Tac tac tac
taaactac tac tactictac: así dicen que sonaba y yo les creo.
Si era música
o aporreo, no lo sé. Cada vez que me sentaba frente a mi máquina de escribir
hasta del chocolate humeante me olvidaba. "Los curas no escriben a máquina, han
de ser las malas costumbres que aprendió en la capital." También eso decían,
para que más que la verdad. Pero un buen día... no era noche cerrada cuando
comenzó mi dulce venganza. Porque tampoco es que los párrocos seamos perfectos,
caray, también a uno le da por la vanidad, y cuando las maledicencias se
convierten en lo contrario (¿benedicencias?, a lo mejor), a uno le da hasta por
sonreír de ladito.
Aquella
máquina habría de llevarme a ser testigo directo de la creación del Plan de
Ayala. El mayor manifiesto a favor de los campesinos que se haya hecho jamás.
Una noche
llegaron:
—QuedicemigeneralZapataquesinoquiereiramerendaralcampamento.
—¿Cómo? -dije
yo sin creérmelo, y un poco, sin entenderlo del todo.
—QuedicemigeneralZapataquesinoquiereiramerendaralcampamento —repitió y yo, claro, seguí en las mismas.
Sabía que
estaban en la sierra, cerca del pueblo que ahora todos conocíamos como Villa de
Ayala y antes fue Mapastlán. Aquí nos detenemos porque no quiero que vaya a
pensarse que estos revolucionarios iban por la vida cambiándole el nombre a los
pueblos. No. Mapastlán pasó a ser Villa de Ayala como un homenaje a otro
guerrero: Francisco Ayala, quien con José María Morelos luchó por la
independencia de México. Dio la casualidad de que también aquellos dos pelearon
en la sierra poblana que luego Zapata pisó, escaló y llenó de ideas
libertarias, junto con su partida de sureños peleones, valientes, aguerridos.
Revolucionarios.
Las primeras
noticias que tuve de ellos me llegaron, como siempre, de las señoras. Luego los
jornaleros comenzaron a hablar, después los viejos, los jóvenes. Y la epidemia
cundió hasta que todos, toditos, ya sólo hablamos de la revolución. De la
"Tierra y libertad" que proclamaba Emiliano Zapata.
¿Quién no iba
a querer tierra y libertad?
¿Quién no iba
a querer tener un pedazo del mucho campo que hay en este nuestro México? Por
eso todos con Zapata y los surianos. Todos a una contra aquellos que no
permitían que la gente trabajadora pudiera, precisamente, trabajar.
Emiliano le
gritó al mundo, desde la Villa de Ayala, que había tomado una de las más
grandes determinaciones que puede concebir un ser humano: luchar por los demás.
Pero luego el
presidente, don Francisco I. Madero, dijo que Zapata y su ejército eran unos
"forajidos que amenazaban la sociedad".
Y no es que lo
hayamos dicho doña Jesusita o yo. Lo dijo el presidente. El hombre que condujo
la revolución, el que acabó con la dictadura de Díaz. No poca cosa.
¿A quién
tendríamos que creerle?
¿A Madero, que
estaba intentando tomar las riendas de un país tan grande y tan diverso como
México? ¿O a un líder natural, campesino, que no quiso soltar las armas hasta
no ver cumplidas todas las promesas que le hizo a los hombres que fueron carne
de cañón en la guerra?
Zapata, el
forajido.
—Quesitambiénsellevasumáquinadeescribir
—me había dicho
—¿Y eso para
qué? —pregunté ya sabiendo la respuesta.
—Sabe —he de
aclarar que "sabe" quiere decir no sé; o sí sé pero no le digo; o vaya usted a
preguntarle a otro; o déjeme de molestar que nomás soy un mandadero. Yo supuse
todo lo anterior y sabe por qué dejé de preguntar y me fui cargando el
armatoste que pesaba y hacía plis plis con cada roca del camino. Plis plis
decían las teclas que, ahora lo sé, estaban preparándose para la más grande de
sus hazañas.
¿Estaría yendo
a la boca del lobo o al lugar donde se estaba forjando la justicia para los
campesinos? Eso y más, mucho más, pensé mientras subía.
Dudaba, pero
subí.

Hablé mucho
con mi general y más aún con el profesor Otilio Montaño. Pero todas esas horas
de conversación no fueron tan esclarecedoras como el mismísimo Plan de Ayala.
Ese documentote lleno de letras que copié y copié toda la noche con el tac tac
de mi máquina de escribir.
Podría
recitarlo. Pero tampoco es que quiera dormirlos... Ah, se me olvidaba contarles
quién es el profesor Montaño. Sería toda una descortesía de mi parte no
presentarlo; aunque no lo vamos a mencionar mucho, es tan importante para esta
historia como lo fue Zapata o el mismísimo... no, ya llegará el momento de hablar
de él. No es tiempo de aguar la fiesta que apenas empieza.
Otilio Montaño
era, efectivamente, un profesor, uno rural, para ser exactos. Maistro, como se
les nombra por acá. Su labor, pensó, era educar a los "burros", pero luego el
destino le enseñó que más bien su papel en esta vida iba a ser un poquito más
grande: ponerle letras a los pensamientos que el Ejército del Sur, con Zapata
al mando, traía en la cabeza.
El 25 de
noviembre de 1911 se firmó el manifiesto agrario por excelencia, el Plan de
Ayala.
Como todos los
planes, éste tenía sus puntos importantes y era, como buen plan, una guía que
explicaba a detalle lo que debería hacerse en pro de la revolución.
Lo primero:
desconocer, e incluso derrocar, a Francisco I. Madero. Para que mejor me
entiendan, les platico que Zapata y su ejército estaban muy enojados con el
entonces nuevo presidente de México, y lo estaban porque no veían claro. Ellos
decían que mucho alboroto, muchas promesas y nada de realidades a la hora de la
hora. Madero comenzó una revolución que había prometido detener y revisar los
despojos cometidos por los hacendados contra los pueblos de Morelos.
Vayan ustedes
a saber si fue por falta de tiempo o porque su gabinete estaba repleto de
revolucionarios con muchas ganas pero poca experiencia en el oficio de
gobernar, lo cierto es que don Pancho ni dio las tierras, ni acabó del todo con
los poderes del Porfiriato ni nada de nada. Por supuesto, Zapata y su ejército
se enojaron.
No sólo lo
desconocieron como presidente, sino que también le quitaron el cargo de jefe de
la Revolución Libertadora.
Pero tampoco
era cosa de dejar descabezado al cuerpo. Así que el Plan de Ayala propuso a
alguien más para ocupar el mando de los revolucionarios: Pascual Orozco (el que
aguó la fiesta de los sureños y, dicen, traicionó los ideales. Pero ésa es otra
historia y ya no se las cuento porque están empezando a entrarme las carreras).
Y sí, hicieron
un plan y estaban enojados. Pero seguían fieles a la revolución, así que
reiteraron su lealtad al Plan de San Luis (aquellas primeras palabras que
sirvieron de disparo de salida al levantamiento).
El punto 4 del
Plan de Ayala termina diciendo que la Junta Revolucionaria de Morelos (o sea,
el ejército de Zapata) "se hará defensora de los principios que defienden hasta
vencer o morir". Vencer o morir. Luchar y hasta dar la vida por proteger a los
indefensos. A los "pueblos oprimidos". ¿Se dan cuenta de la gran declaración de
generosidad?
Los siguientes
puntos van en una misma dirección: tierra y libertad. Tierra para trabajarla y
libertad para vivir en armonía. El Plan de Ayala, ante todo, buscó repartir los
bienes que el ancho mundo ofrece a los hombres. Que los campos y los montes
fueran para todos, que la riqueza no se quedara en unas pocas manos.
Zapata no
quería mucho, quería justicia, quería que los trabajadores de la tierra fueran
dueños de su trabajo. Sólo eso. ¿Les parece mucho pedir?
Seguramente
no, pero hubo algunos que sí lo consideraron una exageración, un atropello,
algo terrible y digno de ser condenado.
Después de que
el Plan de Ayala vio la luz, los enemigos de Zapata salieron hasta de debajo de
las piedras y la injusticia ganó.
A mi general
lo emboscaron, lo mataron a traición en la hacienda de Chinameca. Lo asesinaron
por la espalda, como hacen con los valientes, como sucede cuando el asesino no
se atreve a mirar de frente los ojos que van a cerrarse para siempre.
Termina el
Plan de Ayala diciendo: "Libertad, justicia y ley". Y con eso, yo no tengo más
qué decir, ya está dicho todo. Yo sólo pasé a máquina el deseo, las palabras
las pusieron Zapata y su ejército, pero gracias a mi tactactac tengo ahora el
honor de contarles la historia del "forajido" que murió luchando, y que además
tuvo a bien heredarle al mundo un plan para que otros como él tuvieran una guía
en ese peligroso camino de hacer de este mundo un lugar mejor.