El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

 

El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

LA NUEVA BIBLIOTECA DEL NIÑO MEXICANO

Por Ana García Bergua

Una gran parte de la historia está en el estudio, los descubrimientos, la interpretación: lo que se indaga y se deduce del pasado. Pero otra parte, pienso yo, está en la manera de contarla. Y existen cientos de maneras de contar la historia, según los puntos de vista, las habilidades y las intenciones de cada narrador. Existen, también, muchas maneras de contarles la historia a los niños.

La prueba es esta Nueva Biblioteca del Niño Mexicano, inspirada en la Biblioteca del Niño Mexicano que escribió Heriberto Frías para conmemorar el Centenario de la Independencia de 1910. Muchos autores de esta colección son conocidos y avezados narradores de literatura infantil, como Berta Hiriart, Jaime Alfonso Sandoval, Nuria Gómez Benet, Gabriela Peyron, los hermanos Malpica, el poeta Francisco Serrano, Laura Emilia Pacheco, Juan Carlos Quezadas y Ana Romero. En la colección prueban también sus armas novelistas célebres, algunos de los cuales han escrito también textos para niños y novelas históricas, como Mónica Lavín, Ignacio Padilla, David Martín del Campo, Aline Peterson, Marco Aurelio Carballo y Eduardo Rojas Rebolledo, y también narradores de lo fantástico y lo inusitado, como Alberto Chimal o Bernardo Fernández. Como en la variedad está el gusto, intervienen historiadores en la colección, muchos de ellos asiduos practicantes de la narración y la crónica: Jaime del Arenal, Tania Carreño King, Paola Morán, Angélica Vázquez del Mercado, Mauricio Tenorio y Mario Tapia Celis. Entre todos ellos se cuenta su servidora.

Esta colección es, entonces, una pequeña gala de narrativa histórica —un deporte que en estas fechas se practicará, como es natural, en proporciones olímpicas— frente al público más exigente y sincero, ése que no aplaude por compromiso ni calienta el asiento por obligación. Desde las recreaciones imaginarias que reflejan situaciones históricas como la historia de amor que ejemplifica la abolición de la esclavitud, escrita por Mónica Lavín, hasta aquellas detalladas y progresivas de Ignacio Padilla o Marco Aurelio Carballo, pasando por la narrativa personalísima de Alberto Chimal sobre los hermanos Serdán, hay una gran diversidad de miradas, inclinaciones, ambientes y, por supuesto, pasiones; todas ellas, eso sí, apegadas a la historia. Tania Carreño nos cuenta cómo la revolución fue cosa de que un hombre “jalara a su compadre, y éste a sus hermanos y primos y éstos a otros compadres”; David Martín del Campo describe al cadete “José Azueta, hijo del comodoro, quien se había instalado en la calle aledaña al cuartel y desde ahí disparaba ráfagas contra los sorprendidos invasores”. “Dicen que es de sabios equivocarse. Y Francisco I. Madero seguro era muy sabio porque empezó equivocándose”, escribe Jaime Alfonso Sandoval. Nuria Gómez Benet explica cómo Hidalgo aprendió a ser zorro; Bertha Hiriart, cómo la revolución fue un asunto entre los bigotones Obregón, Villa y Zapata; en el asunto capilar, Gabriela Peyrón no se queda atrás con las barbas de Carranza. Laura Emilia Pacheco narra la gesta de Morelos y recrea las canciones de su tropa; Eduardo Rojas prefiere colocarse en el lugar de uno de los soldados que tuvieron que participar en el fusilamiento del Siervo de la Nación.

Entre toda esta diversidad, los niños hallarán, quizá, a su narrador o sus narradores de cabecera: aquel que les habrá hecho ver quién era Guadalupe Victoria, por qué a Hidalgo le decían el Zorro, cómo eran las canciones de los insurgentes, quién fue Otilio Montaño, cómo eran las barbas de Carranza, o el que simplemente les ayudará a imaginar cómo pudieron haber sido, en vivo y a todo color, los hechos que aprende en la escuela…