A finales de
octubre de 1910, en los estados del norte de México, principalmente Chihuahua,
Coahuila y Durango, las ideas revolucionarias crecían como incendio en pastizal
seco. Francisco I. Madero había proclamado el Plan de San Luis Potosí, en que
convocaba a los mexicanos a sublevarse contra la dictadura de Porfirio Díaz, y
muchos inconformes vislumbraron la posibilidad de vengarse de los abusivos
caciques y los jefes políticos locales que los oprimían. Entre los más
decididos estaba Pascual Orozco, un arriero nacido cerca de San Isidro,
municipio de Guerrero, en Chihuahua, de carácter resuelto, laborioso e
idealista —aunque también huraño y desconfiado— que había hecho cierta fortuna
transportando metales preciosos, principalmente plata, para distintas compañías
que operaban en las montañas chihuahuenses. En su juventud se había enfrentado
a balazos con los hijos del cacique de San Isidro. Más tarde simpatizó con las
ideas de los hermanos Flores Magón, y en 1909 comenzó a importar armas desde
los Estados Unidos, previendo el estallido inminente de la revolución. La noche
del 20 de noviembre de 1910, fecha prevista en el Plan de San Luis para iniciar
el movimiento armado, Pascual Orozco reunió en casa de su padre a un grupo de
amigos y conocidos: arrieros, comerciantes, uno que otro minero y algún
contrabandista, todos armados con rifles y cananas, y con un ejemplar del Plan de
San Luis en la mano los instruyó sobre el sentido de la lucha y los conminó a
seguirlo. Su intención era apoderarse de la cercana población de Guerrero. La
mayoría lo secundó y partieron de inmediato. En el camino se les fueron uniendo
numerosos hombres de las rancherías vecinas, de modo que cuando llegaron a su
destino eran más de doscientos los que lo acompañaban. Había comenzado la
carrera militar de uno de los jefes más aguerridos de la primera etapa de la
revolución.
Durante tres
días Orozco intentó apoderarse de la población de Guerrero, y al enterarse de
que una columna de soldados federales se acercaba para combatirlo, salió con la
mitad de sus fuerzas con el propósito de sorprenderlos. Entonces tuvo noticia
de que otro contingente de maderistas venía en su auxilio. Era el mismo que dos
días antes se había levantado en armas en el pueblo de San Andrés. El jefe de
ese contingente se llamaba Francisco Villa. Y aunque las huestes de Villa, que
se habían adelantado al ataque, no lograron vencer por completo a los
federales, sí les hicieron daño. Éstos avanzaron hacia un sitio llamado
Pedernales para pasar la noche y recobrarse. Entonces, Orozco y los suyos los
sorprendieron y los derrotaron por completo, lo cual les permitió apoderarse de
una buena cantidad de víveres y armamento.
Envalentonado
con este triunfo, Orozco se dirigió nuevamente a Guerrero y, tras una corta
lucha, pudo apoderarse de la plaza. El inicio de sus acciones en la sublevación
había tenido éxito. Sus hombres ya lo llamaban "coronel". Orozco se dispuso a
atacar los ramales del ferrocarril de Kansas y del Norte, y unos días más tarde
se apoderó de Estación Madera, un enclave a la entrada de la Sierra Madre
occidental.
Preocupado por
estas victorias de los revolucionarios, el gobierno federal ordenó una
movilización militar hacia el estado de Chihuahua. Una columna al mando del
coronel Martín Luis Guzmán Rendón partió para batir a los rebeldes.
Entretanto,
cada vez más y más hombres habían bajado de la sierra para unirse al ejército
orozquista. La gente los llamaba "los colorados". Eran rudos hombres del campo,
excelentes jinetes, indómitos sobre sus caballos.
En un lugar
llamado Cerro Prieto los maderistas sorprendieron a las tropas federales. El
general Navarro ordenó entonces a su contingente desplazarse hasta un punto
llamado Malpaso, un desfiladero sobre la vía del Noroeste, sin imaginar que
"los colorados" se habían apostado en las alturas para emboscarlos. El 18 de
diciembre se inició el combate, y pronto los gobiernistas comenzaron a debilitarse.
Los federales, con grandes dificultades, consiguieron salir de Malpaso y volver
con sus maltrechas tropas a Chihuahua, la capital del estado. Orozco ordenó
desnudar los cadáveres de los federales abatidos y envió los uniformes al
presidente Porfirio Díaz, con una nota que decía: "Ahí te van las hojas,
mándame más tamales".
Orozco, que se
había distanciado de Villa luego de múltiples disputas, se dirigió entonces al
pie de la Sierra Madre occidental con la intención de reorganizar y fortalecer
sus contingentes, que entonces sumaban ya más de novecientos hombres. Su
actitud belicosa le hizo ascender rápidamente entre las tropas maderistas y
pronto alcanzó el grado de general.
El gobierno
federal, decidido a terminar de manera definitiva con las guerrillas
orozquistas, envió nuevamente al general Navarro al frente de un nutrido
ejército para que despejara y recuperara la vía del ferrocarril del Noroeste.
Orozco se dirigió a marchas forzadas hacia Bachiniva, y de ahí a Namiquipa, en
la sierra de Chihuahua. Entusiasmado por el recibimiento que le hacían en esos
pueblos y advirtiendo que el norte del estado de Chihuahua estaba desprotegido,
Orozco emprendió camino hacia la frontera, dispuesto a tomar Ciudad Juárez. En
su ruta saqueó varias haciendas propiedad de Luis Terrazas, que era entonces el
mayor terrateniente de México, con el fin de abastecerse de víveres y
cabalgaduras, pues el suyo era un ejército de caballería. Para apoderarse de
Ciudad Juárez, Orozco pensaba pedirle ayuda a Villa e invitarlo así a olvidarse
de sus diferencias.
A finales de
enero de 1911 los hombres de Orozco se enfrentaron a una columna de soldados
federales, la hicieron retroceder y, persiguiéndola, se apoderaron de la
población de San Buenaventura. Sin perder un instante, Orozco dio la orden de
continuar hacia el norte. El 3 de febrero de 1911 llegó a las puertas de Ciudad
Juárez; sin embargo, consideró que no era el momento oportuno para tomarla (sus
soldados no disponían de suficientes municiones y la plaza estaba bien resguardada)
y decidió retirarse.
Mientras
tanto, Madero, que se encontraba en El Paso, Texas, cruzó el río Bravo y el 13
de febrero entró en suelo mexicano, convertido ya el coahuilense, de acuerdo
con el Plan de San Luis, en presidente provisional de México. Su ejército
intentaba apoderarse de la ciudad de Casas Grandes, pero fracasó y Madero tuvo
que refugiarse en San Diego. Ahí se le unió Pascual Orozco, al frente de más de
mil hombres, con lo que las huestes del presidente provisional se vieron
incrementadas notablemente.
Madero
movilizó su cuartel general, primero a San Buenaventura y luego a Namiquipa,
pues quería adueñarse de una ciudad importante a fin de adquirir notoriedad
nacional. Para conseguirlo promovió la reconciliación de Orozco y Villa, que continuaban
enemistados, y les expuso su plan de tomar Ciudad Juárez. Los dos caudillos le
propusieron entonces simular un ataque sobre Chihuahua, a efecto de distraer a
los federales, y luego transportar rápidamente a las tropas en ferrocarril.
Madero no aceptó y ordenó a éstas marchar hacia Ciudad Juárez. Su ejército
avanzó a lo largo de las estribaciones de la Sierra Madre y el 12 de abril
entró en Casas Grandes, prosiguiendo su ruta hasta las inmediaciones de Ciudad
Juárez. Pascual Orozco y Francisco Villa, acampados en las cercanías, se
disponían a entrar en acción la mañana del 21 de abril, pero en el último
momento Madero dio la orden de posponer el ataque y firmó un "breve
armisticio". Sin embargo, decepcionado de las negociaciones de paz que se habían
entablado con los representantes del gobierno, el 7 de mayo Madero decidió
reanudar la guerra, aunque no en Ciudad Juárez, y ordenó a Orozco y a Villa
levantar sus campamentos y marchar hacia el sur. Un día después, alarmado, se
enteró de que los dos jefes revolucionarios, contraviniendo sus órdenes, habían
iniciado el ataque. Madero duda, los amenaza. Más tarde les envía refuerzos.
Tres días después, el 10 de mayo, los revolucionarios toman Ciudad Juárez.

Madero entró
triunfante en Ciudad Juárez y nombró su primer gabinete. Pascual Orozco, que
esperaba ser nombrado ministro de Guerra, no figuraba en él. Resentido y
desconfiado, cree que el presidente provisional no ha sido justo con él y amaga
con sublevarse. La energía y la autoridad de Madero logran apaciguarlo, pero la
actitud rencorosa y soberbia de Orozco envolvía una advertencia.
El 22 de junio
de 1911, tras la renuncia de Porfirio Díaz, Orozco, al frente de sus tropas,
entró en Chihuahua y fue nombrado comandante de los rurales del estado.
Inconforme, se postula candidato a gobernador, pero al ser amonestado por
varios jefes revolucionarios tiene que desistir de sus aspiraciones políticas.
Madero lo nombra entonces jefe de la guarnición de Ciudad Juárez. Poco después
Orozco dimite, cuando recibe la orden de combatir a Emiliano Zapata en el sur.
Orozco
desconfiaba de Madero y esta desconfianza fue aprovechada por varios de los
enemigos del presidente, que incitaban a Orozco a rebelarse contra el régimen
maderista. Finalmente, en marzo de 1912, Orozco decidió levantarse en armas
contra "la mala administración del señor Madero". Se hizo nombrar "generalísimo
en jefe del Ejército Revolucionario" y ordenó que su ejército, que sumaba más
de cinco mil hombres, avanzara hacia el sur de la ciudad de Chihuahua. Financiaba
la rebelión con su propio dinero y con el robo de ganado en el estado, que
vendía en el vecino estado de Texas, donde también adquiría armas y municiones,
pese al embargo decretado por el presidente estadunidense William Taft, que
prohibía vender armamento a los revolucionarios mexicanos.
Para combatir
a los alzados, el presidente Madero solicitó al Congreso la suspensión de
garantías y ordenó la movilización hacia el norte de una columna de más de
cuatro mil efectivos al mando del general José González Salas. Los orozquistas
se situaron al norte de Torreón, destruyendo a su paso todo aquello que podía
ser útil al gobierno. Con las adhesiones de varios jefes descontentos, el
general sublevado había logrado reunir un contingente de más de quince mil
hombres. Orozco dejó que las tropas del gobierno se internaran en las llanuras
de un sitio llamado Rellano, los atacó con su caballería por ambos flancos y
luego los remató enviando una locomotora "loca" —cargada de dinamita—, que al
chocar con los convoyes de los federales les produjo enormes bajas. El general
González, abrumado por la derrota, se suicidó.
Si bien
resintió el golpe, el presidente Madero ordenó de inmediato el envío de una
segunda columna. Orozco, envanecido, exigió el fusilamiento del presidente y la
confiscación de los bienes de sus partidarios. Firmó con varios jefes el
llamado Plan de la Empacadora, que desconocía a Madero y a su gabinete,
acusándolos de traición, corrupción y complicidad con los Estados Unidos, y
decretaba, entre otras medidas, la obligación de todos los particulares de
contribuir con fondos al sostenimiento de un gobierno presidido por el propio
Pascual Orozco. El plan postulaba, también, algunas reivindicaciones
importantes en materia laboral, administrativa y agraria.
Madero buscó
el apoyo de los antiguos soldados que habían servido al porfirismo y, sin tener
mucha tela de dónde cortar, nombró jefe de las operaciones militares, con
órdenes de someter a Orozco, al ávido e inescrupuloso general Victoriano
Huerta. El 16 de abril, Huerta estableció su cuartel general en Torreón.
Durante varios días estudió con cautela la situación y la fuerza de su
adversario y se preparó para atacarlo. Finalmente ordenó el avance; sus tropas
marcharon a lo largo de la línea del ferrocarril. Los orozquistas,
atrincherados sobre la ruta de modo que podían desplazarse hacia cualquier
punto amenazado por el enemigo, no dejaron de hostigar a los federales. Tras
algunos enfrentamientos sin importancia, el 12 de mayo ambos ejércitos se
encontraron en una localidad llamada Conejos.
La acción se
desarrolla velozmente. Las huestes de Orozco, a caballo pero pobremente
armadas, se retiran. Huerta se proclama vencedor y continúa avanzando. Orozco
elige las llanuras de Rellano, protegidas por grandes lomeríos, para presentar
batalla. El 22 de mayo vuelven a enfrentarse. Orozco ocupa las alturas de las
lomas y la estación de ferrocarril. Huerta emplaza su artillería y cañonea a
los orozquistas, que intentan sorprender al enemigo con una carga de caballería.
Huerta no se deja amedrentar y ordena un avance general. Orozco, confundido,
retrocede y se aleja.
Huerta no se
apresura en perseguirlo. Deja correr un mes, que Orozco aprovecha para
reequipar a sus fuerzas y se atrinchera en Bachimba. El 3 de julio, Huerta
ordenó el ataque definitivo. Pronto pudo desalojar a los orozquistas, que
emprendieron la retirada. Entonces el Chacal, como luego se conocería a Huerta
por su traición al presidente Madero, mandó que la caballería se lanzara en
persecución de los rebeldes, que se dispersaron desordenadamente. Ése fue el
fin de la rebelión orozquista. El derrotado general y sus lugartenientes
huyeron rumbo al norte. Chihuahua y Ciudad Juárez fueron desalojadas y el
régimen del presidente Madero se consolidó.
En su huida
hacia el norte, Orozco incendió puentes y estaciones, destruyó líneas
telegráficas y telefónicas y saqueó las poblaciones que encontró a su paso.
Después intentó invadir el estado de Sonora, pero fue herido en Ojinaga y se
vio obligado a huir a los Estados Unidos. Vivió algún tiempo en Los Ángeles y
más tarde volvió a Chihuahua.
Entretanto se
había consumado la traición de Victoriano Huerta, quien luego de asesinar al
presidente Madero se había proclamado presidente de México. Orozco buscó a
Huerta y le ofreció su apoyo. El arriero y el golpista unieron sus fuerzas.
Huerta aprovechó la alianza con Orozco y le ordenó que enviara a su propio
padre, el coronel Orozco, a parlamentar con Emiliano Zapata para convencerlo de
que se les uniera. La misión fue un fracaso. Zapata fusiló al mensajero y mandó
decir a Huerta que la revolución campesina del sur no pactaba con traidores.
Orozco quiso vengar a su padre; sin embargo, no pudo enfrentar a Zapata porque
Huerta lo envió a combatir a Francisco Villa, quien lo derrotó en la batalla de
Ojinaga. Al caer Huerta, Orozco salió al exilio en los Estados Unidos. Ambos
planearon después una nueva rebelión, pero fueron puestos bajo arresto
domiciliario por las autoridades estadunidenses en la ciudad de El Paso.
Orozco logró escapar
y regresó a México. El 30 de agosto de 1915, en una incursión para robar ganado
en territorio texano, fue asesinado por el ranchero despojado y la policía de
Texas, que lo siguieron y lo abatieron a tiros cerca de un lugar llamado Lobo.
Tenía treinta y tres años. El 3 de septiembre fue sepultado en la ciudad de El
Paso. Ocho años después, en 1923, sus restos fueron enviados de vuelta a la
ciudad de Chihuahua.
Pascual Orozco
fue un personaje contradictorio. Con gran poder de convocatoria, arrojado e idealista,
prevalecieron en él, no obstante, los propósitos interesados y la ambición
personal.