilidad; muchos chavalitos andan por ahí sin siquiera un apellido. Es octubre y nuestro tren ha llegado a su destino, al pueblo de Tacuba, muy cerca de la Ciudad de México.

    Mi nombre es Pablo y soy ayudante de maquinista. Yo formé parte de la Brigada Sanitaria, que conducía el tren-hospital habilitado para atender a las brigadas que formaban la División del Norte. Créeme, yo sé de trenes y este era más que especial, único en su tipo: a las órdenes de mi coronel Andrés Villarreal estaba un cuerpo de médicos, enfermeros y camilleros con experiencia en combate; ¡ah!, y muchos aparatos médicos dizque muy modernos. Lo curioso es que había muchos gringos con nosotros, jóvenes estudiantes atraídos por la aventura. O bueno, eso decían ellos, pero a la hora de los balazos y del correr de la sangre...

    Seguro has oído hablar de la batalla de Torreón en la que Villa embistió con más de veinte mil hombres como una bestia imposible de contener. Sí, claro, tienes razón, por eso le dicen el Centauro del Norte: mitad caballo, mitad hombre. Fue la más sangrienta de las batallas que he visto en mi vida; perdimos a casi dos mil de los nuestros, pero a los federales les fue mucho peor: más de tres mil heridos, más de dos mil muertos, muchos desertores y muchos prisioneros. A mí me tocó ayudar a incinerar pilas inmensas de cadáveres para evitar una epidemia.

    Eso fue en la primavera pasada, en este año de 1914. Luego vino lo de Zacatecas, cuando mi general Villa rompió con Venustiano Carranza. ¿Que no sabes cómo fue? Te cuento: Carranza era el primer jefe; por lo tanto, la División del Norte debía obedecer sus órdenes, ¿no? Cuando se preparaba la toma de Zacatecas para quitársela a los federales, don Venustiano ordenó a mi general que mandara refuerzos a ponerse a las órdenes de gente a la que Villa consideraba sus enemigos personales. Yo creo que Carranza estaba celoso de la gloria que Villa había alcanzado con la toma de Torreón y no quería que su prestigio aumentara. Aunque la verdad es que la estrategia militar de los carrancistas no era la más adecuada y en eso mi general Villa tenía razón; por eso dijo que desobedecería a Carranza, pues no pensaba mandar a sus hombres al matadero.

    Entonces, Villa y su estado mayor, en franca desobediencia al primer jefe, planearon el ataque a Zacatecas. Aquello fue una matanza que costó al ejército federal más de cinco mil soldados. Un hombre que sabe de estas cosas me dijo que la batalla se ganó gracias a la superioridad numérica de las fuerzas revolucionarias, a la sincronización con que atacaron las brigadas, en fin, un triunfo redondo en términos militares, en que la División del Norte volvió a hacer gala de su poderío. Pero claro, fue el principio del fin de la relación entre Villa y Carranza.

    Sí, es verdad, no te equivocas, al principio ellos luchaban juntos por un mismo objetivo: quitar de la presidencia de México a Victoriano Huerta venciendo a su ejército, es decir, a los federales, o como les decimos nosotros, a los mochos. Sin embargo, ya ves cómo es la naturaleza humana, que se corrompe fácilmente con el poder. Lo que sí es que al final logramos sacar al chacal. A estas horas Huerta debe estar durmiendo la mona en algún lugar de la frontera o en los Estados Unidos.

    Luego, lo que ya sabes. Después de la toma de Zacatecas, en junio, nuestros jefes se dieron cuenta de que tenían que pactar y convocaron a una convención revolucionaria. Entonces, mi general dio la orden de ponernos nuevamente en movimiento. Así vine a dar a la Ciudad de México, aunque ahora vengo con el cuerpo de oficiales. Han pasado muchas cosas desde que llegamos; lo más importante es que la Convención se tuvo que mover a Aguascalientes y que entre todos los generales decidieron que don Venustiano ya no fuera el primer jefe. ¡Qué líos! Por eso se fue con todos sus seguidores para Veracruz.

    Por las calles de la capital se ven gentes de todas partes del país; pero la verdad los que más nos hacemos notar somos los villistas y los zapatistas. Dicen que somos las fuerzas revolucionarias más poderosas: la División del Norte y el Ejército Libertador del Sur. Por eso se reunieron nuestros jefes, Villa y Emiliano Zapata, y firmaron el Pacto de Xochimilco, aquí cerquita de la ciudad, donde se comprometieron a ayudarse y a respetarse cada uno en sus terrenos. Pero los zapatistas son... ¿cómo puedo decirte?, como muy tímidos, como si les diera vergüenza todo; eso no quiere decir que sean cobardes, ¡qué va! Nomás que no andan robando las casas ni haciendo escándalos como otros que conozco. El otro día pasó una cosa muy triste y es que los zapatistas nunca habían visto un carro de bomberos, y resulta que un día salió el carro tocando su campana y una tropa de sureños asustados les disparó y mató a los pobres bomberos.



    ¿Has visto alguna vez a Villa y a Zapata? Son hombres muy bragados, machos, valientes. ¡Tenías que haberlos visto entrar triunfantes a la Ciudad de México! Eso fue hace poco, el 6 de diciembre. ¡Qué lástima que no estuviste ahí! Mi general Villa nos condujo desde Tacuba hasta el Paseo de la Reforma —vieras las casas qué bonitas, unas mansiones enormes, con jardines bien arregladitos—, donde nos encontramos con la columna encabezada por Zapata proveniente de San Ángel y Mixcoac. Entre todos, tropas de caballería, infantería y artillería y muchos curiosos, yo creo que éramos como cincuenta mil revolucionarios caminando por las calles de la capital. El ejército del sur se identifica más fácilmente porque casi siempre viste calzón blanco con sombrero de palma muy ancho, donde yo he visto que guardan pan y otras cosas ligeras, y cargan las cananas en el pecho formando una x. Las tropas del norte vestimos uniformes color caqui pardo y sombreros de fieltro.

    Ese día don Pancho vestía su traje de gala, su uniforme de general de división azul oscuro y gorra bordada. Estaba retecontento, hasta le brillaba la cara convertida toda en sonrisa. Villa es alto, robusto, de piel requemada por el sol del norte, como todos nosotros; tiene la frente amplia y las cejas así como muy pobladas, lo mismo que el bigote, si te has fijado. Es hombre de ley y todos en la División admiramos su lealtad a la gente, cómo defiende a los humildes. No bebe una gota de licor, ah, pero eso sí es bien mujeriego, qué le vamos hacer, dice él, "arrieros somos y en el camino andamos". Tiene una mirada que sientes que te acuchilla desde esos ojos pequeños color claro que lo dominan todo.

    Zapata a mí se hace un poco más serio. El día que entró en la ciudad vestía su traje de charro: una chaquetilla de gamuza color beige, con un águila bordada en oro en la espalda, pantalón negro con bordados de plata y sombrero amplio. Es un poco más delgado y bajo de estatura que Villa, pero cuando lo ves sientes que su altura es de otro calibre. Yo creo que es más o menos de la edad de mi jefe, es decir, como de treinta y cinco años. Tiene los ojos café oscuro, la mirada penetrante, el color de su piel es moreno claro y el cabello lacio y negro, abundante como el bigote. Yo sé que su gente lo respeta mucho porque dicen que es un hombre decente que sabe luchar por el bien de su pueblo.

    Ya te digo, aquello era un jolgorio revolucionario, la gente no dejaba de gritar "vivas" a nuestro paso, eso sí siempre precedido por la banda de música. Los jefes entraron a Palacio Nacional y yo logré colarme con los oficiales. Vi a ambos saludar a las tropas desde el balcón, junto al presidente nombrado por la Convención, don Eulalio Gutiérrez; pero se aburrieron pronto y tenían razón porque el desfile fue demasiado largo, de modo que entraron de nuevo a los salones de Palacio Nacional.

    Y entonces pasó algo muy curioso: mi general vio la silla; sí, pues, la silla donde dicen que se sientan los presidentes, esa que parece un trono para príncipes, que tiene terciopelo rojo y unas patas doradas que simulan las de un águila. Dicen que ahí se sentaba don Porfirio a gobernar al país. Yo alcancé a escuchar como que Villa invitaba a Zapata a sentarse pero éste se negó, silencioso como siempre. No me atrevo, pero casi puedo jurarte que le dio miedo, lo vi titubear, se sentó a un lado de mi general y jugueteó con los dos anillos de oro que adornan su mano izquierda. ¡Ah, qué mi general! A ése no lo agüita nada; al contrario, se sentó en la silla muy ufano y se acomodó como diciendo "de aquí soy"; había muchos fotógrafos y todos los colados queríamos salir en la foto, así que nos apretujamos atrás de los jefes. Creo que debe haber una foto por ahí en la que de seguro me encuentras; después, Villa les dijo a los fotógrafos que si ya habían tomado sus placas que le "jalaran" para otro lado, y claro, los señores recogieron sus armatostes y salieron al son de "más vale aquí corrió que aquí murió". Todos nos reímos mucho.

    Después los jefes se fueron a un salón a comer con el presidente Eulalio Gutiérrez. Ahí sí ya no nos dejaron entrar, pero no me importó porque acompañé a los oficiales al restaurante La Ópera, donde los pobres meseros, asustados, nos dieron de comer mole poblano con guajolote hasta hartarnos. El coñac corrió sin parar, por lo que algunos compas se pasaron de contentos y pues empezaron a soltar tiros al aire, dejando las balas incrustadas en las paredes del lugar. Sé que la gente anda diciendo que fue mi general Villa, pero no es cierto, él nomás pasó por ahí a ver qué escándalo traíamos, pero nada de soltar balazos.

    En estos últimos días del año me he sentido confundido, las cosas no marchan bien. Mi general partió con rumbo a Guadalajara y nos dejó a algunos de nosotros en la ciudad, cumpliendo órdenes nada agradables, como fusilar a los aliados de Victoriano Huerta y a otros por no-sé-qué razones. La gente se queja de que hay muchos asaltos, de que no pueden salir de noche; dicen que somos nosotros; al rato nos van a decir "carranclanes" o rateros carrancistas. Además, dicen que los zapatistas se van a retirar, que el Caudillo del Sur va a romper el pacto que firmó con Villa. Yo debo esperar la orden para cargar el último tren que quedó en Tacuba y partir a la hora que nos digan. Mi trabajo después de todo es ése: ayudar a mover el ferrocarril que lleva la vida de la División del Norte, vigilar que la máquina esté llena de carbón todo el tiempo para que la revolución no se detenga...


Mira cómo es la vida: apenas le empiezas a agarrar el gusto cuando de pronto, sin más, todo se termina. Mi nombre es Pablo y soy maquinista de la poderosa División del Norte. Morí a los dieciséis años de edad víctima de la viruela que asoló la Ciudad de México en los primeros meses del año de 1915. Soy héroe de Torreón y de Zacatecas, sobreviví a las balas y a las bayonetas, pero no a la enfermedad de los granos, el vómito, la fiebre y los ataques de delirio. En mi corta vida, fui testigo de muchos actos pero lo último que presencié fue la ocupación de la capital por las fuerzas de Álvaro Obregón. Es cierto que ya no viví el desenlace de esta historia pero aquí, en el panteón de Dolores, tengo suficiente tiempo para curiosear, o tú, ¿qué harías tú en mi lugar?


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