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I


Cuando amaneció ese 20 de noviembre de 1910, muchas familias de Chihuahua se cuidaron de salir de casa. ¿Empezaría ese día a las seis de la tarde la revolución que había planeado don Francisco I. Madero? De no ser por los cuchicheos y las miradas que intercambiaban algunos hombres y mujeres al encontrarse en la calle, parecía un día como cualquier otro. Pero la gente andaba nerviosa, hacía varios días que corrían rumores de que había hombres que se organizaban en los pueblos de San Andrés, Cuchillo Parado, Ojinaga, Guerrero y en algunas rancherías de la sierra. Desde que se supo del encarcelamiento de Madero cuando estaba en la campaña para ser presidente y de que en las elecciones había ganado otra vez Porfirio Díaz, la gente se sentía indignada y preocupada; luego llegó la noticia de que ya había escapado y cruzado la frontera y que desde "el otro lado" escribió un plan en el que desconocía al gobierno del general Díaz y en el que claramente decía que era necesario tomar las armas para arrojarlo del poder.

    Para nadie era un secreto que el señor Abraham González —aquel que había organizado el club antirreeleccionista cuando la campaña de Madero— buscaba hombres afines a la causa maderista, y eran muchos los que decían saber de buena fuente que Pascual Orozco, el arriero minero, ya tenía organizado un contingente de rebeldes; lo mismo se decía de Cástulo Herrera, el conocido político, y de otros más. Pero la noticia que ese domingo 20 de noviembre corría de boca en boca era que la hacienda de Chavarría había sido atacada hacía unos días por el bandido Doroteo Arango —que también se hacía llamar Francisco Villa— con catorce hombres y que se habían llevado dinero, caballos y víveres para unirse a la revolución. "Y dicen que ya hubo un muerto —repetían escandalizadas algunas mujeres en la plaza—. El pobre administrador de la hacienda que se les puso al brinco a los rebeldes... ¡Jesús! ¿Será que es cierto que ya viene la revolución?"

    Poca gente se enteró en el momento pero, en efecto, la revolución ya había comenzado en diversas partes del país. Al principio eran pequeños grupos de insurrectos que se lanzaron a ocupar algunas plazas de los pueblos; uno de esos grupos, en el que figuraba Francisco Villa, ocupó en un santiamén la antigua colonia militar de San Andrés, consiguiendo que cientos de hombres se unieran a la lucha. Fue nada más cosa de que un hombre jalara a su compadre, y éste a sus hermanos y primos, y éstos a otros compadres, y en poco tiempo ya eran decenas de rebeldes dispuestos a echar balazos contra las tropas federales que empezaban a llegar —también por cientos— en el Ferrocarril Central Mexicano.

    A partir de entonces, la revolución se extendió como reguero de pólvora por el extenso territorio norteño. Se sumaron los rancheros de Chihuahua, enojados como estaban con los grandes terratenientes que en los últimos años habían acaparado la mayor parte de la tierra. Se unieron también los vaqueros de las haciendas y los trabajadores de las minas, los obreros ferrocarrileros, los de las fábricas y los campesinos que en la Comarca Lagunera se contrataban por temporadas para sembrar y pizcar el algodón; todos ellos cansados de recibir bajos salarios y malos tratos. Bandidos conocidos —como es el caso del mismo Villa—, temidos por muchos y admirados por otros que los consideraban una especie de "justicieros" que robaban a los ricos al estilo del cuento de Robin Hood, se transformaron rápidamente en excelentes guerrilleros, pues conocían como la palma de su mano la difícil geografía de las largas serranías y los áridos desiertos. Pero al llamado de Madero también acudieron comerciantes, profesionistas, intelectuales, políticos y hasta algunos terratenientes, quienes pensaban que había llegado la hora de acabar con la dictadura de Porfirio Díaz, pues ya hacía más de treinta años que éste se había sentado en la silla presidencial y no había quién lo quitara de ahí.

    Para muchos de aquellos hombres norteños pelear no era actividad extraña. Algunos viejos todavía contaban a sus nietos sus correrías contra los indios, añorando aquellos tiempos cuando desfilaban por las calles de Chihuahua mostrando las cabezas de apaches que habían cortado. Eran rancheros rudos, jinetes excelentes y difícilmente había alguno que no supiera manejar con habilidad un arma. Así que convertirse en guerrilleros fue algo casi casi natural. Ya organizados, los revolucionarios se adueñaron del paisaje. Atacaban por sorpresa las poblaciones y las haciendas, se abastecían de comida, agua y caballos y desaparecían en la serranía. Las tropas del ejército federal eran recibidas a balazos en cuanto bajaban de los vagones de los trenes y, cuando lograban avanzar, las acechaban y emboscaban los revolucionarios.

    Al comenzar el año de 1911 llegaron nuevos rumores: que si Madero ya iba a entrar al país, que si don Porfirio se había ido o que se iba a ir, e incluso no faltó quien asegurara que ya se había muerto del susto. Efectivamente, Madero llegó a Chihuahua en febrero e instaló en Bustillos su cuartel general. Para entonces, Pancho Villa estaba por convertirse en uno de los jefes revolucionarios más importantes, junto con Pascual Orozco, y mientras Madero intentaba resolver el conflicto negociando con diversos embajadores porfiristas, los revolucionarios sitiaban Ciudad Juárez para tomarla, bajo el sofocante calor de mayo, con estrepitosas cargas de dinamita, incendios, balazos y uno que otro saqueo de las tiendas principales. En esa misma ciudad se firmaron, el día 21 del mismo mes, los tratados que aseguraban la renuncia de Porfirio Díaz y el fin del movimiento armado. En apenas seis meses la revolución maderista había terminado y por ello se hicieron fiestas, bailes y grandes banquetes.

    De regreso a casa, unos jinetes cargados de rifles y municiones se toparon con un arriero. "Y adónde van tan apertrechados, si dicen que ya acabó la revolución", les preguntó. "Uy, compadre, pa’ nosotros que esto apenas está comenzando", contestaron riendo y dando un ligero azote al caballo para apresurar el paso.



II


Unas nuevas elecciones habían llevado democráticamente a la presidencia a Francisco I. Madero y a la vicepresidencia a José María Pino Suárez. A los revolucionarios se les pidió que dejaran sus armas y regresaran a sus casas. Muy a su pesar, algunos obedecieron, pero otros no, pues pensaban que la revolución todavía no les hacía la justicia por la que habían luchado. Ya encarrilados, no hubo manera de detener la lucha de los zapatistas en el sur, ni las rebeliones de los antiguos revolucionarios en el norte con Pascual Orozco a la cabeza. El gobierno de Madero, pues, no logró convencer ni a los revolucionarios ni, mucho menos, a los antiguos porfiristas. En febrero de 1913, apenas dos años después de haber llegado a la presidencia, un golpe de Estado terminó con su gobierno y de paso —y a traición— con su vida y con la del vicepresidente.



    A Pancho Villa le había tocado defender el gobierno de Madero de su antiguo compañero de armas, Pascual Orozco, y su fama como aguerrido soldado que perseguía "colorados" —como se les llamaba a los orozquistas— ya andaba de boca en boca cuando su jefe, Victoriano Huerta, lo acusó de insubordinación. Se salvó de ser fusilado, pero no de ir a la cárcel. La lealtad que Villa le tenía a Madero habría sido motivo suficiente para lanzarse otra vez a la guerra cuando se enteró de su asesinato, pero la sangre le debe de haber hervido cuando supo que el mismo Huerta que lo había mandado al paredón fue el que traicionó a Madero y que ahora se hacía llamar presidente de México. Por suerte había logrado fugarse de la prisión justo a tiempo para organizar al ejército más grande y poderoso que tuvo la revolución que iniciaría en marzo de 1913.

    El rumor de que Pancho Villa había vuelto a Chihuahua para reunir a sus antiguos compañeros de armas recorrió la serranía y en cada población que Villa pisaba se le unían cientos de hombres. Para el mes de abril se decía que ya eran cuatrocientos los que andaban con él haciendo correr tanto a los soldados federales como a los "colorados"; cuando llegó el verano, se contaba que ya eran más de mil los que cabalgaban a su lado. Y luego se le unieron los caudillos que se habían levantado en Durango y también los de La Laguna en Coahuila, y de pronto ya eran más de diez mil hombres, mujeres, niños, caballos, perros y gallinas los que formaban parte de la llamada División del Norte que, en adelante, sería uno de los brazos armados de la revolución que encabezaba Venustiano Carranza para quitar a Huerta del poder y reestablecer el orden constitucional: por eso se le llamó revolución constitucionalista.

    El ferrocarril se convirtió en el hogar móvil de las tropas villistas. Los vagones transportaron a los revolucionarios por toda la región para librar victoriosas batallas como las de Torreón, Ojinaga y Ciudad Juárez y, para cuando terminó el año de 1913, se podía decir sin exagerar que el extenso territorio que abarcaban los estados de Chihuahua, Durango y Coahuila era villista. Unos dicen que eran más de veinte mil, otros aseguran que llegaban a cincuenta mil los hombres que con sombrero negro tejano y paliacate rojo en el cuello se distinguían como villistas. ¡Cuántas anécdotas, historias y leyendas sobre el invencible, el valiente, el sanguinario, el bondadoso Pancho Villa corrieron en ese tiempo! Su fama cruzó las fronteras y hasta los cineastas estadunidenses lo buscaron para sus películas y él —que bien que le gustaba su papel— no sólo accedió a que lo filmaran sino que además dispuso que algunas batallas se fingieran a plena luz del día en beneficio de la claridad de las películas.

    Corría el mes de junio de 1914 y la ciudad de Zacatecas tembló con la advertencia "¡Ahí viene Pancho Villa!" El martes 23, antes de que aclarara el día, ya estaban las tropas rodeando la ciudad, dispuestas a dar una de las batallas más espectaculares e importantes de la Revolución mexicana.
A las diez de la mañana comenzó el bombardeo de la artillería, después vino la entrada de la caballería, y ya para las seis de la tarde, en medio de una humareda que cubría toda la ciudad, se alcanzó a ver cómo huían las diezmadas tropas federales. En la noche, entre el bullicio que provocaban los festejos de los revolucionarios victoriosos, se escuchó esta copla:


Ahora sí borracho Huerta

hará las patas más chuecas

al saber que Pancho Villa

ha tomado Zacatecas.


    Poco tiempo después, el 13 de agosto de 1914, se firmaron los tratados que dieron el triunfo a la revolución constitucionalista y obligaron a Huerta a huir del país. De nuevo hubo fiestas y desfiles, bailes y banquetes. Pero la revolución no había terminado. Ya se decía que los villistas traían su propia revolución y que mucho caso no le hacían a Carranza y, la verdad sea dicha, al llamado primer jefe tampoco le gustaba mucho Pancho Villa. Y mientras los constitucionalistas establecían su propio gobierno en la Ciudad de México, los villistas se unían con los zapatistas para organizar el suyo en Aguascalientes. A pesar de que hubo uno que otro intento para llegar a un acuerdo (Villa llegó a proponer como solución al conflicto que se suicidaran él y Carranza), la realidad es que tanto Carranza como Villa y Zapata peleaban, los tres, por revoluciones distintas, y en adelante la revolución se convirtió en una lucha de todos contra todos. A finales de año, los revolucionarios de la Convención de Aguascalientes lograron entrar a la Ciudad de México entre un enorme bullicio de cohetes, campanadas y gritos de alegría y asombro de los capitalinos: "¡Llegaron los villistas!" Aunque en la visita a la ciudad le dio tiempo a Villa de sentarse en la silla presidencial junto a Zapata, muy pronto regresaría a su territorio para probar, poco a poco, los infortunios de la derrota.

    Fue en el año de 1915, en Celaya, Silao, León y Aguascalientes, cuando se pusieron frente a frente villistas y constitucionalistas, estos últimos comandados por el famoso general Álvaro Obregón.

    Vencida militarmente, la División del Norte comenzó a deshacerse. Villa, con los fieles que le quedaban, regresó a la sierra chihuahuense para seguir peleando como en los viejos tiempos, como guerrillero, a salto de mata. Su nombre no dejó de ser noticia durante los cinco años siguientes: tomaba plazas, confiscaba ganado y aparecía y desaparecía de los pueblos con gran facilidad. Incluso se dio el tiempo de atacar e invadir por unas horas la población de Columbus, en Nuevo México, provocando que una expedición estadunidense entrara al país en su búsqueda. Pero ni los soldados extranjeros ni las tropas de Carranza lograron verle el polvo. Hasta 1920, cuando entregó las armas a cambio de la hacienda de Canutillo, los informes militares de sus perseguidores repitieron la misma legendaria frase: "Tengo el honor de informar a usted que Francisco Villa se encuentra en todas partes y en ninguna".


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