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Temblores


Ese día fue muy movido... como un terremoto, ¡pero de verdad!, ese día tembló y se cuartearon unas iglesias, se dañaron algunas casas en la colonia Santa María la Ribera, y se derrumbó una parte del cuartel de jóvenes soldados en San Cosme. Hasta muertos hubo. Era miércoles 7 de junio de 1911 y, a pesar del temblor, medio millón de personas en la Ciudad de México estaban más puestas que un calcetín para la gran fiesta. Desfile, bandas de música, cohetes: todo para recibir a un señor bajito, sonriente y vestido de negro llamado Francisco I. (de Ignacio), aunque entre familiares y amigos lo llamaban simplemente Panchito.

    Francisco I. Madero era pequeño de estatura (medía poco más de metro y medio), pero había conseguido lo que parecía imposible: que renunciara el anciano dictador de México, Porfirio Díaz, que había gobernado ¡por más de treinta años! Madero encendió la mecha de la revolución con su libro La sucesión presidencial en 1910 y luego con un documento llamado Plan de San Luis. Y la encendió tan bien que se volvió un incendio que nadie pudo detener.

    En ese momento don Porfirio ya estaba más allá... más allá del océano Atlántico, en París, tal vez visitando la nueva Torre Eiffel... ¿Entonces ya se había acabado la revolución? Ojalá... ésa era la esperanza de muchísimos mexicanos que vivían en la pobreza, en la explotación, y esperaban un país nuevo, diferente, justo...

    Mientras Madero oía los aplausos, recibía ramos de flores y veía agitarse las banderitas, nunca imaginó que su presidencia iba a durar quince meses, que alguien cercano lo iba a traicionar y que finalmente sería asesinado.



Un Madero muy derecho


Si algo tenía Francisco I. Madero es que era muy derecho. No llegó nada más a sentarse en la silla presidencial (esa dorada tan bonita en la que años después se retrató Pancho Villa). Don Panchito convocó a elecciones: él para presidente y José María Pino Suárez para vicepresidente. Y por supuesto ganaron. En esos meses había gobernado un señor muy catrín llamado Francisco León de la Barra, al que le decían "el presidente blanco" por su cabello, completamente canoso.

Le decían "blanco" pero no por buena persona. En los pocos meses que fue presidente envió al estado de Morelos al general Victoriano Huerta para que combatiera a los zapatistas, y con ello provocó verdaderas masacres. Esto repercutió en la amistad entre Madero y Zapata.



Los errores de don Panchito


Dicen que es de sabios equivocarse. Y Francisco I. Madero seguramente era muy sabio, porque empezó equivocándose... Cuando llegó a la presidencia mantuvo las cámaras de diputados y senadores y no hizo grandes cambios en el gabinete... ¿Qué significa esto? ¡Pues que quedó rodeado de sus viejos enemigos porfiristas, de aquellos que nunca apoyaron la revolución! Y todas las decisiones del presidente iban a ser tomadas mal y con mucha pero mucha lentitud.

    Tal vez Madero quería demostrar que junto con ellos podía dirigir el país, que era momento de gobernar con democracia, de hacerlo con palabras y no con balas. Pero parece que nadie lo entendió. Los otros revolucionarios, que antes lo apoyaban, vieron como una traición que estuviera rodeado de porfiristas.



Tierra a la vista


Y luego las cosas se empezaron a poner color de hormiga, o sea, negras. Como Madero era pacifista, pidió a los revolucionarios como Zapata que dejaran las armas... Pero ¿cómo iban a entregar las carabinas si todavía no se cumplían las promesas de dar tierra a los campesinos pobres? (la verdad es que la única tierra que tenían era la de las uñas).

    Zapata estaba luchando para que a los campesinos de Morelos les dieran tierras, o bien se las regresaran. Y es que por muchos años los señores hacendados habían arrebatado a las familias pobres sus terrenos, sus ranchos y hasta sus milpitas.

Madero prometió que iba a resolver ese problema, pero no dijo cuándo. Y los campesinos llevaban años en las mismas... Lo cierto es que no podían esperar mucho tiempo más.



Caricaturas


Además de todo eso, el presidente Madero se enfrentó a otro problema, que, aun cuando era de papel, resultó muy peligroso: la prensa.

    En el gobierno de Porfirio Díaz los principales periódicos del país recibían un dinerito (o dinerote) por abajo del agua, para que no criticaran al presidente ni hablaran de nada importante. Por ejemplo, un periódico llamado El Imparcial, en lugar de sacar un reportaje sobre la matanza de los mineros de Cananea, dedicaba páginas a describir cómo iban vestidas las señoritas que asistieron a la última carrera del hipódromo de Peralvillo.

    Con Madero la repartición de dinero a los periódicos se acabó. El gobierno no iba a pagar para que les dieran una "maquilladita" a las malas noticias ni que se hicieran de la vista gorda ante una injusticia. Cada periodista podía opinar libremente; sin embargo, en lugar de aprovechar la libertad de prensa, muchos periódicos buscaron desquitarse de la represión del periodo anterior... ¡y eligieron para ello al presidente! Salieron muchísimas caricaturas en que se hacía burla de Madero: de su estatura, que si se estaba quedando sin pelo, que era indeciso... ¡Se metieron hasta con su familia! Parecía el deporte nacional: péguele a don Panchito.



Protestas y más protestas


El presidente Madero se esforzó por dar la libertad a los mexicanos, pensó que era momento de respetar las reglas y reformar al país, pero nadie quería o podía esperar más. Pronto empezaron las protestas públicas, las huelgas y mítines de obreros y campesinos que exigían mejores salarios, jornadas de trabajo más cortas, igualdad de condiciones; todos querían ver resueltos de inmediato sus problemas, porque llevaban años sufriendo injusticias. Salieron pues, de golpe, todas las cuentas pendientes del porfirismo.

    Dicen que quien quiere dar gusto a todos... termina por no darle gusto a nadie. Y eso fue lo que le pasó al señor presidente. Pronto empezaron las protestas y planes para quitarlo de su cargo. ¡Nadie estaba conforme con él! Que si no tenía personalidad fuerte, que si andaba metido en grupos espiritistas... ¡Hasta lo acusaban de no querer matar a sus enemigos para darse a respetar! Era evidente que los mexicanos habían vivido muchos años en una dictadura, pues pensaban que eso de andar matando así nada más era lo "normal" en un presidente.





Enemigos viejos, enemigos nuevos


Durante la presidencia de Madero hubo cuatro rebeliones muy importantes. La primera fue de su antiguo aliado Emiliano Zapata, quien, cansado de que no llegaran las reformas del campo, presentó un documento al que llamó Plan de Ayala y en el que desconocía a Madero e instigaba a los campesinos a seguir con la revolución. En el plan exigía que se devolvieran las tierras arrebatadas; además, los hacendados debían entregar la tercera parte de sus terrenos (o todo, si se negaban a cumplirlo). Los campesinos no conocían otro medio para hacer valer sus derechos que agarrar un fusil.

    Madero intentó negociar con Zapata, pero cuando ya no se pudo arreglar nada, mandó a algunos generales. Ése fue otro error, porque resultaron ser militares porfiristas y se dedicaron a quemar pueblos y matar campesinos... Eso molestó aún más a los zapatistas, y las rebeliones crecieron tanto que llegaron hasta el estado de Puebla.

    ¿Problemas? Sí... ¡y todavía llegarían más! En el estado de Nuevo León, el general porfirista Bernardo Reyes se levantó en armas para quitar a Madero de la presidencia. Pero el levantamiento de Reyes no levantó ni el polvo y pronto lo agarraron. Luego del juicio militar, Bernardo Reyes iba a ser fusilado, pero como a Madero no le gustaba eso de andar disparando a nadie, le perdonó la vida y el general fue a dar a una cárcel en la Ciudad de México.


Mientras tanto, en Veracruz, la ciudad donde se embarcó Porfirio Díaz, apareció un sobrino del antiguo dictador: Félix Díaz, un militar no muy destacado que también intentó derrocar a Madero y que contaba con el apoyo del embajador de los Estados Unidos, Henry Lane Wilson, quien con el pretexto de "proteger las inversiones de los banqueros e intereses de su país" metía su cuchara donde no lo llamaban. Cuando al fin agarraron a Félix Díaz, Madero también le perdonó la vida y en lugar de mandarlo al paredón, lo envió derechito a la cárcel.

Lo que no sabía el presidente es que desde la cárcel sus enemigos iban a seguir maquinando un plan para eliminarlo.



Pascual Orozco cambia de bando


Don Panchito, no tenía ni un minuto de descanso, pues cuando intentaba apaciguar una rebelión, ya otra estaba en camino. Y esta vez fue de las más dolorosas, porque nada es peor que cuando te traiciona un amigo.

    En Chihuahua, un antiguo aliado, el general Pascual Orozco, colgó la camiseta maderista y lanzó el Plan de la Empacadora. Entre otras cosas exigía urgentes reformas sociales y de paso, declaró que iba a derrocar al presidente para ocupar su lugar.

    Madero envió a varios militares, pero nadie podía contra el organizado ejército de Orozco, que había vencido incluso a Pancho Villa... Al final, Madero mandó hasta Chihuahua a un militar que casi siempre llevaba unos diminutos anteojos negros redondos, tenía fama de despiadado y, según las malas lenguas, olía un poco a ginebra. Era Victoriano Huerta, quien combatió de manera implacable a Orozco y desbarató su ejército; lo hizo tan bien que Madero lo ascendió a general de división. El presidente no sospechaba que su peor enemigo lo tenía justo enfrente y hasta le acababa de dar una medalla.

    Con el paso de los meses, don Panchito se empezó a quedar solo. Nadie lo apoyaba: ni los porfiristas, ni los antiguos maderistas, ni el pueblo, ni los otros revolucionarios; hasta algunos de sus colaboradores del gabinete lo abandonaron. Y el embajador de los Estados Unidos, Henry Lane Wilson, seguía metiendo su cuchara.



Todos contra don Panchito


Francisco I. Madero llevaba poco más de un año como presidente y ya nadie lo celebraba con banderitas ni desfiles. Sus enemigos eran muchos y estaban por todos lados. Acabó por formarse una conspiración para quitarlo de la presidencia: se reunieron militares, diputados, senadores, dueños de haciendas y hasta periodistas. Pero los que dirigían todo —los meros meros— eran Félix Díaz, Bernardo Reyes (ambos desde la cárcel); los generales Manuel Mondragón y Aureliano Blanquet; el embajador de los Estados Unidos, Henry Lane Wilson, y Victoriano Huerta, general de división del ejército maderista.

    Gustavo Madero, el hermano del presidente, se dio cuenta de la traición de Huerta, pero don Panchito no le creyó ¡y hasta lo acusó de desconfiado! Cuando empezaron ya los levantamientos y motines, Madero volvió a equivocarse y nombró nada menos que a Victoriano Huerta jefe de la plaza y le dio todo el poder militar: ¡justo lo que éste quería! Ése sería uno de los últimos errores del presidente. Sus días estaban contados.



La caída de Madero


Estaba por empezar la Decena Trágica: diez días de terror en la Ciudad de México en los que hubo miles de muertos y heridos, pues mucha gente inocente quedó atrapada en medio de los combates.

    Madero fue apresado y lo obligaron a renunciar a su puesto de presidente. Aunque le prometieron que podía salir del país, Victoriano Huerta mandó que se les asesinara a él y al vicepresidente, José María Pino Suárez.

    Pero ¿por qué Madero no hizo nada para impedir que casi todos lo traicionaran? ¿No se dio cuenta de los problemas que tenía? ¿Nunca sospechó de Victoriano Huerta? Parece que Francisco I. Madero era un hombre con buenas intenciones y que siempre confió en los demás; pensó que todos querían lo mismo que él: un México mejor.

    Lo cierto es que durante la presidencia de Madero no hubo crímenes políticos, no hubo censura en la prensa, ni tampoco represión a obreros (incluso se fundaron asociaciones), prohibió eso de andar fusilando a las primeras de cambio, e hizo que se entendiera que todos merecían un juicio justo. Pero transformar a un país con tantos problemas sociales como México era una misión difícil de conseguir en poco tiempo.

    Don Panchito, mejor conocido como Francisco I. Madero, ha quedado como un mártir, como alguien que intentó gobernar con leyes, no con pistolas. Su mandato fue un primer acercamiento a la democracia y por desgracia a México le faltaban todavía muchos años para volver a tener una oportunidad igual.


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