Es cierto que
la Revolución mexicana fue, en gran medida, detonada por un ánimo político.
Esto es, que algunos idealistas como Francisco I. Madero vieron la oportunidad
de cambiar al país con el pretexto de que, después de casi treinta años en la
silla presidencial, ya era hora de convencer a Porfirio Díaz de que se buscara
otra chamba. Y, la verdad, no era mala idea, puesto que el país estaba sumido
en una crisis social espantosa precisamente a causa del general Díaz. Pero lo
cierto es que no bastaba hacer un pacto para que él se fuera y todo cambiara, y
la prueba está en que Porfirio Díaz dejó el país en mayo de 1911 y los cañones
siguieron tronando muchos años después. La razón es muy sencilla: la Revolución
mexicana en realidad no estalló porque don Porfirio ya hubiera aburrido a sus
seguidores, sino porque el país era un semillero de injusticias. Y, como
siempre ocurre en estos casos, las víctimas de todas esas injusticias eran los
más pobres, los que no podían reclamar, los más desprotegidos. En pocas
palabras, los campesinos y los obreros.
Porfirio Díaz
basó su gobierno en el positivismo, una ideología que le permitía creer que en
México, para lograr el bienestar de todos, era necesario hacer una distinción
de clases, donde correspondía a unos (pocos) mandar y a otros (muchos)
obedecer. Parecía una ideología muy linda y fascinante, sí, siempre y cuando te
tocara estar del lado de los que mandan. Si no, entonces no podías esperar más
que penurias.
Sin exagerar,
la vida de los campesinos y los obreros en el México de finales del siglo XIX
era terrible; a los primeros los explotaba a más no poder el hacendado; a los
segundos, el empresario. Y en algunos casos las condiciones en que tenían que
trabajar eran casi idénticas a las del esclavo porque si desobedecían a sus
respectivos patrones, bien podían ser deportados o encarcelados como si fueran
delincuentes.
No es de
extrañar que los oprimidos literalmente estallaran en una revuelta —dígase,
pues, revolución— porque era imposible seguir aguantando tal situación.
Específicamente
en lo relativo a los obreros mexicanos, éstos tenían que aguantar jornadas de
más de doce horas y trabajar todos los días de la semana, bajo reglamentos que
parecían sacados de las más espeluznantes novelas de terror. Como ejemplo, lee
la siguiente cláusula del reglamento de una textilera de aquel entonces:
Por el hecho
de presentarse en sus labores los obreros aceptan las condiciones de trabajo y
los horarios que los administradores de las fábricas hayan tenido a bien
ordenar, para cada turno y para cada semana de labor.
Que, traducido
al español de nuestros días significa algo así como: "Tú te presentas a
trabajar y te aguantas a lo que tu jefe te pida, sin importar cuán horrible o
inmoral te parezca su petición". Con una ley de tal naturaleza era
perfectamente legal que un obrero tuviera que trabajar sin parar hasta las tres
de la madrugada si al patrón se le antojaba. O sin ir al baño. O sin comer.
Perfectamente legal en todos los casos. Si en Chicago ya habían muerto varios
trabajadores en 1886 defendiendo una jornada laboral digna, en México tenía que
empezar a prenderse una llama ante tales iniquidades.
Fue el 1º de
junio de 1906, cuando en Sonora miles de mineros de la empresa estadunidense
Cananea Consolidated Copper Co. se fueron a la huelga. Así dicho parece no
tener chiste, pues hoy en día a cada rato vemos en las noticias que la empresa
fulana o la universidad mengana están en huelga. Pero en el régimen de Díaz no
existía el derecho de huelga para los trabajadores. Así que esto era ya, en
gran medida, un acto revolucionario, con la notable diferencia de que los
obreros no eran gente armada. Al llamar a huelga estaban manifestando de manera
pacífica su descontento ante las condiciones en que trabajaban, no sólo ellos
como mineros sino prácticamente todos los obreros del país. Pero, desarmados o
no, era un acto fuera de la ley a los ojos de las autoridades, tanto las
políticas como las empresariales. Y había que hacer algo al respecto.
Como ocurre
con todas las huelgas, ésta comenzó con la entrega de una lista de peticiones
(entre las que se encontraba la jornada de ocho horas, un salario mínimo de
cinco pesos y derecho de ascenso) que el gerente de la compañía, William Green,
desde luego rechazó. A esto siguió una marcha pacífica en que los mineros
quisieron instar a otras secciones de la compañía a que se unieran a la huelga.
Al llegar a la maderería, dos estadunidenses, los hermanos Metcalf, recibieron
a los manifestantes con una manguera de agua que los empapó en una clara
provocación. Los mineros se defendieron con piedras y, en respuesta, los
Metcalf echaron mano de sus rifles. Varios mineros muertos fue el saldo de tan
desigual batalla de piedras contra balas. Green, naturalmente, terminó pidiendo
auxilio a las autoridades locales.
Al día
siguiente, el gobernador del estado, Rafael Izábal, llegó a Cananea acompañado
de una tropa formada por soldados gringos para aplacar a los revoltosos.
Comenzó así una brutal cacería que puso fin a la huelga de la manera más
sangrienta que se pueda imaginar. Los que no murieron fueron conminados a
volver a sus labores y en poco tiempo todo volvió a la "normalidad" (la
terrible e injusta normalidad de siempre). Manuel M. Diéguez, José María Ibarra
y Esteban Baca Calderón son los nombres de los valientes que lideraron la
huelga de Cananea y que terminaron presos en San Juan de Ulúa.

Con todo, la
maquinaria ya estaba andando. Y los obreros del país se sintieron inspirados
por los mineros de Cananea. En todo México empezaron a proliferar los Círculos
de Obreros Libres, organizaciones con toda la intención de convertirse en
sindicatos. Era un primer paso para lograr el cambio. Y la revolución, la de
1910, comenzaba ya a gestarse.
Todavía corría
1906 cuando los obreros de una textilera en Puebla decidieron irse también a la
huelga tratando de promover un cambio en sus horribles condiciones de trabajo.
Los gerentes de la empresa, en respuesta, decidieron no hacer nada, seguros de
que los inconformes terminarían por rendirse al faltarles el ingreso que les
permitía hacerse de un sustento. En pocas palabras, pensaban que el hambre los
haría desistir. Pero no contaban con que otros obreros de la misma textilera,
éstos emplazados en Río Blanco, Veracruz, se unieran a la causa. Y que, muy
inteligentemente, en vez de irse a la huelga, decidieran seguir laborando en la
fábrica para poder enviar parte de lo que ganaban a sus compañeros poblanos y
que así continuara la resistencia.
Los
empresarios no vieron otra salida que la de forzar un paro y cerrar las
fábricas, dejando así sin medios de subsistencia a todos sus obreros, tanto
poblanos como veracruzanos. Ya sin trabajo, los obreros de Río Blanco
declararon la huelga formal, uniéndose así por completo a la causa de sus
compañeros. Pero a los dos meses, hartos de comer hierbas y raíces, fatigados y
desesperados, optaron por recurrir al presidente Díaz para que la hiciera de
árbitro y dijera cuál de los dos bandos tenía la razón, porque eso de aguantar
con el estómago vacío una situación a la que no se le veía el fin no parecía ya
tan buena idea.
Ingenuos,
creían que el general iba a fallar a su favor y aguardaron pacientemente su
decisión. Qué va. El presidente hizo como que estudiaba el caso y, después de
un tiempo, pronunció su fallo: las fábricas debían abrir de inmediato y los
obreros debían volver a sus trabajos de trece horas diarias. Y al que no le
pareciera, nada más fácil que deportarlo a Quintana Roo o encerrarlo en la
cárcel, que para eso sí se pintaban solas las autoridades políticas del país:
para intimidar y reprimir.
El lunes 7 de
enero de 1907, cuando se suponía que debían presentarse en sus labores
nuevamente (según lo dispuesto por el mismísimo presidente), los obreros de Río
Blanco, al parecer acatando la orden, desfilaron hacia las fábricas. Pero, en
vez de entrar a éstas, se apostaron en las puertas para impedir que se volviera
al trabajo. Tenían la firme intención de seguir, aunque de manera callada y
pacífica, con su lucha inicial.
Pero, justo
frente a dicha multitud, a las puertas de la fábrica, se encontraba la tienda
de raya, donde se vendían productos a precios excesivos que endeudaban por
largo tiempo a los obreros. Y si ésta de por sí era ya un símbolo de la
opresión burguesa, también estaba repleta de comida. Así que no es difícil
comprender lo que sucedió después.
Los obreros
pidieron por las buenas al encargado que los abasteciera de comida, dada su
precaria condición. "A estos perros no les daremos ni agua", es lo que se
cuenta que dijo el encargado. La verdad es que hay que ser muy corto de
entendimiento y muy falto de entrañas para negar a miles de obreros hambrientos
e indignados un poco de maíz y frijol. A los pocos minutos, los trabajadores ya
habían saqueado e incendiado tanto la tienda como la fábrica.
En breve
arribaron a Río Blanco los soldados que el jefe político de Orizaba envió para
aplacar los ánimos. Se cuenta que el batallón, fusil en mano, se apostó frente
a la gente desarmada y que sólo estaba esperando la orden para detonar la
metralla y diezmar a los revoltosos, pero que una mujer, retrato mismo de la
miseria, desgreñada y haraposa, dio un paso al frente enarbolando una bandera
roja. Se llamaba Lucrecia Toriz y consiguió, con este sencillo acto de
valentía, impedir que los soldados abrieran fuego. La multitud tomó entonces el
camino de Orizaba, ante los impávidos ojos de los rurales.
A la turba ya
se habían sumado niños, viejos, familias enteras. Y marchaban rumbo a la ciudad
con la rabia que producen años de injusticia coronados por una decisión cruel y
arbitraria del propio presidente de la República. Lamentablemente, en un lugar
llamado La Curva de Nogales, los sorprende una lluvia de plomo y se consuma la
matanza. Ni uno solo de los que marchaban portaba fusil; era una marcha implacable,
furiosa, enardecida, sí, pero pacífica a la vez. El general Rosalino Martínez,
jefe de armas de Orizaba, había dispuesto que sus soldados esperaran a los
manifestantes en La Curva. Al aparecer éstos por el camino, da la orden de
disparar y siembra el campo de cadáveres. Más de doscientos muertos y heridos
registra ese primer choque. Luego comienza la persecución.
Buscan a los
obreros en los bosques, en los caminos y en los trenes. Y donde dan con ellos,
ahí mismo los fusilan. Al final no menos de cuatrocientos obreros, mujeres y
niños, encontraron la muerte a manos de los soldados de Rosalino Martínez. Al
menos dos días duró el terror. Luego, el miércoles por la mañana, aunque aún
estaba fresca la sangre de las víctimas, se convocó a los trabajadores sobrevivientes
a que volvieran a sus faenas. Varias tropas se encargaron de que todo, también
en Río Blanco, volviera a la "normalidad". Los empresarios no tardaron en
telegrafiar a Porfirio Díaz su agradecimiento. La huelga de Río Blanco también
había sido aplacada.
A tres años de
la otra Revolución, la de 1910, el país ya estaba en llamas. Los innumerables
"amolados" que, según el positivismo de Porfirio Díaz debían obedecer a unos
cuantos privilegiados, ya no estaban dispuestos a someterse sin dar la pelea.
Se estaban organizando y estaban clamando por justicia. Era cuestión de tiempo
que el país estallara en una conflagración que, a la postre, abriría las
puertas a esas conquistas en materia laboral que hoy conocemos y que no nos
parecen la gran cosa porque se nos olvida que los obreros de otro tiempo
tuvieron que morir para obtenerlas. Jornadas y salarios más dignos, por
ejemplo. Uno o más días de descanso, también. Vacaciones. La posibilidad de un
ascenso. Y el derecho a huelga, desde luego.