Lo conocí
desde chiquito, cómo no, si mi familia es de San Pedro de las Colonias, mi papá
trabajaba en la hacienda del Rosario y mi mamá en la casa grande de don
Francisco y doña Mercedes, los padres del niño. Desde muy joven empecé a
ayudarles, pues la casa requería muchos cuidados. Mi madre no quiso quedarse en
la cocina porque se cansaba de echar tortillas de trigo con manteca, salsear el
jitomate o espesar los frijoles. A ella le gustaba la blancura almidonada de los
manteles y el planchado para que lucieran los bordados y los deshilados, las
grecas y la bainica. Lo de ella eran las planchas de hierro calentándose en el
carbón que luego deslizaba por la tela húmeda. Recuerdo el vapor que salía de
las telas y el olor a limpio, y ese orgullo de mi madre que me contaba cómo
aquellos manteles engalanaban la mesa larga del patriarca don Evaristo Madero,
en aquellas comidas y cenas que daban él y su esposa con negociantes y
políticos de México y de otros lados.
Así como me ve
usted, con la piel apergaminada y las trenzas plateadas, yo era otra, una
jovencita de ojos oscuros y pómulos salientes, pelo brillante color azabache.
Tengo sangre tlaxcalteca y algo de chichimeca, porque lo guerrera no se me
quita. Me daba por pensar, cuando el joven Francisco empezó a armar alboroto en
Parras y a querer bajarle los humos al general Díaz, que lo chichimeca lo traía
él, por puro contagio de esta tierra seca de abrojos y cactáceas. A mí me toco
cuidarlo cuando él y su hermano Gustavo eran niños. Yo era quien los llevaba a
caminar por las lajas, yo quien los acompañaba a la alameda, yo quien en
carreta tiraba hacia los viñedos, yo quien aplaudió ese tapiz de luces que se
volvió la hacienda cuando don Evaristo trajo la electricidad al pueblo. Los
niños abrían los ojos más grandes que yo, y el asombro de que la luz no fuera
de velas y que durara toda la noche se nos quedaba todo el día en el cuerpo.
En las noches
calientes del verano nos tumbábamos entre los sabinos para ver ese cielo azul teñirse
de naranja verdoso. Le juro que nunca he visto atardeceres más coloridos que
con los niños Madero, a quienes llevaba a la caballeriza para que el
caballerango les ensillara los caballos y se fueran a cabalgar. Yo los
esperaba, nostálgica ya de su compañía. Eso me pasó cuando Francisco se fue a
estudiar, primero a los Estados Unidos y luego a París. Yo no sabía de más
lugares que Parras o Paila, y París debía estar lejos en tren; cuando le
pregunté, el señorito se rió y me dijo que en tren no se podía llegar, que se
iba en barco para cruzar el oceáno, que el barco llevaba muchas personas y
cuartos y restaurantes, y una orquesta de música como las que su papá
contrataba para los saraos de la hacienda. Ay, la piel se me hacía chinita por
desear conocer uno de esos palacios que flotan en el agua, y porque con el
dichoso París se me acabaron las tardes de sol que parecía durarían para
siempre, el acomodo de la ropa recién planchada en los cajones de la cómoda
(ésa me tocaba a mí desde que los niños empezaron a ir a la escuela), las
caminatas para acercarlos a la iglesia, al sastre, a la instrucción. Cuando
Francisco se fue en carreta a Saltillo, después de que me había tomado casi un
mes preparar la ropa de su baúl mundo —no sé si usted los conozca; mire, asómese
a la parte de atrás de la cocina, allí está uno que me regaló doña Mercedes—,
me dijo que al regresar iba a requerir de mis cuidados para la blancura de sus
camisas, para las nogadas que yo preparaba. Era bueno el joven y yo ya había
visto cómo, mientras administraba el rancho en San Pedro de las Colonias, iba
molestándose por tantos años del mismo general al mando del país. Ahora que lo
pienso, cuando supe que el general Díaz se había ido muy lejos del país en un
barco, nunca pensé que era como aquel en que Francisco se había ido a estudiar
a Europa. Imaginé el mentado Ipiranga como un ataúd, porque después de que se
fue, derrotado por mi niño Francisco, el presidente se murió lejos y lo
enterraron lejos.
Cuando
encerraron en la cárcel de San Luis Potosí al joven Francisco y a Roque
Estrada, que hablaba muy bonito, tenía mejor voz que la delgadita del niño
Francisco —que no me oiga doña Mercedes—, sus amigos dijeron que no sabía en la
que se había metido, que había empezado a crecer la bola y ya no la podría
parar. Me zumbaban sus palabras mientras lo mentaban aquí en los pasillos de la
casa grande y bebían vermut, y decían que estaba loco por eso de querer tumbar
al presidente, y lo de la democracia y la justicia... si nadie se le había
enfrentado a don Porfirio, y él tan enclenquito, cómo iba a poder. Hubo un
mentado poeta que dizque muy artista, pero bien que la traía contra Francisco.
Sus propios amigos se desdecían, nunca su hermano Gustavo ni su primo Ernesto.
Decían puras habladurías, de París había venido con ideas muy modernas de
democracia y por eso quiso hacer su partido antirreeleccionista. Viera cómo me
costó aprenderme esa palabra. Cuando me la quería explicar el propio Francisco
yo le decía "ya estése sosiego", y más me confundía con su "Sufragio efectivo,
no reelección". Si yo no tenía escuela, qué iba a entender que sufragio quería
decir que le hicieran caso a lo que uno había votado. Y aunque yo no votaba,
porque ninguna mujer lo hacía, me fascinaba de ver al muchacho tan lleno de sus
ideas, tan enfebrecido, caminando por la casa.

Yo vi a la
señora muy triste cuando metieron en la cárcel a Francisco, porque ya venían
las elecciones y al señor Díaz le empezó a asustar "el loco". Ay, cómo se nos
quedó el alma en un hilo, pero que le sale el tiro por la culata al presidente.
Todos se entusiasmaron más por el joven Francisco. La señora parecía presagiar
que las cosas no iban a salir del todo bien, pues la tierra de Francisco era
ésta y no la capital, donde fue a meter las narices en el mes de junio de 1911.
Le estoy
hablando sin parar, pero cómo no hacerlo si hace años que estoy vieja e inútil
en este camastro, y cuando me pregunta por aquellos años me trae a mi juventud
y al revuelo de ese tiempo en que el señorito no paraba de trabajar. Que si publicaba
libros, que si venían a verlo unos muy principales. Uno de esos principales, el
secretario de Hacienda, ayudó a que los sacaran de la cárcel, pero quedaron
presos en la ciudad. Una noche que se escapa mi patrón y se sube al tren que lo
llevó directo a San Antonio, Texas, donde ya se juntó con su esposa y sus
colaboradores. Allí sí que no hubo quien lo parara, parecía máquina de
ferrocarril. Yo no conocía ni San Luis Potosí ni Ciudad Juárez, donde estuvo
antes de venir aquí a preparar su entrada a la Ciudad de México. Como yo no he
conocido más que mi lugar, lo demás me ha tocado imaginarlo. Lo mismo le ha de
pasar a usted mientras le hablo, porque no vivió esos días, usted es retejoven.
Aunque los libros le habrán contado mucho, no lo pueden llevar a esas
conversaciones que escuchábamos tras los biombos. Que si ya Díaz llevaba
treinta años al mando del país, y yo para mí pensaba que don Evaristo había
estado más años al mando del Rosario y que mi madre pasaba de los treinta de
trabajar para la casa grande, y que yo en unos años los cumpliría. Qué tanto
eran treinta. Pero bien que alegaban que el poder se viciaba, que tanto tiempo
de poder hacía malas mañas, demasiados favores, demasiadas alianzas. Y que ésa
no era la voluntad del pueblo, como hacía pensar el general. Yo la mera verdad
no alcanzaba a comprender qué tan grande era mi país, pero me gustaba ver el
entusiasmo del joven Francisco. Mis fronteras estaban en la ciudad de Torreón
para un lado, y en el cerro del Paila para el otro.
Qué comidón se
preparó cuando volvió a San Pedro, se hizo barbacoa y se gastó mucho vino para
celebrarlo, y el joven no se quedó quieto más. Las cosas habían ido demasiado
lejos y la elección había dado de nuevo una falsa victoria a Porfirio Díaz, y
el joven Francisco I. Madero lo desconoció y llamó al pueblo a sumarse y hacer
nuevos votos.
¿Me acerca un
poco de agua de la olla?, allí está el jarrito. Se me seca la boca, ya no estoy
habituada a hablar tanto. El habla se me secó, viera, y los más jóvenes no la
comprenden a una. Cuando se murió mi madre y luego mi padre y los de mi edad
nos hicimos viejos y unos pasaron a muertos, me quedé sin alguien con quien
compartir el pasado. Me quedé sola con mis recuerdos. Así es que si me ve
tristear es nada más porque me hizo sacarlos de mi propio baúl. Lo que aún me
sigue doliendo, por más fiesta que hubiese aquel día de junio, es que haya
entrado a la Ciudad de México. Porque allí en la capital fue a encontrar su
muerte. Tan joven él, tan acompañado él, viajó hasta la capital entre muchos
aclamos —como nos llegaban aquí las noticias— dispuesto a tomar la silla del
presidente, a calarse la banda cruzada en el pecho, a hacer repiquetear las
campanas con el Grito de Independencia, a empezar la justicia sin balas. Y eso,
si quiere saber usted lo que esta vieja nana de Francisco I. Madero piensa, eso
fue lo que lo perjudicó. Andar creyendo en la nobleza de los otros, mirar con
sus ojos, sin saber que hay otros que llevan puestos vidrios opacos, que andan
mirando sólo para sí, ésos son los que un día traicionan y llevan a la muerte a
los que no se rinden. Y oiga usted, Francisco era de los que no se rendían.
Cuánto tiempo nos repiqueteó la noticia en los oídos, y no la creíamos, que el
señor que se había ido triunfal y había entrado en la que mientan la Ciudad de
los Palacios, allí frente al Ángel de oro, dicen, y conducido por una gran
avenida hasta el palacio de gobierno, nos regresara hecho pedazos, carnada para
peces gordos, botín de los rufianes. Mire, ya no me haga hablar más porque yo
que no conocía más allá de San Pedro, ahora conozco el sur por el sabor a la
pólvora, por la amargura con que nos devolvió al niño Francisco, el de los
paseos en la alameda, el de los atardeceres mandarina, el de las lecciones y la
ropa planchada en sus cajones. Me quedo con el recuento del día en que llegó
entre vivas y multitudes a la capital, como un héroe, sin más general Díaz, con
la cancha despejada para el futuro que había soñado. Me quedo con esa gloria, y
que la tristeza y el temblor que sacudió a la ciudad ese día, no la barra.
Cuando la señora me mandó regalar la ropa de don Francisco a los trabajadores
—mire, levante la tapa de ese barreño—, me guardé una de sus camisas para
alisarla con mis manos, con mi tristeza. Y eso es un secreto. No lo vaya a
escribir usted en esa libreta. Ése es mi consuelo.