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El periódico de ese día, 23 de febrero de 1913, se vendió más rápido de lo habitual. La noticia que subrayaban los encabezados y gritaban los voceadores causó escalofríos a más de uno:


D. Francisco Madero y D. José M. Pino Suárez fueron muertos a balazos anoche por las calles de Lecumberri.


    La Ciudad de México aún olía a pólvora y a muerte a pesar de que tenían tres días de terminados el ruidoso bombardeo, las explosiones, las ráfagas de las metrallas, los balazos y los gritos de los soldados que se confundían entre quienes estaban en favor del gobierno y los que lo atacaban. La conspiración había surgido dentro del ejército y fue el mismo general que Madero eligió para defender la plaza, Victoriano Huerta, quien terminó por unirse a los rebeldes y encabezar el golpe de Estado.

    El presidente y el vicepresidente fueron hechos prisioneros en el Palacio Nacional, se les obligó a presentar su renuncia y, para aparentar que las cosas se hacían "legalmente", los conspiradores armaron la siguiente farsa: reunieron el Congreso para aceptar las renuncias y nombrar presidente a Pedro Lascuráin, cuyo único acto de gobierno (en los cuarenta y cinco minutos que duró su presidencia) fue designar a Victoriano Huerta secretario de Gobernación. Como lo habían planeado, la renuncia de Madero y Pino Suárez dejó el paso libre a Huerta para asumir —como lo mandaba la Constitución— la presidencia del país. Esto sucedió el 19 de febrero de 1913. Mientras tanto, Madero y Pino Suárez permanecieron presos en el Palacio Nacional, hasta el día en que decidieron trasladarlos a la penitenciaría de Lecumberri y asesinarlos en el camino.

    A pesar de que a esas alturas Madero ya no contaba con la simpatía de muchos de sus antiguos aliados revolucionarios, la noticia del golpe de Estado y de su asesinato conmocionó al país. Una cosa era manifestarse abiertamente en su contra y otra muy distinta consumar una traición de esa naturaleza. En el estado de Coahuila gobernaba, hacía tres años, Venustiano Carranza. Tenía cincuenta y tres años, una abundante barba blanca y una larga experiencia en los asuntos de política. Durante el Porfiriato había sido presidente municipal de Cuatro Ciénegas, diputado y senador. Era un hombre culto, apasionado por la historia y convencido de que no existía otro imperio que el de la ley. Por eso, y a pesar de que en los últimos meses no comulgaba con el gobierno de su paisano Madero, decidió ponerse a la cabeza de un movimiento armado que restableciera el orden constitucional que habían roto Huerta y los otros conspiradores. Quizá temiendo lo que les esperaba, Huerta y Félix Díaz (sobrino de don Porfirio) le enviaron a Carranza una carta en que pretendieron convencerlo de que olvidara su intento de sublevación, ofreciéndole complacer todas sus peticiones personales si se retiraba a los Estados Unidos. Carranza, con la mano temblorosa por el coraje, les escribió las siguientes palabras:


Por toda contestación a las indignas proposiciones que ustedes me hacen [...] les manifiesto que los hombres como yo no prevarican ni se venden; eso queda para ustedes, cuyo solo objeto en la vida es la vergonzosa satisfacción de innobles ambiciones. Levanten su negro pendón de ignominia; eleven sobre el país entristecido la voz que gritó traición y muerte, que yo, junto con el pueblo mexicano, alzaré del fango en que habéis arrojado la bandera de la Patria, y si caigo defendiéndola habré conseguido que mi pobre gestión en la vida merezca el mayor premio a que aspirar debemos los hombres honrados.


    Y así lo hizo. Vestido con su chaqueta de grandes botones dorados, pantalón de montar, botas de charol, sombrero de fieltro gris con alas anchas y montado en su caballo prieto, se puso a la cabeza de los militares fieles al gobierno y se dirigió a la hacienda de Guadalupe, donde firmó, el 26 de marzo de ese mismo año, el plan bautizado con el mismo nombre de la hacienda: el Plan de Guadalupe. Ese documento decía, entre otras cosas, que se desconocía como presidente al general Victoriano Huerta y se nombraba a Venustiano Carranza primer jefe del ejército que se llamaría "Constitucionalista" (se le llamó así porque exigía el respeto a la Constitución de 1857) y encargado del Poder Ejecutivo hasta que unas nuevas elecciones dieran paso a otro presidente. El gobierno de Sonora también se adhirió al plan y lo mismo hicieron los revolucionarios de Chihuahua y Coahuila. Un mes después ya estaba organizado perfectamente un numeroso ejército que avanzaría desde el norte hacia la capital del país. Como si una avalancha incontenible se hubiera desatado, los revolucionarios fueron cubriendo los estados de Sonora, Chihuahua, Coahuila, Nuevo León, Tamaulipas, Sinaloa, Durango, Zacatecas, San Luis Potosí, Nayarit, Jalisco, Colima, Veracruz; al mismo tiempo que los zapatistas (que no habían abandonado su propia revolución) enfrentaban a los federales en los estados de Morelos, Tlaxcala, Puebla y Guerrero. Un año después del asesinato de Madero prácticamente todo el país estaba en guerra, y el gobierno de Huerta, acorralado, daba patadas de ahogado: disolvió el Congreso, encarceló a varios de los legisladores que estaban en su contra y se convirtió en una verdadera dictadura.

    Como si las cosas en el país no estuvieran ya muy complicadas, el presidente de los Estados Unidos decidió intervenir en el conflicto; primero pidió la renuncia de Huerta y después, en abril de 1914, mandó tropas para que ocuparan directamente los puertos de Veracruz y Tampico. Aun cuando se suponía que esta acción era para ayudar a los constitucionalistas, Carranza se opuso a ella y exigió al presidente estadunidense que retirara sus tropas, pues "el pueblo mexicano —decía— tiene derecho a arreglar sus problemas internos del modo que más le cuadre". A pesar de la resistencia de los cadetes de la Escuela Naval y de muchos civiles que se unieron a la defensa del puerto, los soldados estadunidenses se instalaron en Veracruz. Por suerte, la guerra quedó en suspenso mientras se llevaban a cabo las negociaciones y, para sorpresa de los veracruzanos, a los gringos les dio por la limpieza y la salubridad y se les veía barriendo las calles y el mercado con agua de mar, instalando baños públicos o dictando nuevas reglas como la prohibición de escupir en la calle.



    Mientras tanto, Huerta cayó en la cuenta de que era imposible detener el avance de las tropas revolucionarias hacia la capital y huyó del país. Los pocos que quedaron de su gobierno se rindieron el 13 de agosto de 1914 frente al ejército victorioso que comandaba el general Álvaro Obregón. En su marcha a la Ciudad de México, los revolucionarios iban cantando:


Huerta ya tiró las trancas.

Se salió por un corral

cuando supo que Carranza

tomaría la capital.


    Cinco días después, Carranza, montado en su caballo, partió desde Tlalnepantla encabezando un ejército de casi treinta mil hombres. Atravesó la ciudad en medio de miles de capitalinos que aplaudían y gritaban —con una mezcla de asombro, alegría y miedo— y se instaló en el Palacio Nacional. A su lado se encontraban los generales victoriosos Álvaro Obregón, Pablo González y otros tantos, pero no estaba Francisco Villa (a quien se le atribuía gran parte de la victoria constitucionalista gracias a la batalla que dio en Zacatecas) y, mucho menos, Emiliano Zapata (quien había combatido sin cuartel al ejército federal). No había duda: la revolución estaba dividida y ya no era un secreto para nadie que Carranza mandó cortar el abastecimiento de carbón a los trenes de la División del Norte, para que Villa no llegara a la ciudad.

    Carranza pensaba que su triunfo militar debía ser el fin de la revolución y que el paso siguiente era la elaboración de leyes que resolvieran los viejos y graves problemas del país. Sin embargo, ya era tarde para tratar de poner freno a las explosiones revolucionarias que habían tomado sus propios rumbos. Es cierto que intentó negociar con Villa y también con Zapata, pero lo hizo con sus propios modos y reglas, que ni el Centauro del Norte ni el Caudillo del Sur (como ya se les llamaba a Villa y a Zapata respectivamente) estaban dispuestos a aceptar. Así que la guerra continuó entre los constitucionalistas y los villistas, y entre los constitucionalistas y los zapatistas. Unidos por un tiempo bajo el gobierno creado en la Convención de Aguascalientes, Zapata y Villa llegaron a la Ciudad de México, mientras Carranza salía de ella para establecer su gobierno en Veracruz. Las cosas estaban muy confusas en ese momento pues, en realidad, había dos "gobiernos" de revolucionarios y nadie sabía bien a bien cuál era el bueno, así que mientras la guerra lo decidía, los capitalinos aclamaron la entrada de cada una de las facciones revolucionarias, esperando la noticia de quién se sentaría en la silla del Palacio Nacional. Villa lo hizo por unos minutos, riendo con Zapata, que ocupaba la silla de al lado. No pensaba quedarse; días antes, cuando se reunió en Xochimilco con Zapata, lo había dejado claro: "Yo no necesito cargos públicos porque no los sé lidiar".

    Llegó el año de 1915 y con él la fase más violenta y difícil de la revolución. Los alimentos escaseaban en todo el país, aumentaban las epidemias, el dinero no valía nada pues cada facción revolucionaria emitía sus propios billetes, que dejaban de servir en el momento que uno u otro grupo tomaba una plaza, y los enfrentamientos entre los grandes ejércitos dejaban miles de muertos. En la zona del Bajío Obregón se enfrentó a Villa en espectaculares y violentas batallas. Obregón perdió el brazo en una de ellas, pero Villa, al final, perdió la guerra. Mientras tanto, los zapatistas fueron poco a poco acorralados por las tropas que, al mando de Pablo González, quemaron pueblos, destruyeron cultivos y persiguieron campesinos que alternaban —según el temporal— el fusil con el arado.

    Frente al panorama de destrucción que ofrecía la guerra, Carranza se afanaba por construir un nuevo orden legal. Sabía muy bien que la base, el cuerpo que movía a la revolución, eran los campesinos y su justa demanda de tierra y mejores condiciones de vida. Así que emitió, desde Veracruz, el 6 de enero de 1915, una Ley Agraria que prescribía la devolución de las tierras a las comunidades y reconocía el derecho de todos los campesinos a poseer un pedazo de tierra. Lo siguiente fue convocar un Congreso Constituyente, lo que significaba que los diputados se reunieran para escribir una nueva Constitución. Durante dos meses los diputados —instalados en el teatro Iturbide de la ciudad de Querétaro— estuvieron discutiendo sobre cómo debían ser las nuevas leyes para llevar a cabo un verdadero cambio revolucionario en la vida del país. Finalmente, el 5 de febrero de 1917 fue aprobada la nueva Constitución, que incluía muchas de las principales demandas que habían impulsado a los movimientos revolucionarios de los últimos años. Era, en verdad, un documento muy avanzado y moderno para la época que aun hoy, con todas las reformas que se le han hecho, sigue vigente en nuestro país.

    Ese mismo año, en mayo, Venustiano Carranza se convirtió en presidente constitucional. Nadie más que él deseaba que la revolución llegara a su fin, pero la realidad es que el país no había encontrado la paz. Villistas y zapatistas continuaron sus respectivas luchas en el norte y en el sur; surgieron nuevos levantamientos tanto de antiguos porfiristas que querían el regreso a los tiempos de don Porfirio, como de viejos revolucionarios a quienes no les acabó de convencer el gobierno de Carranza. En 1920, un nuevo movimiento armado, organizado por los antiguos generales sonorenses que habían acompañado a Carranza en el triunfo constitucionalista, se organizó en su contra obligándolo a huir hacia Veracruz. La noticia que recorrió el país ese sábado 22 de mayo de 1920 no dejaba lugar a dudas, eran todavía tiempos de revolución y las diferencias se resolvían a balazos:


El Sr. Carranza ha muerto.

Fue asesinado por el general ex federal Rodolfo Herrero.

El hecho ocurrió a la una de la mañana del jueves en Tlaxcalantongo.


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